Lo que callas también hiere

CAPÍTULO 8 La incomodidad de verse reflejada en otros

El problema de empezar a decir lo que una siente

es que el mundo empieza a responder.

No siempre como una espera.

La llamada llegó un martes a media mañana, cuando yo estaba en ese estado ambiguo en el que una cree estar concentrada, pero en realidad está rumiando pensamientos que no terminan de tomar forma.

—¿Tenés un rato hoy? —preguntó Clara, sin rodeos.

Clara no llamaba sin motivo.

Clara no pedía “un rato” porque sí.

—Depende —respondí—. ¿Para qué?

—Para verte la cara mientras me mentís —dijo—. O mientras me decís la verdad. Todavía no lo sé.

Sonreí sola.

—Eso suena grave.

—Suena necesario.

Acepté sin preguntar más. Habíamos aprendido, con los años, que ciertas conversaciones se arruinan si se las anuncia demasiado.

Nos encontramos en un café pequeño, uno de esos lugares que parecen existir solo para ser refugio. Clara ya estaba ahí, con el abrigo puesto y una taza intacta frente a ella. Señal inequívoca de que llevaba rato esperando.

—Llegaste —dijo—. Eso ya es buena señal.

—¿De qué?

—De que todavía no te escondés —respondió.

Me senté frente a ella, intrigada y un poco a la defensiva.

—¿Qué pasa?

Clara me miró con esa mezcla de cariño y brutalidad que solo ella manejaba.

—Te veo distinta —dijo—. Y antes de que me digas que estoy exagerando, te aviso que no lo estoy.

Suspiré.

—¿Distinta cómo?

—Más presente —respondió—. Y eso es peligroso cuando una estuvo mucho tiempo acomodándose.

No lo dijo como crítica. Lo dijo como diagnóstico.

—Estoy intentando no desaparecer —admití.

Clara asintió, como si hubiera estado esperando exactamente esa frase.

—¿Y él?

La pregunta quedó flotando.

—Está —respondí—. Pero no sé en qué lugar.

—¿Y vos?

Ahí tardé más.

—Estoy aprendiendo a preguntarme eso —dije.

Clara tomó un sorbo de café por primera vez desde que había llegado.

—Te voy a decir algo que tal vez no te guste —anunció—. Pero si no te lo digo yo, ¿quién?

—Adelante —dije, preparándome.

—Cuando una empieza a cambiar, el otro no se queda quieto —dijo—. O se adapta, o se asusta, o intenta recuperar el control creyendo que es amor.

Sentí un escalofrío leve.

—No creo que él quiera controlarme.

—No de forma consciente —aclaró—. Nadie se levanta un día pensando voy a limitar a la persona que amo. Pero el miedo hace cosas torpes.

La conversación siguió, densa y necesaria. Hablamos de elecciones, de silencios heredados, de cómo el humor muchas veces es una forma elegante de no decir lo que duele.

Cuando me despedí de Clara, algo en mí estaba más claro… y más inquieto.

Esa noche, él llegó con flores.

No era habitual. No porque no fuera atento, sino porque no era de los gestos teatrales. Eso, precisamente, fue lo que me puso en alerta.

—¿Y esto? —pregunté, genuinamente sorprendida.

—Porque sí —respondió—. Porque te quiero.

Sonreí. Las flores eran hermosas. El gesto, sincero. Y, aun así, algo me incomodó.

—Gracias —dije—. Son lindas.

Las puse en agua con cuidado. Él me observaba, esperando algo más.

—¿Todo bien? —preguntó.

—Sí —respondí—. ¿Por qué?

—No sé… te noto distante.

Me giré hacia él.

—No estoy distante —dije—. Estoy atenta.

Frunció el ceño.

—No sé cuál es la diferencia.

—Yo antes hacía de cuenta que estaba todo bien —expliqué—. Ahora estoy viendo si realmente lo está.

La frase no fue agresiva, pero sí desarmante.

—¿Y qué ves? —preguntó.

Pensé unos segundos.

—Veo amor —dije—. Pero también veo hábitos. Y no sé si quiero vivir solo de hábitos.

Se sentó en el sillón, como si de pronto estuviera cansado.

—Siento que todo lo que hago ahora está bajo examen —dijo.

—No es un examen —respondí—. Es una conversación que se postergó mucho tiempo.

—Yo pensaba que éramos felices —admitió.

—Yo también —dije—. Pero la felicidad no siempre avisa cuando empieza a doler.

Hubo un silencio largo.

—¿Querés que cambie? —preguntó.

La pregunta era grande. Y peligrosa.

—Quiero que te preguntes si lo harías incluso si yo no te lo pidiera —respondí.

No supe si lo entendió del todo. Yo misma todavía estaba aprendiendo a formularlo.

Los días siguientes estuvieron llenos de gestos atentos. Demasiado atentos. Mensajes, invitaciones, planes improvisados. Todo bienintencionado. Todo un poco desesperado.

Y ahí apareció la paradoja más incómoda de todas:

cuando una empieza a necesitar espacio, el otro suele responder acercándose más.

—¿Te molesta que te escriba tanto? —preguntó una tarde.

No quería mentir.

—Un poco —respondí—. No porque no me importe. Sino porque necesito escucharme sin ruido.

Asintió, aunque le costó.

—No quiero que sientas que me estoy yendo —dijo.

—No me estoy yendo —respondí—. Estoy quedándome conmigo.

Esa frase volvió a aparecer. Ya no como descubrimiento. Como decisión.

El viernes, recibí una invitación inesperada. Un proyecto nuevo, una propuesta que implicaba tiempo, energía, y algo que no había tenido en mucho tiempo: entusiasmo propio.

Cuando se lo conté, lo vi tensarse.

—¿Eso significa que vas a estar menos acá? —preguntó.

—Significa que voy a estar más yo —respondí.

No sonrió.

—Tengo miedo de quedarme afuera de tu vida.

Me acerqué.

—No quiero sacarte —dije—. Pero tampoco quiero achicarme para que entres cómodo.

Nos abrazamos. Fue un abrazo real, cargado de todo lo que no estaba resuelto.

Y mientras apoyaba la cabeza en su pecho, entendí algo que me dio vértigo y calma al mismo tiempo:

El amor no se estaba terminando.

Pero la versión de mí que aceptaba todo en silencio, sí.

Y esa pérdida, aunque necesaria, iba a doler.

Cuando apagué la luz esa noche, pensé que el problema ya no era qué iba a pasar entre nosotros.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.