Lo que callas también hiere

CAPÍTULO 12 El día en que no elegir también dejó de ser una opción

Las decisiones importantes rara vez llegan con fanfarria.

No traen música épica ni avisos previos.

Llegan envueltas en trámites, horarios, mails breves y fechas límite.

Ese fue el caso.

El mensaje entró a las nueve y doce de la mañana. Lo supe porque lo miré dos veces, como si el número exacto pudiera darme alguna pista sobre la magnitud de lo que estaba a punto de cambiar.

Confirmamos tu participación. Primera presentación: dentro de seis semanas. Necesitamos respuesta definitiva hoy.

Hoy.

La palabra se me clavó en el cuerpo con una precisión quirúrgica.

Me quedé sentada en la cama, con el teléfono en la mano, mientras él seguía durmiendo. Lo miré. Su respiración tranquila, la forma en que el pelo se le desordenaba sobre la frente, ese gesto mínimo que durante años había sido sinónimo de hogar.

Y entendí algo con una claridad que dolía:

amar no siempre coincide con quedarse.

Me levanté despacio, como si cualquier ruido pudiera romper el equilibrio precario de la escena. Preparé café, abrí la ventana. El día estaba luminoso, casi insolente en su normalidad.

Todo seguía igual.

Excepto yo.

Despertó más tarde.

—Buen día —dijo, todavía somnoliento.

—Buen día.

Se sentó frente a mí, notó algo en mi cara.

—¿Pasó algo?

Asentí.

—Me escribieron del proyecto —respondí—. Necesitan una respuesta hoy.

No preguntó qué respuesta.

Eso ya decía mucho.

—¿Y vos qué querés? —preguntó, después de un momento.

La pregunta era nueva. No porque nunca la hubiera hecho, sino porque esta vez no venía cargada de expectativas.

—Quiero decir que sí —respondí.

Lo dijo mi voz antes de que mi miedo pudiera corregirla.

Se recostó en la silla. Cerró los ojos unos segundos.

—¿Eso implica…? —empezó.

—Implica cambios —dije—. Tiempo, energía, presencia en otros lugares.

—¿Implica distancia?

Pensé la palabra.

—Implica movimiento —respondí—. Y no sé exactamente hacia dónde.

Asintió despacio.

—Tengo que ser honesto —dijo—. No sé si puedo acompañar eso sin sentir que me estoy quedando atrás.

La frase no fue una acusación. Fue una confesión.

—Yo tampoco sé si puedo frenarme sin perder algo esencial —respondí.

Nos miramos. El amor estaba ahí, intacto, pero ya no era suficiente para cerrar la ecuación.

El día avanzó con una densidad rara.

Cada objeto parecía cargado de memoria: la mesa donde habíamos cenado tantas veces, el sillón donde habíamos decidido cosas importantes, la cama donde nos habíamos reconciliado y distanciado sin movernos demasiado.

A la tarde salí a caminar. Necesitaba pensar sin testigos.

La ciudad seguía su curso, indiferente a mi dilema. Personas apuradas, cafés llenos, conversaciones ajenas. Pensé en cuántas mujeres habrían caminado esas mismas veredas sintiendo lo mismo: esa mezcla de culpa y determinación, ese cansancio de ser siempre el punto de equilibrio.

Me senté en una plaza. Miré el teléfono. El mail seguía ahí. Esperando.

Hoy.

Pensé en todas las veces que había dicho “después”.

En todas las veces que había elegido no incomodar.

En todo lo que había callado para no alterar la estabilidad.

Y entendí algo que me dio vértigo y alivio al mismo tiempo:

no elegir también es una elección.

Y casi siempre, es la más cómoda para los demás.

Cuando volví, él estaba en el balcón. Mirando la ciudad como si buscara respuestas afuera.

—Tenemos que hablar —dije.

Asintió sin girarse.

—Lo sé.

Entramos. Nos sentamos uno frente al otro. Sin dramatismo. Sin rodeos.

—No quiero que tomes esta decisión pensando en mí —dijo—. Y eso es lo más difícil de decir.

—No quiero tomarla pensando en no perderte —respondí—. Porque así ya me perdí antes.

Respiró hondo.

—Si decís que sí… —empezó.

—No sé exactamente qué pasa con nosotros —continué—. No puedo prometer nada que no sea honesto.

El silencio se extendió. No era hostil. Era definitivo.

—Te amo —dijo.

—Yo también —respondí—. Y eso no cambia lo que necesito hacer.

Me miró como si recién ahora entendiera algo esencial.

—Entonces este puede ser el principio del final —dijo.

—O el principio de algo distinto —respondí—. Aunque no sepamos qué.

Asintió. Se levantó. Caminó un poco. Volvió a sentarse.

—No quiero que dentro de unos años me mires con resentimiento —dijo—. Ni que yo te mire con miedo.

Esa frase terminó de ordenar todo.

Tomé el teléfono.

El mail seguía abierto.

La respuesta, clara.

Escribí despacio. Sin grandilocuencia. Sin explicaciones innecesarias.

Confirmo mi participación. Gracias por la confianza.

Apreté enviar.

El sonido fue mínimo.

El impacto, enorme.

Apoyé el teléfono sobre la mesa. Lo miré.

—Dije que sí.

Asintió. No sonrió. No se enojó.

—Gracias por decirlo de frente —dijo.

Me acerqué. Nos abrazamos. Fue un abrazo largo, consciente, sin promesas implícitas.

Y en ese gesto entendí algo que me atravesó con una claridad nueva:

A veces, elegirte no significa irte.

Pero siempre significa dejar de traicionarte.

Esa noche dormimos juntos, pero no como antes. Había una ternura distinta, más frágil, más real. Como si supiéramos que algo estaba cambiando de forma irreversible, aunque todavía no supiéramos cómo llamarlo.

Antes de dormirme, pensé que el amor no se había terminado.

Pero había dejado de ser el único argumento.

Y eso, aunque daba miedo, también era libertad.




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