La distancia no llegó de golpe.
No apareció como una mudanza, una valija, una despedida en un andén.
Llegó en pequeñas escenas cotidianas que empezaron a no coincidir.
En horarios que ya no encajaban del todo.
En conversaciones que se quedaban cortas.
En la sensación persistente de estar viviendo dos ritmos distintos bajo el mismo techo.
Los primeros días después de haber dicho que sí al proyecto fueron extrañamente calmos. Demasiado. Como si ambos estuviéramos caminando con cuidado sobre un suelo que todavía no sabíamos si era firme.
Yo salía más temprano. Volvía más tarde. No siempre cansada, pero sí llena. De ideas, de estímulos, de esa energía inquieta que no pide permiso.
Él lo notaba.
—Tenés otra cara —dijo una noche, mientras yo me quitaba los zapatos en la entrada.
—¿Eso es bueno o malo? —pregunté, medio en broma.
—Es… distinta —respondió.
La palabra ya era un clásico entre nosotros.
Y empezaba a pesar.
Las cenas se volvieron más silenciosas, aunque no incómodas. Hablábamos de lo necesario. De logística. De agendas. De lo que había que resolver.
Lo que no hablábamos era de lo otro.
De lo que se estaba acomodando sin pedirnos opinión.
Una noche, mientras lavábamos los platos, él dijo:
—Siento que ya no sé en qué momento del día te encuentro.
Apoyé el plato, lo miré.
—Estoy en varios —respondí—. Y eso antes no pasaba.
—Eso es lo que me cuesta —admitió—. Yo sigo en el mismo.
No lo dijo como reproche.
Lo dijo como quien constata un hecho que no puede cambiar solo con voluntad.
—No quiero que sientas que te estoy dejando atrás —dije.
—No quiero sentir que tengo que correr para no perderte —respondió.
Ahí estuvo.
La frase que ninguno quería pronunciar.
El primer viaje llegó antes de lo que esperábamos.
Dos días fuera. Una ciudad cercana, pero simbólicamente lejana. Preparé la valija con una mezcla de entusiasmo y una culpa que ya no sabía bien de dónde venía.
—¿Te molesta que me vaya? —pregunté, antes de cerrar el cierre.
—No —respondió rápido—. Me molesta que me moleste.
Sonreí apenas.
—No tenés que estar bien con todo —dije—. Yo tampoco lo estoy.
Me acompañó hasta la puerta. Nos besamos. Fue un beso real, pero contenido, como si ambos estuviéramos midiendo el alcance del gesto.
—Llamame cuando llegues —dijo.
—Claro.
Lo hice. Cumplí. Pero ya desde el llamado noté algo nuevo: no tenía la urgencia de contarle todo. No porque no quisiera compartir, sino porque había cosas que todavía necesitaban quedarse conmigo un rato.
El viaje fue intenso. Estimulante. Me sentí viva de una manera que me sorprendió y, al mismo tiempo, me confirmó algo que ya intuía.
Una noche, sola en el hotel, me miré al espejo y pensé: esta soy yo cuando no me estoy achicando.
La idea me atravesó con una mezcla de orgullo y tristeza.
Le escribí un mensaje corto. Cariñoso. No explicativo.
Estoy bien. Te pienso.
Respondió rápido.
Yo también. Acá todo igual.
La frase fue involuntariamente reveladora.
Cuando volví, lo noté distinto. No distante. Expectante.
—¿Cómo te fue? —preguntó.
—Muy bien —respondí—. Fue intenso.
—Me alegro.
Pero algo en su tono decía otra cosa. Nos abrazamos. Fue un abrazo sincero, pero ya no automático. Como si el cuerpo también estuviera aprendiendo a recalibrarse.
Esa noche hablamos poco. Yo estaba cansada. Él también, aunque no había viajado.
—¿Sentís que esto nos está separando? —preguntó, ya en la cama.
La pregunta era directa. Valiente.
—Siento que nos está mostrando —respondí—. Y eso a veces se parece mucho a separar.
No contestó enseguida.
—No quiero convertirme en una pausa en tu vida —dijo.
—No quiero que te conviertas en un ancla —respondí.
Las palabras dolieron, incluso dichas con cuidado.
—¿Y si ya no estamos en el mismo centro? —preguntó.
La pregunta se instaló entre nosotros como una tercera presencia.
—Tal vez nunca lo estuvimos del todo —dije—. Solo que ahora lo vemos.
Los días siguientes confirmaron lo inevitable: el tiempo no solo avanzaba, reordenaba prioridades.
Yo pensaba en el proyecto incluso cuando estaba en casa. Él pensaba en nosotros incluso cuando estaba solo.
Ninguno estaba equivocado.
Pero ya no estábamos sincronizados.
Una tarde, mientras yo trabajaba con la computadora abierta y papeles desparramados, él se sentó frente a mí.
—Extraño cuando me mirabas sin estar pensando en otra cosa —dijo.
Levanté la vista. Lo vi. De verdad.
—Extraño cuando no tenía nada que pensar —respondí—. Pero eso no era paz. Era quietud.
—No quiero ser el precio de tu crecimiento —dijo.
—No quiero que mi crecimiento tenga precio —respondí.
Nos quedamos en silencio. Esa frase marcó algo. No un final. Pero sí un límite.
Esa noche entendí algo que me atravesó con una lucidez dolorosa:
El amor puede sobrevivir a muchas cosas.
Pero no siempre sobrevive a la asimetría de los deseos.
No porque uno ame menos.
Sino porque uno ya no puede dejar de ser quien es.
Me dormí tarde, mirando el techo, con una certeza que ya no asustaba tanto:
La distancia no se había creado entre nosotros.
Se había creado dentro de mí, mucho antes.
Y ahora, finalmente, estaba teniendo el coraje de no negarla.
#4987 en Novela romántica
#1830 en Otros
#56 en No ficción
literatura contemporanea, ficción romántica emocional, romance introspectivo
Editado: 07.01.2026