Lo prohibido [anexo]

Capítulo 1

Narra Meik

Miré por la ventanilla del auto mientras escuchaba a mi superior hablar, pero no le prestaba mucha atención, solo rezaba porque no me reubicaran de nuevo y me mandasen al frente de batalla. Realmente nunca tuve la intención de entrar a la milicia, pero lo he hecho por mandato de mi padre y mi abuelo; toda mi familia por parte de mi padre siempre fueron militares, pero a mí no me gusta esto en lo absoluto. Una vez que el auto se detuvo, uno de mis superiores, otro soldado y yo nos bajamos. El teniente coronel se paró firme ante un capitán general y lo saludó con la veña, rápidamente imité sus acciones.

—General Henlein, trajimos a un soldado para que lo ayude en la administración de este lugar.

El capitán general me dirigió la mirada y extendió su mano hacia mí, la estreché mirando cuidadosamente sus facciones. No era más que otro soldado frío que sirve al Führer.

—Soy Niklas Henlein —se presentó con seriedad—. Eres suboficial, ¿verdad? —asentí.

—Soy Meik Fellner, suboficial.

Esta vez él fue quien asintió, haciendo un ademán con la mano para que lo siguiera. Echamos a caminar hacia la casa que, imagino, le dieron para su familia dado su cargo.

—¿De dónde eres? —preguntó mientras entrábamos.

—De Oranienburg.

Miré por encima del hombro de Henlein, vi pasar a un chico caminando de manera somnolienta hacia lo que supongo era la cocina. El general me llevó hasta su despacho y me entregó una pequeña carpeta amarilla, luego me guio a la sala donde comencé a leer los informes que me había dado.

—Dices que vienes de Oranienburg —asentí—. Tu legajo dice que has trabajado en Sachsenhausen —volví a asentir, guardé los papeles en la carpeta y lo miré—. Ven —lo seguí—. Conocerás a mi familia y, dado que en el campo ya no hay lugar para que duermas te quedarás aquí, en la habitación extra —me explicó mientras entraba en una de las puertas.

—Bien.

Entramos al comedor donde se encontraban un par de niños, una mujer y una sirvienta.

—Oh, hola —dijo la mujer sonriendo—. Soy Amelie, y ellos son Artur y Noah —paseé mi vista de la mujer a los niños que se encontraban en la mesa.

—Encantado de conocerlos —paseé mi vista nuevamente por todos ellos deteniéndome en el rostro de uno de los niños.

—Él es el suboficial Meik Fellner —el niño apartó la mirada de mí para mirar a su padre—, espero —ahora se estaba comportando como un padre, pero conservaba el tono militar— que le muestren tanto respeto como me lo mostrarían a mí.

Henlein hizo un ademán para que me sentase con ellos. Me senté frente a los niños sintiendo la mirada de uno de ellos fija en mí.

Luego del desayuno, Henlein me llevó hasta su despacho dónde empezamos a hacer papeleos por mi traslado y me ponía al tanto de la situación del campo. Mi trabajo aquí es mucho más sencillo que en Sachsenhausen, donde el general a cargo del lugar obtuvo un cargo más alto nombrado por Hitler y me dejó el cargo a mí, ya que era su mano derecha.

—Bien, eso es todo —dijo Henlein entregándome unas cuantas carpetas más—. La sirvienta debe estar en las escaleras con tu equipaje, así que ella te mostrará tu habitación —se levantó de su escritorio—. Ponte al día con el trabajo-asentí y salí del despacho.

Me dirigí algo desorientado hacia la escalera donde encontré a la criada de la que hablaba Henlein. Ella tomó mis maletas cuando me vio acercarme, pero la detuve cuando estuve junto a ella, le di los papeles que traía yo y tomé las maletas, ella me agradeció el gesto con una pequeña sonrisa para luego guiarme hasta la habitación que usaría. Una vez dentro me sentí fuera de lugar, tal como en Sachsenhausen.

Todo por la culpa de la tradición de la familia —pensé abriendo la ventana de mi cuarto, me asomé un poco y suspiré—. Al menos eligieron un lugar bonito para hacer la mierda de campo de trabajo.

Me aparté de la ventana, subí mi maletas a la cama y comencé a desempacar, aunque no saqué muchas prendas, ya que unos golpes en la puerta me distrajeron. Rápidamente me acerqué a la puerta y la abrí, del otro lado se encontraba uno de los hijos de Henlein.

—D-disculpe que lo moleste —dijo de manera tímida desviando la mirada hacia el suelo—. M-mi madre quiere saber si se siente a gusto en este cuarto.

Una pequeña sonrisa apareció en mi rostro sin que pudiera evitarlo. Por alguna extraña razón, él me parecía bastante lindo.

—Sí, gracias por preguntar —intenté sonar lo más amigable que pude. Revolví un poco su cabello, en su rostro apareció un pequeño sonrojo—. Escucha, ¿por qué no me ayudas a desempacar y guardar mis cosas? —asintió con una sonrisa en el rostro entrando rápidamente al cuarto.

Artur pasó la tarde conmigo ayudándome a desempacar todo lo que había traído. Cuando terminamos, él se sentó en la cama, mientras yo me sentaba frente al escritorio, dejé las carpetas con el papeleo y comencé a leer un par de informes.

—¿Le gusta hacer esto? —lo miré arqueando una ceja—. Ser soldado, ¿le gusta? —no, realmente no era algo que me guste.

—Claro —mentí volviendo mi mirada a los papeles—. Mi padre, mi abuelo y el abuelo de mi padre fueron parte del ejército. Es algo de familia —sonreí sin despegar la mirada de las oraciones que no había prestado atención desde que saqué los informes.

Eran alrededor de las cuatro de la tarde cuando tocaron la puerta de mi habitación, le pedí a Artur que abriera, él asintió, se levantó de mi cama y se precipitó a la puerta.

—¿Qué haces aquí? —escuché la voz de Henlein ni bien la puerta se abrió—. Vete a jugar por ahí con tu hermano y deja tranquilo a Fellner —me giré rápidamente hacia él y negué con la cabeza.

—El niño no molesta —Artur se giró rápidamente hacia mí y esbozó una sonrisa—. Además, parece interesarse en nuestro trabajo, tal vez tenga un futuro soldado aquí —Henlein lo miró como si considerara aquella posibilidad—. ¿Por qué vino, señor?




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