—¿¡Que yo soy qué!?
La frase, que es en realidad una medio pregunta, y mitad exclamación, sale de mis labios antes de que pueda siquiera detenerla, y, lo que es peor, —o mejor, ya no lo sé—, es que se escapa con un tono de voz más elevado y agudo del que pretendía.
—Sí, lo mismo pensé. ¿Puedes creer esa barbaridad?
Apenas escucho a mi hermana, porque estoy más concentrada viendo el cartel que yace en una pared a unos metros de mí, y la pantalla de un móvil…
Y es que, delante de mí, hay un cartel con recortes de fotografías mías —una de cuando Jasper me atrapa antes de que yo pueda caer por las escaleras, y la otra de cuando me da agua—.
Sin embargo, lo que verdaderamente me espanta, me indigna, aterra, ya no sé…
Es lo que está justo frente a mis ojos, en el iPhone de mi hermana mayor.
Una publicación de Instagram con las mismas fotografías del cartel, pero con otra que aún —y menos mal—, no se ha filtrado, o no la han puesto…
De mí, y Andrew, en la biblioteca…
Y el texto que la acompaña —el cual, parece burlarse de mí—…
Sabían que Marie Alice, la mejor estudiante de nuestro grado noveno… ¿Es también una quitanovios?
Se me cae el alma a los pies nada más leer eso, y siento como si el mundo se me viniese encima, aplastándome.
¡Y eso que recién me estaba recuperando de toda la locura que tuve que vivir ayer!
Definitivamente el cielo, o la vida, no se quiere apiadar de mí esta semana, por lo menos denme un respiro…
¿Pido mucho?
Lo dudo.
El corazón empieza a latirme a toda prisa, y siento que me falta el aire.
Quiero llorar, de verdad que quiero, pero no me salen las lágrimas.
¿Quitanovios?
¿Cómo así?
—¿Esa palabra existe?
Sí, existe, cariño.
—Ni siquiera sabía que Andrew tuviese novia, empecemos por ahí…
Ya somos dos, pero bueno, ahora ya lo sabemos.
—No pero en serio, ¿por qué a mí?
Pues, qué te digo… no lo sé.
—Tantas chicas que hay en este colegio, y yo, ¡o sea, yo! Marie Alice Grace Lovelace Berrouet, que soy la que menos se quiere enamorar… A mí, ¿me acusan de esto?
Así parece.
—Por favor… Mátenme ya.
No seas exagerada, querida.
—¿Y ahora?
Son solo chismes, se olvidarán de esto en unos días.
—¿Pero, y mientras tanto?
Bueno, sopórtalo.
—¿Que lo soporte?
En serio, si mi conciencia no fuese intangible, la habría acorralado contra la pared.
¡Deja la violencia, niña! Eso no es natural en ti, Alice.
—Ya sé, ya lo sé… Pero, ¿entonces qué hago?
Aguanta, no queda de otra.
—¡y dale de nuevo! ¿Cómo pretendes que deje pasar esto?
No es para tanto.
—¿Que no? ¡Se trata de mi intimidad!
Bueno…
—¡Esto es inadmisible, han violado mi privacidad! Esas fotos no las tomé yo…
Pues… ahí sí tienes un punto.
—¡Me quiero morir!
Sí, está grave la cosa.
Y en eso sí, le tengo que dar la razón a mi voz interna, de hecho, está baste mal todo esto.
En serio, analizándolo, si es que la cabeza me da para esto, a ver…
¿Cómo te sentirías tú si descubres que, además de tomarte una foto sin permiso, la están utilizando para acusarte de algo que ni siquiera hiciste con intención?
Se suponía que todo se estaba acomodando de nuevo en mi vida, como debía ser.
Es decir, tras soñar dos días seguidos con Andrew, haberlo conocido y encima convertirme en su monitora académica, había vuelto a la casa de mis abuelos, mi hogar desde siempre…
Pero ahora, como si el cielo estuviera riéndose de mí, resulta que a la entrada de la escuela, alguien, utilizando una cuenta de Instagram que se hace llamar miss Nena Cándida, no se sabe por qué, puso un cartel con fotografías mías, que ni siquiera sé de dónde las sacó o cuándo las tomó —en pocas palabras, un completo misterio—, y, como si no fuera suficiente el hacerlas circular en las redes sociales, me está acusando de ser una quitanovios.
Y yo que pensaba que el conocer a Andrew, un cantante famoso luego de presenciar extrañas visiones con él y ser su monitora académica era lo más raro que me iba a suceder…
—¿Cómo salgo de esto?
—Ali…