Lo que callas también hiere

CAPÍTULO 6 Donde empieza lo que no se dijo

El día que entendí que algo estaba roto no fue el día de una gran pelea.

Fue el día en que me reí de algo que no tenía gracia y tardé demasiado en darme cuenta.

Estábamos sentados en una mesa larga, incómoda, rodeados de gente que hablaba fuerte y se conocía poco. Él contaba una anécdota que ya le había escuchado otras veces, con los mismos remates, los mismos silencios estratégicos. Yo asentía en los momentos justos, sonreía cuando correspondía, y en algún punto incluso me llevé la copa a los labios para no tener que decir nada.

La risa me salió perfecta.

Demasiado perfecta.

En ese instante —mínimo, casi invisible— sentí una punzada breve, como una lucidez inoportuna: yo estaba actuando. No para los demás. Para él. Para sostener una versión de nosotros que ya no coincidía del todo con lo que yo sentía.

—¿Te acordás cuando…? —me dijo, buscándome con la mirada para que confirmara la historia.

Asentí.

Claro que me acordaba.

Siempre me acordaba.

Pero mientras lo hacía, pensé algo que me incomodó más de lo que esperaba: nunca me pregunta si yo me acuerdo distinto.

No lo pensé con enojo. Lo pensé con una calma extraña. Como se piensan las cosas que duelen porque son verdad.

El ruido del lugar me envolvía, pero yo estaba lejos. Había empezado a mirar la escena desde afuera, como si fuera una espectadora privilegiada de una obra bien ensayada.

Él terminó su relato. Hubo aplausos, risas, alguien pidió otra ronda. Me miró, buscando complicidad.

—¿No es así? —preguntó.

—Sí —respondí—. Es así.

Y ahí estuvo el problema.

Porque no era así.

No del todo.

Volvimos tarde. El viaje fue silencioso, pero no incómodo. Había confianza, años compartidos, una intimidad que ya no necesitaba palabras para justificarse. Él manejaba con una mano apoyada en el volante, la otra descansando cerca de la mía, sin tocarla.

Antes, ese gesto me tranquilizaba.

Esa noche, me hizo sentir levemente ausente.

—¿Todo bien? —preguntó, sin mirarme.

—Sí —respondí—. Cansada.

No era mentira.

Pero no era toda la verdad.

Subimos al departamento, dejamos las llaves, los abrigos, los restos del día. Todo fue mecánico, eficiente, armonioso. Una coreografía aprendida.

En la cocina, mientras calentaba agua, lo observé de espaldas. Pensé en lo mucho que lo quería. En lo bien que conocía sus gestos. En lo fácil que era convivir con él.

Y, sin embargo, una pregunta empezó a tomar forma, lenta, persistente, peligrosa:

¿Desde cuándo la facilidad se había vuelto silencio?

—¿Querés té? —me preguntó.

—Sí.

Nos sentamos frente a frente, con las tazas humeantes entre las manos. El vapor subía como una excusa para no mirarnos del todo.

—Hoy estabas rara —dijo, finalmente.

No acusó. No insistió.

Observó.

Sentí el impulso automático de tranquilizarlo. De decirle que no era nada. De devolverle la estabilidad que él esperaba de mí.

Lo sentí con claridad.

Y no lo hice.

—Estaba pensando —respondí.

—¿En qué?

Ahí estuvo el umbral. Ese segundo preciso en el que uno decide si cruza o no.

—En nosotros.

El silencio que siguió fue distinto a otros. No fue cómodo. Tampoco hostil. Fue atento.

—¿Pasa algo? —preguntó.

Miré la taza. El borde. El reflejo distorsionado de mi cara.

—No sé cómo decirlo todavía —admití—. Y eso me preocupa.

Se recostó en la silla.

—Cuando no sabés cómo decir algo, suele ser porque no querés lastimar.

—O porque no querés darte cuenta —respondí, más bajo.

No se tensó. No se defendió. Eso lo hizo más difícil.

—Decímelo igual —dijo.

Respiré hondo.

—Siento que hay cosas que ya no digo —empecé—. No porque no existan. Sino porque aprendí que era más fácil no traerlas.

Esperé una reacción. No llegó.

—¿Como qué cosas? —preguntó.

—Como cuando algo me molesta y lo dejo pasar.

Como cuando necesito algo distinto y no lo pido.

Como cuando me río para que todo esté bien.

Levanté la vista. Me estaba escuchando de verdad. Eso me dio valor… y miedo.

—Pensé que eras así —dijo—. Tranquila.

Sonreí apenas.

—No soy tranquila —respondí—. Soy cuidadosa.

La palabra quedó entre nosotros, precisa, incómoda.

—¿Cuidadosa conmigo? —preguntó.

—Con nosotros —dije—. Con la idea de lo que somos.

Se pasó una mano por la cara. No frustrado. Pensativo.

—Nunca quise que sintieras que no podías decir cosas.

—Lo sé —respondí—. Por eso me callé tanto tiempo.

Esa frase nos dejó quietos.

Por primera vez en años, no estaba intentando resolver nada. No estaba buscando cerrar la conversación con un acuerdo, una promesa o una frase tranquilizadora. Estaba diciendo algo sin saber cómo iba a caer.

Y esa incertidumbre me resultó extrañamente honesta.

—No quiero que esto se convierta en una lista de reproches —dijo.

—Yo tampoco —respondí—. Quiero que sea una advertencia.

—¿De qué?

Lo miré con una claridad que me asustó un poco.

—De que si sigo callando, un día no voy a saber cómo quedarme.

No hubo drama.

No hubo lágrimas.

Hubo algo peor: comprensión.

Él asintió despacio.

—No sabía que estabas tan lejos.

—Yo tampoco —dije—. Me di cuenta recién hoy. Riéndome.

El silencio volvió, pero esta vez fue largo. Denso. Necesario.

Cuando se levantó, pensé que iba a cerrar la conversación. Que iba a irse a dormir, a dejar todo para otro día.

En cambio, apoyó las manos en la mesa y dijo:

—Entonces vamos a tener que aprender a hablar distinto.

No sonó seguro.

Sonó real.

Y supe, con una certeza que no necesitaba entusiasmo, que algo había empezado.

No una crisis.

No una ruptura.

Algo más complejo y más peligroso:

Una verdad que ya no iba a desaparecer solo porque nadie la nombrara.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.