El reencuentro no ocurrió como yo lo había imaginado.
No fue dramático.
No fue romántico.
No tuvo música de fondo ni frases ingeniosas.
Fue un martes cualquiera, en una librería que no frecuentaba, en un horario improbable para encontrar a alguien del pasado.
Estaba hojeando un libro sin demasiada atención, dejándome llevar por ese gesto antiguo que siempre había sido refugio, cuando escuché mi nombre dicho con una sorpresa genuina.
—¿Sos vos?
Levanté la vista.
Era Julia.
Hacía años que no la veía. Años reales. De esos en los que una supone que la gente sigue existiendo en el mismo lugar emocional donde la dejamos, aunque sepamos que eso es imposible.
—Soy yo —respondí, sonriendo antes de pensarlo—. Qué raro verte acá.
—Lo mismo digo —contestó—. Pensé que vivías en otra parte del mundo.
—A veces yo también —dije, medio en broma.
Nos miramos con esa mezcla de reconocimiento y extrañeza que tienen los reencuentros honestos. No éramos desconocidas. Tampoco éramos las mismas.
—¿Tenés tiempo para un café? —preguntó.
Miré el reloj. Por primera vez en mucho tiempo, no tuve que consultar con nadie.
—Sí —respondí—. Tengo.
El café estaba a media cuadra. Nos sentamos frente a frente, acomodando los cuerpos como si el pasado todavía pesara un poco.
—Estás distinta —dijo Julia, sin rodeos.
Sonreí.
—Parece que esa es la frase de moda —respondí.
—No lo digo mal —aclaró—. Te noto… más presente.
La palabra volvió a aparecer. Presente.
Como si, sin saberlo, todos estuvieran leyendo el mismo capítulo de mí.
—Pasaron cosas —dije.
—Se nota.
Hablamos de lo evidente primero. Trabajo. Mudanzas. Personas en común. Esas capas superficiales que funcionan como calentamiento antes de tocar lo importante.
—¿Y él? —preguntó, con cuidado.
No necesitó decir el nombre.
—Ya no —respondí.
No expliqué más. Julia asintió.
—Me alegra que lo digas así —comentó—. Sin justificar.
—Me costó llegar ahí —admití.
Se quedó mirándome unos segundos.
—Siempre fuiste la que sostenía —dijo—. A todos. Incluso cuando nadie te lo pedía.
Sentí algo cerrarse y abrirse al mismo tiempo.
—Creí que eso era amor —respondí.
—A veces lo es —dijo—. Hasta que deja de serlo.
El café se enfrió sin que lo notáramos.
Julia me habló de su vida actual. De un divorcio que la había obligado a empezar de cero. De un miedo que no había tenido nombre hasta que lo enfrentó. De una soledad que primero dolió y después enseñó.
—No te voy a mentir —dijo—. Hay días en que extraño la estabilidad. Pero no extraño quién era dentro de ella.
Esa frase me quedó vibrando.
—¿Y ahora? —pregunté.
—Ahora me elijo más —respondió—. No siempre bien. No siempre fácil. Pero no me abandono.
La escuché con atención. No como quien busca consejos, sino como quien se reconoce en una historia que podría haber sido propia.
—Te veo y pienso —agregó—: esta sos vos cuando dejás de pedir permiso.
No supe qué responder de inmediato. Porque, por primera vez, no sentí la necesidad de contradecir.
Nos despedimos sin promesas de volver a vernos pronto. Sin esa urgencia artificial que a veces acompaña los reencuentros. Había sido suficiente.
Cuando salí a la calle, el aire me pareció distinto. No porque hubiera cambiado, sino porque yo estaba caminando de otra manera.
Volví a casa con una sensación nueva: no de nostalgia, sino de continuidad.
Esa noche, mientras preparaba algo simple para cenar, pensé en todas las veces que había evitado verme reflejada en otras mujeres por miedo a lo que pudiera aprender.
Ahora no.
Más tarde, revisé el celular y encontré un mensaje de él. Corto. Cuidado.
Espero que estés bien.
Lo leí sin que el corazón se me acelerara. Eso también era nuevo.
Respondí con honestidad.
Lo estoy. Acomodándome.
La respuesta llegó unos minutos después.
Me alegra.
No hubo más intercambio. Y no hizo falta.
Apoyé el teléfono y me quedé sentada en silencio. No un silencio vacío. Uno lleno de sentido.
Entendí algo con una claridad suave:
El amor no siempre vuelve como pareja.
A veces vuelve como respeto.
A veces como gratitud.
A veces como una versión más honesta de lo que fue.
Y eso también podía ser suficiente.
Antes de dormir, me miré en el espejo. No buscando aprobación. Buscando reconocimiento.
La mujer que me devolvió la mirada no era invencible.
Pero tampoco estaba rota.
Era alguien que había dejado de callarse.
Y eso, aunque doliera, la había vuelto más real.
Me acosté con una certeza tranquila:
No sabía si volvería a amar pronto.
Pero sabía que, cuando lo hiciera, no sería desde el miedo a estar sola.
Sería desde la elección.
#4987 en Novela romántica
#1830 en Otros
#56 en No ficción
literatura contemporanea, ficción romántica emocional, romance introspectivo
Editado: 07.01.2026