Hay un momento —no siempre identificable, pero inconfundible— en el que una entiende que ya no está discutiendo con el otro, sino con la versión de sí misma que sostuvo demasiado tiempo una estructura que empezó a quedarle chica.
Ese momento no llegó con una pelea.
Llegó con una mañana cualquiera.
Me desperté antes que él. Afuera, la ciudad todavía estaba a medio armar: persianas que se levantaban de a poco, algún colectivo pasando demasiado temprano, el murmullo lejano de un día que empezaba sin pedir permiso.
Me quedé mirando el techo, inmóvil, con una certeza incómoda acomodándose en el pecho: ya no estaba cansada de discutir, estaba cansada de justificar.
Me levanté en silencio, preparé café, me senté junto a la ventana. No pensé en el proyecto. No pensé en él. Pensé en mí, y eso seguía siendo una novedad inquietante.
Cuando se despertó, me encontró ahí.
—No dormiste bien —dijo.
—Dormí —respondí—. Distinto.
Se sentó frente a mí. Nos miramos con una intimidad frágil, como si estuviéramos aprendiendo un idioma nuevo sin traductor.
—Estuve pensando —dijo.
Asentí. Yo también.
—No quiero que esto se convierta en una competencia —continuó—. No quiero sentir que tengo que alcanzarte.
—No quiero que me sigas —respondí—. Quiero que camines al lado. Si eso es posible.
La frase quedó suspendida entre nosotros, pesada pero honesta.
—¿Y si no lo es? —preguntó.
No respondí enseguida. Porque por primera vez, no sentía la urgencia de tranquilizarlo.
—Entonces tendremos que decirlo —dije—. No evitarlo.
Ese día fue largo.
No por las horas, sino por el peso interno.
Cada cosa cotidiana parecía cargada de sentido: el sonido de los platos, la forma en que dejaba las llaves, cómo evitábamos rozarnos sin darnos cuenta.
A la tarde, recibí un mensaje del proyecto. Confirmaban fechas, responsabilidades, una primera presentación pública. Leí el mail dos veces, con el corazón acelerado. Era real. Estaba pasando.
—¿Todo bien? —preguntó él, desde el sillón.
—Sí —respondí—. Me confirmaron cosas.
Se acercó.
—¿Te vas a ir mucho?
La pregunta no era logística. Era emocional.
—No sé —dije—. Pero no quiero achicar esto para que no incomode.
—No quiero ser un obstáculo —dijo.
—No lo sos —respondí—. Pero tampoco quiero que te conviertas en una excusa para no crecer.
La palabra quedó ahí: crecer.
Incómoda. Inequívoca.
Se sentó de nuevo, como si el cuerpo necesitara apoyo para procesar.
—Siento que me estás dejando atrás —admitió.
—Siento que antes me quedaba yo —respondí—. Y no quiero volver ahí.
No fue una frase dura. Fue una verdad dicha sin anestesia.
Esa noche salimos a caminar. Sin destino. Sin plan. La ciudad estaba tibia, viva, indiferente a nuestro conflicto.
—¿Cuándo empezaste a sentirte así? —preguntó.
Pensé.
—Hace tiempo —dije—. Pero recién ahora dejé de taparlo con humor, con paciencia, con ese “ya va a pasar” que en realidad era “me adapto”.
—Yo no te pedí que te adaptes —dijo.
—No —respondí—. Eso es lo más difícil de aceptar.
Nos detuvimos en una esquina. El semáforo tardaba.
—Te amo —dijo.
Lo miré. El amor estaba ahí. Claro. Verdadero.
—Yo también —respondí—. Pero ya no quiero que eso sea suficiente para callarme.
La luz cambió. Cruzamos.
Al volver, el departamento se sintió más chico. No físicamente. Emocionalmente.
Nos sentamos en la cama, uno frente al otro, como dos personas que saben que algo importante está por decirse, aunque todavía no encuentren la forma exacta.
—Tengo miedo —dijo—. De que este sea el principio del final.
—Yo tengo miedo —respondí—. De que no lo sea y volvamos a lo mismo.
La simetría nos dejó en silencio.
—¿Qué hacemos entonces? —preguntó.
No tenía una respuesta definitiva. Pero sí tenía algo nuevo: la valentía de no inventar una.
—Seguimos hablando —dije—. Pero sin negociar quién soy para que esto funcione.
Asintió despacio.
—No prometo hacerlo bien —dijo.
—Yo tampoco —respondí—. Pero prometo no volver atrás.
Nos acostamos. Esta vez, nos abrazamos. No como antes. Con conciencia.
Mientras me dormía, entendí que el verdadero conflicto ya no era la posibilidad de perderlo.
El verdadero conflicto era si yo estaba dispuesta a sostenerme incluso si eso implicaba que el amor cambiara de forma.
Y supe, con una calma temblorosa, que ya había cruzado un punto del que no se vuelve intacta.
#4987 en Novela romántica
#1830 en Otros
#56 en No ficción
literatura contemporanea, ficción romántica emocional, romance introspectivo
Editado: 07.01.2026