Lo que callas también hiere

CAPÍTULO 14 La forma exacta que toma una despedida antes de tener nombre

Las propuestas importantes nunca llegan cuando una se siente lista.

Llegan cuando todavía estás aprendiendo a sostener lo que ya cambió.

El mensaje apareció un jueves por la mañana, entre correos irrelevantes y recordatorios automáticos. Estuve a punto de dejarlo para después, pero algo en el asunto me obligó a abrirlo.

No era una invitación.

Era una posibilidad concreta.

Un ciclo más grande. Otra ciudad. Más exposición. Un tiempo definido, pero intenso. Nada definitivo y, al mismo tiempo, absolutamente decisivo.

Me quedé mirando la pantalla con esa sensación ambigua que ya empezaba a reconocer: entusiasmo mezclado con vértigo, deseo mezclado con culpa.

No porque dudara de lo que quería.

Sino porque sabía lo que implicaba.

Guardé el teléfono y salí sin hacer ruido. Necesitaba aire. Pensar caminando, como si el cuerpo pudiera ordenar lo que la cabeza todavía no se animaba a pronunciar.

La ciudad estaba luminosa, ajena. Pensé en lo rápido que todo se estaba moviendo. En cómo, hacía apenas unos meses, mi mayor conflicto era no incomodar. Y ahora el mundo parecía empujarme hacia adelante sin pedir disculpas.

Cuando volví, él estaba en la cocina.

—¿Todo bien? —preguntó.

Asentí. No mentí. Tampoco dije toda la verdad.

—Después hablamos —dije.

Me miró. Lo entendió. Ese después ya no era una postergación cómoda. Era una antesala.

Hablamos esa noche.

No de golpe. No de manera teatral. Hablamos como hablan dos personas que saben que algo importante está a punto de redefinirse.

—Me escribieron hoy —dije—. Con otra propuesta.

No preguntó detalles de inmediato. Esperó.

—¿Es lejos? —preguntó finalmente.

—Sí —respondí—. Y no.

Sonrió apenas.

—Eso suena complicado.

—Lo es.

Le conté. Sin adornos. Sin achicarlo. Mientras hablaba, noté algo nuevo: no estaba pidiendo aprobación. Estaba compartiendo información.

Cuando terminé, el silencio fue largo.

—¿Querés hacerlo? —preguntó.

La pregunta fue directa. Limpia.

—Sí —respondí—. Mucho.

Asintió despacio. No había sorpresa en su gesto. Había confirmación.

—Entonces esto cambia todo —dijo.

—Sí —respondí—. Pero no empezó hoy.

Nos miramos. El pasado reciente flotó entre nosotros como un tercer cuerpo: todas las conversaciones, las noches de insomnio, los silencios que ya no protegían nada.

—Tengo algo para decirte —agregó.

Lo vi acomodarse en la silla, como quien decide no esquivar más una verdad.

—Yo también estuve pensando —continuó—. Mucho.

—Te escucho.

—No quiero seguir siendo alguien que acompaña desde el miedo —dijo—. Ni alguien que espera que el otro se calme para que todo vuelva a ser como antes.

Sentí un nudo en el pecho. No por miedo. Por reconocimiento.

—No quiero que me elijas por culpa —agregó—. Ni quiero elegirte desde el temor a quedarme solo.

Respiré hondo.

—Entonces…

—Entonces creo que tenemos que ser honestos con lo que está pasando —dijo—. Incluso si eso nos duele.

La frase fue el punto exacto donde algo terminó de acomodarse.

Dormimos poco esa noche. No por discusión. Por conciencia.

En la madrugada, me desperté y lo vi despierto, mirando el techo.

—¿Te arrepentís de algo? —preguntó, sin mirarme.

Pensé unos segundos.

—Me arrepiento de no haber hablado antes —respondí—. De haber esperado tanto para escucharme.

Asintió.

—Yo me arrepiento de haber confundido estabilidad con felicidad —dijo.

Nos quedamos en silencio. No era un silencio vacío. Era uno que decía esto es lo que hay.

Los días siguientes fueron extrañamente calmos. Como si, al nombrar lo innombrable, algo se hubiera ordenado.

Hablamos de cosas prácticas. De tiempos. De posibilidades. De escenarios. Sin dramatismo. Sin falsas promesas.

Una tarde, mientras tomábamos café, dijo:

—No quiero que esto se convierta en una espera eterna —dijo—. Ni para vos, ni para mí.

—Yo tampoco —respondí.

—Y no quiero odiarte después por algo que hoy todavía puedo entender.

Esa frase fue un regalo difícil.

—¿Qué estás diciendo? —pregunté, aunque ya lo sabía.

—Que te amo —dijo—. Pero no quiero quedarme en un lugar que ya no es el centro de tu vida.

Sentí una punzada. No de sorpresa. De aceptación.

—No sos un margen —respondí—. Pero mi centro se movió.

Asintió.

—Eso es lo más honesto que dijiste en mucho tiempo.

Sonreí, con tristeza.

—Eso es lo más honesto que pude decirme.

La despedida no ocurrió ese día.

Ni al siguiente.

Ocurrió en pequeños gestos: una mano que tardaba más en buscar a la otra, una conversación que no necesitaba continuar, una complicidad que empezaba a transformarse en cuidado.

Una noche, ya casi al final de una semana demasiado lúcida, me dijo:

—Creo que este amor va a sobrevivir mejor si no lo forzamos a ser pareja.

La frase fue precisa. Dolorosa. Madura.

—Creo que tenés razón —respondí.

Nos abrazamos. No como despedida definitiva. Como reconocimiento.

Y en ese abrazo entendí algo que me acompañaría mucho tiempo:

A veces, la forma más grande de amor

no es quedarse,

sino no pedirle al otro que se achique para que duela menos.

Esa noche, antes de dormir, pensé que las despedidas verdaderas no siempre tienen lágrimas ni portazos.

A veces tienen lucidez.

Y una tristeza suave que no destruye, pero transforma.

Sabía que nada iba a volver a ser igual.

Y, por primera vez, no sentí terror por eso.

Sentí respeto.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.