Lo que callas también hiere

CAPÍTULO 19 Elegir sin testigos

La decisión no llegó de golpe.

Llegó como llegan las verdades que ya no necesitan discusión.

Estaba sola en casa, un domingo a la tarde, con esa luz tibia que parece suspender el tiempo. No tenía música puesta. No tenía el teléfono cerca. No estaba esperando nada.

Y en ese silencio sin urgencias, entendí que ya había elegido.

No entre ellos.

Entre versiones de mí.

Volví a leer los mensajes. Los de uno. Los del otro. No buscando señales ocultas, sino escuchando lo que me pasaba en el cuerpo.

El mensaje de él tenía historia. Peso. Memoria compartida. Una promesa de reparación.

El de Tomás tenía presente. Calma. Un espacio donde no tenía que explicarme demasiado.

Y aun así, no era una elección romántica la que estaba en juego.

Era algo más incómodo.

¿Quería volver a una relación donde yo ya sabía quién iba a ser…

o quedarme en un terreno donde todavía no había garantías, pero sí honestidad?

Me preparé un té. Lo dejé enfriar sin tomarlo. Caminé por la casa, tocando objetos, como si necesitara confirmar que ese espacio también me pertenecía sin mediaciones.

Pensé en lo que había sido amar desde el esfuerzo.

Pensé en lo que estaba empezando a ser amar desde la presencia.

Y por primera vez, no romantizé el sacrificio.

Le escribí a él primero. No porque fuera más importante, sino porque era más antiguo.

Pensé mucho. Aprecio tu honestidad. Pero no quiero volver a intentarlo. No porque no haya amor, sino porque ya no quiero vivirlo de esa forma.

No fue fácil escribirlo. Pero tampoco fue doloroso.

La respuesta tardó.

Lo entiendo. Me duele, pero lo respeto. Gracias por decirlo así.

Leí el mensaje sin lágrimas. Sin alivio exagerado. Con una tristeza limpia.

A veces, cerrar una puerta no es un acto de rechazo.

Es un acto de cuidado.

No le escribí a Tomás enseguida.

Eso también era nuevo: no correr hacia lo que parecía luminoso solo por contraste con lo que había dolido.

Salí a caminar. El aire estaba fresco. La ciudad seguía su ritmo, indiferente a mi pequeña revolución interna.

Pensé en Julia. En sus palabras. En esa versión de mí que empezaba a habitarse sin pedir permiso.

Pensé en algo que no había podido pensar antes: que estar sola no era un vacío a llenar, sino un lugar desde donde elegir mejor.

Cuando volví, recién entonces, le escribí.

Hoy tomé una decisión importante sobre mi pasado. No espero nada de vos. Solo quería decirte que estoy acá, entera.

La respuesta fue casi inmediata.

Gracias por decírmelo. Me importa que estés bien, no apurarte.

Apoyé el teléfono y respiré hondo.

No sentí euforia.

Sentí alineación.

Esa noche, algo cambió en mí de forma sutil pero irreversible.

No fue la certeza de que Tomás fuera “el indicado”.

No fue la fantasía de un nuevo comienzo perfecto.

Fue algo más sobrio y más poderoso: ya no necesitaba que alguien me eligiera para sentir que mi elección valía.

Me dormí con una sensación desconocida. No de final feliz. De inicio honesto.

Los días siguientes trajeron consecuencias pequeñas, pero reveladoras.

Me movía distinto. Hablaba distinto. Escuchaba sin anticipar respuestas. Ya no sentía la necesidad de justificar mi decisión frente a nadie.

Cuando alguien preguntaba:

—¿Volvieron?

Respondía:

—No.

Sin explicaciones.

Y eso, para una mujer que había vivido explicándose, era un triunfo silencioso.

Me encontré con Tomás una semana después. Caminamos sin rumbo. No hubo confesiones dramáticas. No hubo definiciones apresuradas.

—No quiero ser un rebote —dijo, en un momento.

—No lo sos —respondí—. Pero tampoco quiero que seas un proyecto.

Sonrió.

—Eso me tranquiliza —dijo—. Prefiero ser una posibilidad real.

Nos miramos. Había deseo, sí. Pero había algo más importante: espacio.

Esa noche, al volver a casa, me miré en el espejo con una calma nueva.

No había ganado nada espectacular.

No había perdido algo irremplazable.

Había elegido sin testigos.

Sin discursos.

Sin miedo a equivocarme.

Y entendí algo que antes no sabía sostener:

El amor más difícil no es el que se queda.

Es el que se elige cuando ya no hay necesidad.

Me acosté con esa certeza acompañándome.

La historia no se estaba cerrando.

Se estaba volviendo más verdadera.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.