Lo Que Aprendimos

PRIMERA PARTE Lo que aprendimos del miedo CAPÍTULO 1 La niña que escuchaba los pasos

PRIMERA PARTE

Lo que aprendimos del miedo

CAPÍTULO 1

La niña que escuchaba los pasos

Elena aprendió a reconocer el estado de ánimo de su padre por la manera en que introducía la llave en la cerradura. No recordaba cuándo había comenzado a hacerlo. Nadie le había enseñado que debía escuchar con atención los movimientos de un hombre adulto para anticipar lo que podía suceder dentro de su propia casa. Simplemente había aprendido, como se aprenden las cosas cuando equivocarse tiene consecuencias. Si la llave entraba de una sola vez y la puerta se abría sin dificultad, podía continuar haciendo la tarea. Si golpeaba dos o tres veces contra el metal, seguida de una maldición pronunciada entre dientes, Elena sabía que debía recoger sus cosas. No correr. Correr hacía ruido.

Tampoco cerrar una puerta de golpe, porque aquello podía interpretarse como una provocación. Había que caminar despacio, bajar la mirada y procurar que nada llamara la atención. Tenía nueve años y ya conocía una cantidad extraordinaria de formas de permanecer invisible. La casa, vista desde afuera, no parecía un lugar donde una niña necesitara aprender semejantes cosas. Era una vivienda de material, con habitaciones amplias, un pequeño patio y pisos que Mercedes mantenía impecables. Había muebles de madera, cortinas en las ventanas y una mesa suficientemente grande para que comieran todos. Las niñas tenían camas propias y uniformes escolares limpios. No faltaban los útiles ni la comida cotidiana.

Los vecinos consideraban que aquella familia vivía bien. Y, en cierto sentido, era verdad. Nunca habían tenido que preocuparse por encontrar un techo para pasar la noche. Elena no conocía el hambre de quienes esperan que alguien les regale un plato de comida. Tampoco había tenido que abandonar la escuela para trabajar. Sus necesidades materiales estaban cubiertas. Pero había otra clase de necesidades que nadie parecía considerar importantes. Elena tenía techo, aunque no siempre se sintiera protegida debajo de él. Tenía padres, aunque muchas noches deseara no encontrarse con ninguno. Tenía una cama, pero algunas veces el sueño no llegaba hasta que escuchaba a su padre roncar en la habitación matrimonial. Sólo entonces podía cerrar los ojos.

• • •

Aquella tarde de invierno, Elena estaba sentada sobre una alfombra del comedor, copiando unas palabras del pizarrón que había olvidado terminar en la escuela. Clara, su hermana mayor, ocupaba uno de los extremos de la mesa. Tenía once años, dos más que Elena, y una prolijidad que parecía acompañarla naturalmente. Sus cuadernos no tenían las puntas dobladas, sus zapatos conservaban el brillo y el cabello permanecía acomodado incluso después de una jornada escolar. Elena, en cambio, siempre parecía haber atravesado una tormenta. Llevaba una media más baja que la otra y había conseguido mancharse de tinta el dedo índice.

—Te va a retar mamá —dijo Clara sin levantar la cabeza.

—¿Por qué?

—Por estar en el suelo.

—Estoy haciendo la tarea.

—Tenés la mesa.

—Vos estás en la mesa.

—Hay lugar.

Elena levantó la mirada.

—Pero me gusta acá.

Clara suspiró.

—Después no digas que no te avisé.

Elena hizo una mueca y continuó escribiendo. Mercedes estaba en la cocina. El ruido de los platos y el olor a cebolla dorándose indicaban que preparaba la cena. Todo parecía tranquilo. Entonces escucharon la llave. Un golpe. Otro. Después la voz.

—¡La puta madre!

Elena levantó inmediatamente la cabeza. Clara cerró el cuaderno. No intercambiaron palabras. No las necesitaban. Elena comenzó a recoger los lápices. Uno rodó debajo de la mesa. Se agachó a buscarlo, pero la puerta ya se había abierto.

—¿Mercedes?

Su madre respondió desde la cocina.

—Acá estoy.

Los pasos avanzaron por el pasillo. Pesados. Lentos. Elena encontró finalmente el lápiz y se incorporó. Su padre apareció en el comedor. Llevaba la camisa desabrochada en el cuello y el cabello algo desordenado. Tenía los ojos enrojecidos. No estaba tambaleándose, pero Elena reconoció inmediatamente aquella expresión. Había bebido.

—Buenas tardes, papá —dijo Clara.

Él la miró.

—Hola, hija.

Después encontró a Elena todavía arrodillada sobre la alfombra.

—¿Y ésta qué hace en el suelo?

La niña se levantó.

—La tarea.

—¿No tenés una mesa?

—Sí.

—Entonces, ¿por qué estás ahí?

Elena miró hacia la mesa.

—Porque Clara estaba...

—No te pregunté por tu hermana.

Se quedó callada. Su padre observó los cuadernos desparramados.

—Siempre haciendo todo al revés.

No gritó. No necesitaba hacerlo. Elena sintió cómo se le calentaban las orejas. Su padre continuó hacia la cocina.




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