Lo que callas también hiere

CAPÍTULO 18 Cuando el pasado no vuelve a pedir perdón, sino lugar

El mensaje llegó un jueves por la tarde, sin anuncio previo y sin dramatismo.

Eso fue lo que más me descolocó.

¿Podemos vernos? Hay algo que necesito decirte en persona.

No había firma. No hacía falta.

Leí el mensaje una vez. Después otra. No sentí sobresalto. Tampoco nostalgia inmediata. Sentí algo más incómodo: claridad.

No respondí enseguida.

Apoyé el teléfono sobre la mesa y seguí trabajando, como si ese rectángulo silencioso no contuviera una versión entera de mi historia reciente. Pero el cuerpo no es tan fácil de engañar. Algo se tensó apenas, una alerta antigua que ya no gobernaba, pero todavía sabía hablar.

Esa noche tenía planes con Tomás. Una cena sin etiquetas, acordada con esa liviandad nueva que no necesitaba justificarse.

Mientras me cambiaba, pensé en la diferencia: antes, un mensaje así me habría desarmado por completo. Habría corrido. Habría dudado de todo.

Ahora no.

Respondí.

Sí. Decime cuándo.

Y guardé el teléfono.

La cena con Tomás fue tranquila. Cómplice. Había risas suaves, silencios cómodos, una conversación que no se sentía como examen.

—Te noto distinta hoy —dijo, en un momento.

—¿Distinta cómo?

—Más… presente todavía. Como si hubieras acomodado algo.

No mentí.

—Tal vez lo estoy haciendo —respondí.

No le conté del mensaje. No por ocultamiento. Por respeto al proceso propio.

Cuando nos despedimos, hubo un abrazo más largo que los anteriores. No cruzamos ningún límite. Pero algo se afirmó.

Caminé a casa pensando en lo extraño que era sentirse acompañada sin sentirse tomada.

Nos vimos el sábado a la tarde. Un café neutral. Territorio seguro.

Él llegó puntual. Un poco más delgado. Un poco más serio. El mismo gesto conocido al acomodarse la campera.

—Gracias por venir —dijo.

—Gracias por pedirlo —respondí.

Nos sentamos. Durante unos segundos, ninguno habló. No era incomodidad. Era reconocimiento.

—No voy a dar vueltas —empezó—. Me doy cuenta de cosas ahora que antes no podía ver.

Asentí. No interrumpí.

—No te escribo porque esté solo —continuó—. Te escribo porque entendí qué perdí.

Ahí estaba.

La frase que antes habría sido suficiente.

—Y también entendí —agregó— que no supe estar a la altura de lo que vos estabas construyendo.

Lo miré. No con dureza. Con atención.

—¿Y ahora? —pregunté.

Respiró hondo.

—Ahora no quiero volver a lo de antes —dijo—. Quiero intentar algo distinto. Si todavía hay lugar.

El silencio se volvió denso. No por tensión. Por honestidad.

—¿Qué sería distinto? —pregunté.

—Yo —respondió—. Mi forma de escuchar. De acompañar. De no sentirme menos cuando brillás.

Esa última palabra cayó con peso.

Brillás.

La escuché sin emoción inmediata. Como quien analiza algo que ya procesó.

—¿Sabés qué es lo más difícil de escuchar eso ahora? —dije.

—Qué —respondió.

—Que lo creo —dije—. Pero ya no sé si alcanza.

No fue cruel. Fue exacto.

—No te pido una respuesta hoy —dijo—. Solo que lo pienses.

—Lo estoy pensando —respondí—. Desde hace meses.

Al salir del café, el aire estaba fresco. Caminé despacio. No me sentía confundida. Me sentía exigida.

No por él.

Por mí.

Esa noche, me senté en el sillón con una libreta vieja. Escribí sin ordenar demasiado. Palabras sueltas. Sensaciones.

Escribí: amor, costumbre, cambio, deseo, lealtad, miedo.

Y después una frase que me sorprendió por su nitidez:

No quiero elegir desde lo que fui capaz de tolerar, sino desde lo que ahora soy capaz de sostener.

Cerré la libreta.

Al día siguiente, me encontré con Tomás. No planeado. Coincidencia real.

—¿Todo bien? —preguntó, notando algo en mi expresión.

—Sí —respondí—. Pensando cosas importantes.

—Si querés hablar…

—Quiero —dije—. Pero no hoy.

Asintió sin problema.

—Cuando quieras —dijo—. No estoy apurado.

Ese gesto simple me atravesó más que cualquier declaración.

Esa noche soñé con una casa en construcción. Paredes sin pintar. Ventanas abiertas. No había muebles todavía, pero el espacio era amplio y luminoso.

Al despertar, entendí el símbolo sin esfuerzo.

Algunas cosas no se reconstruyen.

Se superan.

Y otras, apenas comienzan.

Me levanté con una decisión todavía sin forma definitiva, pero con algo nuevo: la certeza de que no iba a elegir desde la culpa ni desde la nostalgia.

Iba a elegir desde la mujer que ya no se callaba.

Y eso, por primera vez, me hizo sentir verdaderamente libre.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.