Lo que callas también hiere

CAPÍTULO 15 El silencio después del nosotros

La separación no ocurrió en un momento exacto.

No hubo una escena final, ni una frase contundente, ni una puerta que se cerrara con ruido.

Ocurrió cuando el nosotros dejó de ser un lugar habitable.

El día que él se fue, la casa no quedó vacía.

Quedó distinta.

No me levanté temprano. Tampoco me quedé en la cama demasiado tiempo. Me moví como si el cuerpo supiera qué hacer antes que yo. Lo ayudé a guardar algunas cosas. No todas. Las necesarias. Las simbólicas. Las que podían trasladarse sin arrastrar demasiada historia.

—No hace falta que te quedes —dijo, cuando vio que seguía ahí, sosteniendo una remera doblada que no sabía dónde poner.

—Quiero —respondí.

Y era verdad. No desde el sacrificio. Desde el cierre.

Nos movimos con una coordinación extraña, nueva. Sin reproches. Sin nostalgia excesiva. Como si ya hubiéramos llorado lo que hacía falta antes.

—Voy a llevarme solo esto —dijo, señalando una caja.

—Está bien.

—Después vemos lo demás.

Asentí. El después ya no era una promesa. Era una posibilidad abierta, sin exigencias.

Cuando cerró la puerta, el sonido fue seco. Definitivo sin ser cruel.

Me quedé parada en el living, con las manos quietas, como si estuviera esperando una indicación que ya no iba a llegar.

Respiré.

El silencio no fue inmediato.

Primero llegó una especie de eco: pasos que ya no estaban, objetos que seguían ocupando su lugar, una costumbre que todavía no sabía que había terminado.

Después sí.

Silencio.

Los primeros días fueron extrañamente funcionales.

Me levantaba. Trabajaba. Cumplía. Respondía mensajes. Sonreía cuando hacía falta. No porque estuviera bien, sino porque el cuerpo todavía tenía inercia.

El dolor llegó más tarde.

Cuando ya no había tareas urgentes que lo taparan.

Una noche, al volver del proyecto, dejé las llaves sobre la mesa y entendí que no había nadie a quien contarle cómo me había ido. No porque no tuviera a quién escribirle. Sino porque ese gesto cotidiano había perdido su destinatario natural.

Me senté en el sillón. No prendí la tele. No puse música. Me quedé ahí, con esa soledad nueva que no gritaba, pero pesaba.

No era tristeza pura.

Era desorientación.

¿Quién era yo ahora que no tenía que negociar mis silencios?

¿Quién era yo sin ese espejo constante?

El primer fin de semana fue el más difícil.

El sábado amaneció luminoso, casi irónico. Antes, los sábados tenían una coreografía compartida: café largo, planes improvisados, esa sensación de tiempo elástico.

Ahora no.

Me levanté tarde. Preparé café para una sola taza. Ese detalle mínimo me atravesó más de lo esperado.

Salí a caminar sin rumbo. No buscaba distraerme. Buscaba sentir el cuerpo en movimiento, confirmar que seguía ahí.

Pasé por lugares conocidos. Lugares que habían sido nuestros. No dolieron como pensé. No todavía. Lo que dolía era la ausencia de comentario automático, de esa mirada cómplice que antes traducía el mundo.

Me senté en un banco. Observé gente pasar. Pensé en lo fácil que era idealizar el pasado ahora que ya no estaba.

Pensé también en lo que había ganado.

Aunque todavía no supiera cómo habitarlo.

Esa noche lloré por primera vez desde la separación.

No fue un llanto desesperado. Fue uno lento, profundo, como si el cuerpo recién se diera permiso.

Lloré por lo perdido.

Por lo no dicho a tiempo.

Por lo que había funcionado y aun así no alcanzó.

Lloré también por mí.

Por todas las versiones que había sido para sostener algo que ya no me contenía.

Cuando terminé, no sentí alivio inmediato. Pero sí algo parecido a espacio.

Los días siguientes trajeron preguntas nuevas.

Ya no era ¿y si nos hubiéramos esforzado más?

Era ¿quién quiero ser ahora que no tengo que sostener una forma?

El proyecto avanzaba. Me exigía presencia. Me obligaba a estar en el ahora. Eso ayudaba. No como distracción, sino como anclaje.

Una tarde, después de una reunión intensa, alguien comentó:

—Se te ve firme.

La palabra me sorprendió.

—¿Firme? —repetí.

—Sí —dijo—. Como alguien que sabe lo que está haciendo, incluso cuando duda.

Sonreí. No corregí. No expliqué.

Tal vez era cierto.

Una noche, revisando un cajón, encontré una nota vieja. Un papel doblado, olvidado entre cosas sin importancia.

La leí despacio.

Era una versión mía que pedía menos.

Que se conformaba con ser comprendida a medias.

La volví a doblar. La guardé.

No con bronca.

Con gratitud.

Esa versión había hecho lo que pudo.

La soledad empezó a cambiar de textura.

Ya no era solo ausencia.

Empezaba a ser posibilidad.

No siempre.

No todo el tiempo.

Pero a ratos, lo suficiente como para no asustarme.

Una noche, antes de dormir, pensé en algo que no había podido pensar antes:

Que el amor que había terminado no había sido un error.

Había sido una etapa.

Y que ahora, por primera vez en mucho tiempo, no tenía que callar para pertenecer.

Cerré los ojos con esa idea sosteniéndome.

No sabía qué venía después.

Pero sabía algo importante:

Ya no me iba a desaparecer para que nadie se quedara.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.