Lo que callas también hiere

CAPÍTULO 7 Las cosas que cambian cuando alguien deja de sostenerlas

No fue inmediato.

Eso fue lo primero que me sorprendió.

Después de aquella conversación, nada explotó. No hubo escenas dramáticas ni silencios hostiles ni intentos torpes de recomponerlo todo de golpe. La vida siguió. Y, de alguna forma, eso fue lo más inquietante.

Él siguió despertándose antes que yo.

Yo seguí preparando café con la misma rutina.

Seguimos hablando de trabajo, de cuentas, de planes vagos para el fin de semana.

Pero algo se había desplazado apenas un centímetro.

Y un centímetro, cuando se trata de vínculos, puede ser abismal.

La primera señal fue una pregunta que no llegó.

Estábamos sentados en el sillón, cada uno con su pantalla, compartiendo ese silencio cómodo que antes me resultaba reparador. Yo había tenido un día difícil, uno de esos días que se te quedan pegados al cuerpo. Antes, él lo habría notado. Habría preguntado. Habría hecho algo pequeño: un comentario, un gesto, una excusa para acercarse.

Esta vez, no.

No porque no le importara.

Sino porque ya no estaba seguro de cómo hacerlo.

Yo lo observé de reojo, con una lucidez nueva. No con reproche. Con atención.

Y entendí algo que me dejó una mezcla extraña de ternura y vértigo: cuando una dinámica cambia, el otro también queda sin manual.

—¿Te pasa algo? —preguntó finalmente, ya tarde, como si la pregunta hubiera estado esperando el momento adecuado.

Pensé la respuesta.

Podría haber dicho sí.

Podría haber dicho no.

Antes, cualquiera de las dos habría sido una forma de acomodarlo.

—Me pasan cosas —respondí—. Pero estoy viendo cuáles vale la pena decir ahora.

Me miró. No incómodo. Desorientado.

—Eso es nuevo —dijo.

—Para mí también.

No insistió. Y eso, por primera vez, no me alivió.

Al día siguiente, el mundo exterior se encargó de meter presión donde todavía todo era frágil.

Una comida laboral. Un evento que ninguno tenía demasiadas ganas de atender, pero al que “convenía” ir. Antes, yo habría asumido el rol de acompañante perfecta sin pensarlo demasiado. Esa vez, algo en mí se resistía.

—¿Querés que vayamos juntos o preferís ir solo? —le pregunté.

Se quedó quieto, con la campera en la mano.

—¿Cómo solo?

—Es una opción —respondí—. No siempre tenemos que funcionar en bloque.

No lo dije como una amenaza. Lo dije como una posibilidad real.

—Pensé que iríamos juntos —dijo.

—Pensaste —repetí, suave—. No preguntaste.

Ahí apareció la primera incomodidad explícita.

—No quise asumir —se defendió—. Quise… seguir como siempre.

La frase cayó pesada.

—Ese es el punto —respondí—. Ya no siempre quiero seguir como siempre.

Nos miramos. No hubo enojo. Hubo algo más incómodo: una diferencia de ritmo.

—¿Entonces? —preguntó.

Pensé unos segundos. Me escuché.

—Voy a ir —dije—. Pero no quiero que sea automático. Quiero elegirlo.

Asintió, aunque no parecía del todo convencido. Yo tampoco lo estaba. Pero esa era la verdad del momento.

Y por primera vez, no la edité.

El evento fue un desfile de conversaciones huecas, risas ensayadas y copas que se vaciaban demasiado rápido. Él estaba en su elemento. Yo, no tanto.

Lo observé moverse entre grupos, contar historias, sostener miradas. Era carismático. Siempre lo había sido. Y nunca me había molestado.

Esa noche, algo fue distinto.

No fue celos.

Fue distancia.

No porque se acercara a otros, sino porque yo ya no estaba haciendo el esfuerzo silencioso de seguirle el ritmo. Me quedé más tiempo en conversaciones que me interesaban. Me alejé cuando me cansé. No lo busqué con la mirada cada cinco minutos.

Cuando, finalmente, se acercó, me encontró tranquila. Demasiado tranquila para su expectativa.

—¿Todo bien? —preguntó, bajando la voz.

—Sí —respondí—. Estoy bien acá.

Miró alrededor, como si intentara entender dónde era acá.

—Te noto distinta —dijo.

Sonreí.

—Estoy siendo distinta.

No hubo reproche. Pero sí algo parecido a una pérdida anticipada.

—Siento que ya no sé si te estoy acompañando o estorbando —admitió.

Esa honestidad me tocó.

—No estás estorbando —respondí—. Pero tampoco quiero que me acompañes por reflejo.

Nos quedamos en silencio unos segundos, rodeados de ruido ajeno.

—Esto es más difícil de lo que pensé —dijo.

—Para mí también —respondí—. Solo que antes yo hacía el trabajo sola.

La frase quedó ahí. No como acusación. Como dato.

El regreso fue silencioso.

En el auto, la ciudad pasaba como un fondo borroso. Yo miraba por la ventana. Él manejaba con las dos manos en el volante, tenso.

—¿Estamos bien? —preguntó, casi al final.

La pregunta era honesta. Y peligrosa.

—No lo sé —respondí—. Creo que estamos siendo reales. Y eso no siempre se siente bien.

No contestó enseguida.

—Tengo miedo de perderte —dijo finalmente.

Lo miré.

—Yo tengo miedo de quedarme sin mí —respondí.

No hubo respuesta inmediata que pudiera resolver eso.

Esa noche dormimos juntos, pero no abrazados. No por rechazo. Por respeto a algo que todavía estaba acomodándose.

Antes de apagar la luz, pensé en lo extraño que era todo:

el amor seguía ahí,

el deseo no había desaparecido,

la historia no estaba rota.

Y, sin embargo, ya no alcanzaba con que todo funcionara.

Porque ahora yo sabía algo que no podía desaprender:

Que lo que no se dice no siempre se pierde de golpe.

A veces se queda.

Se acumula.

Y un día empieza a doler desde adentro.

Cerré los ojos con esa certeza incómoda pero firme.

El silencio ya no era el problema.

El problema era qué íbamos a hacer ahora que yo había empezado a hablar.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.