Lo que callas también hiere

CAPÍTULO 9 Cuando el amor empieza a sentirse como una pregunta

El problema de cambiar por dentro

es que el afuera no siempre está preparado para acompañar el movimiento.

Yo lo supe el día en que acepté la invitación sin consultarlo primero.

No fue un acto de rebeldía.

Fue algo más simple y, por eso mismo, más disruptivo:

no pensé en pedir permiso.

La propuesta era concreta: una colaboración creativa, un proyecto que implicaba reuniones semanales, viajes esporádicos y una exposición que me sacaba de ese lugar cómodo donde siempre había estado disponible, pero rara vez convocada.

Cuando cerré el mail, sentí una mezcla infantil de entusiasmo y miedo. Esa sensación olvidada que aparece cuando algo te importa de verdad.

Se lo conté esa noche, durante la cena.

—Me escribieron hoy —dije, como quien lanza una piedra al agua para ver cuántas ondas genera.

—¿Quiénes? —preguntó, sin levantar demasiado la vista del plato.

Se lo expliqué. Con cuidado, pero sin achicarlo. Noté el momento exacto en que dejó de escuchar el contenido y empezó a procesar las consecuencias.

—¿Y eso cuánto tiempo te va a llevar? —preguntó.

—No lo sé todavía —respondí—. Bastante.

Asintió. Demasiado rápido.

—Bueno… veremos cómo nos organizamos.

Ese nos sonó automático.

Y por primera vez, me hizo ruido.

—No lo acepté pensando en organizarnos —dije—. Lo acepté porque quiero hacerlo.

Levantó la vista.

—Pensé que esas cosas se hablaban antes.

—Antes yo hablaba después de decidir que no —respondí—. Esto es distinto.

No hubo enojo inmediato. Hubo algo más sutil y más peligroso: una incomodidad que ninguno sabía bien cómo nombrar.

Los días siguientes fueron una coreografía torpe.

Él intentaba mostrarse comprensivo. Yo intentaba no sentirme culpable por estar entusiasmada. Ninguno lo hacía mal. Pero algo no terminaba de encajar.

La primera reunión del proyecto fue un miércoles a la tarde. Volví a casa con la cabeza llena de ideas, con esa energía eléctrica que te recorre cuando sentís que estás donde tenés que estar.

—¿Cómo te fue? —preguntó él.

—Bien —respondí—. Muy bien.

Sonreí sin darme cuenta. Él lo notó.

—Hace mucho que no te veía así —dijo.

—Hace mucho que no me sentía así.

La frase fue honesta. Y dolió más de lo que esperaba.

—¿Eso significa que acá no te sentís así? —preguntó.

Pensé la respuesta. No quería herir. Tampoco quería mentir.

—Significa que había partes mías dormidas —dije—. Y ahora se despertaron.

Se quedó en silencio. Yo supe que esa noche no iba a ser liviana.

El fin de semana llegó con un compromiso social que no se podía esquivar: el cumpleaños de su hermana. Un evento familiar, de esos donde las dinámicas están tan establecidas que cualquier desviación se nota como una mancha.

Me vestí con cuidado. No para agradar. Para sentirme cómoda en mi propio cuerpo. Ya eso era nuevo.

—Estás hermosa —dijo él, sincero.

—Gracias.

En el auto, me tomó la mano. El gesto fue tierno. Y, aun así, sentí algo parecido a una despedida anticipada.

La reunión empezó como siempre: risas, anécdotas repetidas, comentarios cruzados. Yo respondía, participaba, pero no me diluía. No hacía ese esfuerzo invisible de sostener el clima para que todo fluyera.

—Estás callada hoy —comentó alguien.

—Estoy escuchando —respondí.

No era una excusa. Era verdad.

En un momento, su hermana se me acercó.

—Él me contó lo de tu proyecto —dijo—. ¡Qué bueno! Aunque… suena demandante.

Sonrió. Yo también.

—Lo es —respondí—. Y eso me gusta.

—Bueno —agregó, bajando la voz—, espero que no los complique.

Ahí estuvo.

La frase que resumía todo.

—A veces complicar es necesario —dije, suave.

No insistió. Pero me miró distinto.

Él observó la escena desde lejos. Cuando se acercó, noté su rigidez.

—No tenés que justificarte —dijo más tarde, ya en casa.

—No me estaba justificando —respondí—. Estaba siendo honesta.

—No todo el mundo tiene que entender tus procesos —dijo.

—Lo sé —respondí—. Pero yo sí.

Esa noche discutimos.

No a los gritos.

No con violencia.

Discutimos como discuten las parejas que todavía se aman pero ya no coinciden en la dirección.

—Siento que te estoy perdiendo —dijo.

—Yo siento que recién me estoy encontrando —respondí.

—¿Y qué pasa conmigo en todo eso?

La pregunta fue legítima.

—Eso es lo que estamos viendo —dije—. Pero no puedo responderla si vuelvo atrás para tranquilizarte.

Se pasó la mano por la cara.

—No sé si estoy preparado para esta versión tuya.

Esa frase me dolió más de lo que quise admitir.

—Yo tampoco sabía si estaba preparada —dije—. Pero ya no puedo fingir que no existe.

El silencio que siguió fue espeso. Definitivo.

Dormimos de espaldas esa noche.

No por enojo.

Por respeto al cansancio emocional.

En la oscuridad, entendí algo que me atravesó con una claridad incómoda:

El amor no siempre se rompe cuando se termina.

A veces se tensa cuando deja de ser suficiente.

Y esa tensión exige decisiones.

No inmediatas.

No drásticas.

Pero reales.

Cerré los ojos sabiendo que el próximo paso —el que todavía no veíamos— iba a cambiarlo todo.

Porque ya no se trataba de lo que callábamos.

Se trataba de qué estábamos dispuestos a sostener cuando el silencio dejaba de protegernos.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.