Lo que callas también hiere

CAPÍTULO 11 Las voces que hablan cuando una deja de callar

El problema de empezar a decir la verdad

es que no solo te escucha la persona a la que se la decís.

Te escucha todo el sistema que se había acostumbrado a tu silencio.

No me di cuenta de inmediato. Creí que la conversación seguía siendo entre él y yo, entre nuestras paredes, nuestras rutinas, nuestros acuerdos tácitos. Pero bastó una semana para que el eco se expandiera.

Fue mi madre la primera en notarlo.

—Estás rara —dijo por teléfono—. No mal. Pero distinta.

La palabra volvió a aparecer. Distinta.

Como si fuera una prenda nueva que todavía no sabían si me quedaba bien.

—Estoy pensando cosas —respondí.

—¿Pensando o complicándote? —preguntó, con esa mezcla de preocupación y mandato que manejaba tan bien.

Sonreí, cansada.

—A veces es lo mismo.

Hubo un silencio incómodo.

—Él siempre fue bueno con vos —agregó.

No lo dijo como argumento.

Lo dijo como advertencia.

—Lo sé —respondí—. Nunca dije lo contrario.

—Entonces…

No terminé la frase por ella. Ya la conocía.

—Entonces tal vez no alcanza —dije.

Colgamos con una cordialidad tensa. Sentí esa culpa vieja intentar acomodarse en el pecho, buscando su lugar habitual. Esta vez, no se lo di.

En los días siguientes, las señales se multiplicaron.

Una amiga que me preguntó si “no estaba exagerando”.

Un compañero de trabajo que comentó, entre risas, que “las crisis creativas siempre terminan pasando”.

Incluso su hermana, con un mensaje amable pero cargado de subtexto: “Cuidense. No tiren todo por la borda”.

Como si hablar fuera equivalente a dinamitar.

Como si quedarse en silencio fuera sinónimo de madurez.

Empecé a notar algo inquietante: nadie me preguntaba cómo me sentía ahora.

Todos parecían más interesados en que nada se rompiera.

Esa noche, se lo dije.

—Siento que todo el mundo está más preocupado por la estabilidad que por la verdad —comenté, mientras cenábamos.

—La estabilidad importa —respondió—. No es poca cosa.

—Lo sé —dije—. Pero no puede ser el único valor.

Me miró con cansancio.

—A veces siento que estás buscando algo que ni vos sabés qué es.

—Puede ser —admití—. Pero no quiero volver a fingir que no lo siento solo porque no lo puedo explicar perfecto.

Se recostó en la silla.

—Tengo miedo de que estés idealizando otra vida.

—Tengo miedo de que yo haya idealizado esta —respondí.

No hubo réplica inmediata.

Habíamos llegado a un lugar donde ya no servían las frases hechas.

El jueves ocurrió algo pequeño. Y decisivo.

Llegué más tarde de lo habitual. Había salido con gente del proyecto, una reunión que se estiró entre ideas, risas, esa energía compartida que no pide disculpas.

Cuando entré, él estaba despierto.

—Pensé que no volvías —dijo.

—Te escribí —respondí.

—Después.

No discutimos. Pero el aire estaba cargado.

—Me cuesta acostumbrarme —admitió—. A no saber exactamente dónde estás.

Lo miré con una claridad que me sorprendió.

—A mí me costó mucho tiempo acostumbrarme a saber exactamente dónde estaba siempre —dije—. Y no moverme de ahí.

La frase no fue dicha con rencor. Fue dicha con cansancio.

—No quiero convertirme en el problema —dijo.

—No quiero convertirme en alguien que se queda solo para que no haya problemas —respondí.

Nos quedamos en silencio. Ese silencio ya no era un refugio compartido. Era un espacio en disputa.

El viernes, la tentación apareció con forma conocida.

Un mensaje simple, de esos que antes me tranquilizaban:

“Si querés, podemos dejar esto acá y seguir como antes. No quiero perderte.”

Lo leí varias veces.

Seguir como antes.

La frase tenía el peso de una promesa… y de una renuncia.

Esa noche no respondí de inmediato. Salí a caminar sola. La ciudad estaba viva, indiferente a mi dilema. Pensé en lo fácil que sería decir que sí. En el alivio inmediato. En el aplauso silencioso del entorno.

Pensé también en mí, despertándome dentro de seis meses con esa misma incomodidad, multiplicada.

Cuando volví, él estaba sentado en el sillón.

—¿Pensaste lo que te escribí? —preguntó.

Asentí.

—Sí.

—¿Y?

Me senté frente a él.

—Entiendo la propuesta —dije—. Y sé que viene del miedo, no de la manipulación.

Respiró hondo.

—Entonces…

—Entonces no puedo aceptar —continué—. Porque seguir como antes para mí significa volver a callar. Y eso ya sé adónde me lleva.

Lo vi tragar saliva.

—Siento que te estoy perdiendo igual.

—No —respondí—. Me estás viendo.

Esa frase cambió algo. No lo resolvió. Pero lo volvió real.

Esa noche dormimos poco. No por discusión. Por lucidez.

Entendí, con una mezcla de dolor y firmeza, que el amor no siempre fracasa cuando dos personas se separan.

A veces fracasa cuando una de ellas deja de existir para que todo siga igual.

Y yo ya no estaba dispuesta a ser esa persona.

Cerré los ojos sabiendo que el próximo paso no iba a ser negociable.

Porque una vez que una escucha su propia voz, volver al silencio no es paz: es traición.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.