Si hay algo que extrañaba de la casa de mis abuelos, sin duda era, no solo mi habitación, —esa era la segunda cosa de la lista—, pero lo primero, es el silencio.
Son las once de la noche —nos hemos venido nada más terminar de cenar y de lavar los platos —obvio que no los íbamos a dejar sucios—.
Organizamos todo, nos subimos en la camioneta de mamá, y salimos al cerrar la casa, o sea, tipo a las siete y media, o algo así.
No hemos tenido que empacar casi absolutamente nada, lo único que nos trajimos fueron las mochilas y, claro, los útiles escolares, pero el resto de nuestras pertenencias, se quedan allá hasta las vacaciones.
Y, claro, también nos trajimos nuestros equipos tecnológicos —los infaltables móviles, auriculares, las computadoras, tablets, los cargadores, todo, sin excepciones, y a nuestras mascotas, ni más faltaba.
Suerte que, cuando nos fuimos de este lugar, dejamos mucha ropa acá, porque siempre distribuimos la misma entre ambas casas.
Es decir, si nos vamos de vacaciones a donde estábamos antes, no tenemos que llevar ropa alguna, porque tenemos la de repuesto allá.
Por supuesto, también nos trajimos nuestros uniformes, olvidé mencionarlo, y los pequeñitos se trajeron sus juguetes, desde luego.
Ahora, todos duermen...
Han caído rendidos mis padres, mis abuelos, y casi todos mis hermanos.
Incluso las mascotas, y hasta Juli, duermen como bebés adorables.
En fin, el hecho es que todos ya roncan.
Excepto yo, como no podía ser de otra forma, y apuesto a que Erne tampoco lo está haciendo.
Es más, seguro debe estar en su Mac programando, lo conozco como la palma de mi mano, y sé que ama permanecer trasnochándose en ello hasta tarde.
Y a mí, por mi parte, también me encanta quedarme despierta, si no es jugando algún librojuego creado por mi hermano genio, me entretengo, o leyendo un libro, o mejor, observando las estrellas, una actividad que comparto con Gia, aunque ella esta noche no me hace compañía, se ha ido a dormir desde las diez.
La pobre estaba muy cansada por el intenso entrenamiento que tuvo hoy, y no la culpo, el voleibol en ocasiones puede ser demasiado extenuante.
Razón por la cual, yo no lo escogí como deporte.
Prefiero las bicicletas, o el patinaje artístico.
Sentada en mi balcón, en el cual tengo una vista privilegiada del jardín de rosales que con tanto amor cultiva mi abuela, y donde ahora la luna está en su máximo esplendor, tan brillante y hermosa, como siempre...
Solo puedo seguir contando mis bendiciones —y, sí, entre ellas está el ser monitora de un chico con el cual soñé y después terminé conociendo en la realidad— (de la forma más absurda posible, pero lo conocí), y doy gracias a Dios por tantas cosas bonitas que a diario él me da.
Porque me ha dado una familia unida, amigos maravillosos, profesores excelentes, y ahora, me está enseñando a conducir a otras personas por el camino de la enseñanza.
Y, lo más importante de todo, le agradezco con el alma, porque me ayudó a sobrevivir al día más largo y loco de toda mi vida.
Y también porque te ayudó a sobrevivir a los ataques de ansiedad.
—Sí, eso también.
Y porque te dio un Romeo Onírico...
—No, eso no, sigo teniendo claro mis objetivos de no enamorarme de él, y tú lo sabes.
Tarde o temprano, Alice, el cielo acabará riéndose de ti.
—Lo dudo, a mí el cielo me ama.
Es irónico que lo digas, porque esta mañana no pensabas de ese modo.
Suspiro, un poco exasperada, pero no puedo evitar sentir el corazón calentito.
Porque, aunque me cueste reconocerlo, la realidad es que, sí, también le agradezco a Dios por esa conciencia mía, y aunque a veces sea un poco molesta, en muchas cosas tiene razón y eso ni yo lo puedo negar.
Como dice ella misma:
Yo soy tú, y tú eres yo.
Mientras me dispongo a entrar de nuevo a mi habitación para ponerme el pijama y acostarme —no me dormiré, todavía no, porque conociéndome como me conozco a mí misma, continuaré despierta como hasta las doce—, pero me quedaré en el móvil, una brisa tibia acaricia mi rostro, y yo, mirando hacia el cielo, donde casualmente una estrella fugaz está cruzando el firmamento, solo puedo susurrar para mí, en voz baja, y con una sonrisa feliz en mis labios.
—Hola de nuevo, viejo horizonte.
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Ufff... llevaba, para este momento el 24 de julio, como cinco días escribiendo de forma maratónica, nunca había escrito tantos capítulos en tan poco tiempo en toda mi vida, pero estoy feliz de haberlo hecho, me dio el modo flujo en toda regla.
Espero les haya gustado.
Un abrazo grande...
Mafe Magri.