Lo que callas también hiere

CAPÍTULO 17 El riesgo de volver a sentir sin esconderse

La primera señal no fue el interés.

Fue la incomodidad.

Esa sensación leve, casi imperceptible, de estar un poco más atenta de lo habitual. Como si algo en el cuerpo se activara antes que la mente pudiera explicarlo.

Lo conocí en una reunión del proyecto. No hubo impacto inmediato. No hubo chispa cinematográfica. Hubo conversación.

Y eso, después de todo lo vivido, ya era mucho.

Se llamaba Tomás. Tenía esa calma que no parece esfuerzo, esa manera de escuchar sin interrumpir que no busca impresionar. No hablaba de más. No llenaba silencios por ansiedad.

—¿Te pasa que a veces las ideas llegan cuando ya no las estás persiguiendo? —me preguntó, en un momento, mientras esperábamos que empezara la reunión.

—Todo el tiempo —respondí—. Y casi siempre cuando ya me había rendido.

Sonrió. No como quien quiere gustar, sino como quien reconoce algo propio en el otro.

Durante la reunión, intercambiamos opiniones. Diferentes, pero complementarias. No intentó corregirme. Tampoco asentía automáticamente. Pensaba. Respondía. Argumentaba sin competir.

Eso me dejó alerta.

Al terminar, se acercó.

—Me gustó cómo pensás —dijo—. Se nota que no repetís fórmulas.

No supe qué contestar de inmediato. Porque hacía mucho que nadie me hablaba desde ese lugar.

—Gracias —dije—. Me costó llegar ahí.

—Se nota —respondió—. En el buen sentido.

Nos despedimos sin intercambiar números. Sin excusas para volver a vernos. Y sin embargo, al irme, tuve una certeza extraña: algo había quedado abierto.

Esa noche pensé en él más de lo que esperaba. No con fantasías. Con curiosidad.

Eso también era nuevo.

No había urgencia. No había proyección. Solo una pregunta silenciosa: ¿quién soy cuando alguien me interesa sin necesidad?

Al día siguiente, lo volví a ver. Esta vez, él se acercó primero.

—¿Café? —preguntó—. Cinco minutos antes de que arranque todo.

Asentí.

Nos sentamos en una mesa alta. El lugar estaba lleno de ruido, pero nuestra conversación se movía en otro ritmo.

—¿Siempre sos tan reservada al principio? —preguntó.

—No —respondí—. Aprendí a serlo.

—¿Por experiencia?

—Por repetición.

No insistió. Agradecí eso.

—Yo antes hablaba de más —dijo—. Como si tuviera que convencer a los demás de que valía la pena escucharme.

—¿Y ahora?

—Ahora prefiero que el silencio haga su parte.

Lo miré con más atención. No buscando defectos. Buscando señales de peligro. Viejo hábito.

No encontré ninguna evidente.

Eso, paradójicamente, me inquietó más.

Esa tarde recibí un mensaje inesperado.

Era de él.

¿Te parece si seguimos esa conversación otro día? Sin apuro.

Leí el mensaje varias veces. No por desconfianza. Por conciencia.

Respondí.

Sí. Me parece bien. Sin apuro.

Apoyé el teléfono y respiré hondo. El cuerpo reaccionó antes que la mente: una mezcla de entusiasmo contenido y alerta activa.

No era miedo a él.

Era miedo a mí.

A volver a abrir una parte que recién empezaba a sentirse estable.

Esa noche soñé con mi ex. No como era al final, sino como al principio. Eso me despertó sobresaltada.

Me senté en la cama, con el corazón acelerado. No por deseo. Por memoria.

Entendí algo con una claridad incómoda: el pasado no vuelve para ser vivido de nuevo; vuelve para comprobar si todavía manda.

Y esta vez, no mandaba.

Dos días después, nos encontramos. Un bar tranquilo. Luz baja. Música justa.

—Gracias por venir —dijo Tomás.

—Gracias por invitarme —respondí.

Hablamos de cosas simples primero. De libros. De decisiones que no siempre entendimos en su momento. De caminos torcidos que, con el tiempo, resultaron necesarios.

—Salí de una relación larga hace un año —dijo—. Aprendí que no todo lo que dura es sano.

Asentí despacio.

—Yo aprendí que no todo lo que duele es amor —respondí.

Nos miramos. No con intensidad exagerada. Con respeto.

—No quiero apurarte —dijo—. Sea lo que sea esto.

—No estoy apurada —respondí—. Pero tampoco quiero esconderme.

Eso pareció gustarle.

—Eso es raro —dijo—. En el mejor sentido.

Sonreí.

Cuando nos despedimos, no hubo beso. No porque no hubiera ganas. Porque había algo más importante: confianza incipiente.

Caminé a casa con el cuerpo liviano y la cabeza clara.

No sabía si Tomás iba a ser alguien importante.

Pero sí sabía que yo ya no era la misma mujer que antes necesitaba certezas para animarse a sentir.

Ahora podía sostener la duda sin cerrarme.

Podía desear sin desaparecer.

Podía quedarme incluso si no sabía cómo iba a terminar.

Antes de dormir, pensé algo que me sorprendió por su calma:

Tal vez amar de nuevo no era volver a empezar.

Tal vez era continuar desde un lugar más honesto.

Y por primera vez, esa idea no me dio miedo.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.