Lo que callas también hiere

CAPÍTULO 20 Amar sin bajar la voz

El amor nuevo no llegó como un incendio.

Llegó como una conversación que se anima a durar.

Con Tomás no hubo un “ahora sí” oficial. No hubo una noche inaugural que marcara un antes y un después. Hubo, en cambio, una suma de gestos pequeños que empezaron a ocupar espacio: mensajes que no se medían, silencios que no incomodaban, decisiones que se compartían sin dramatismo.

Y eso, para mí, era nuevo.

La primera vez que se quedó a dormir fue casi accidental. Habíamos cenado tarde, hablado más de la cuenta, reído con una complicidad que no necesitaba demostrarse. Cuando miramos la hora, ya era evidente.

—Si querés, me quedo —dijo—. Si no, me voy.

La frase era simple, pero el respeto que contenía me desarmó.

—Quedate —respondí—. Me gusta que sea elección.

Nos acostamos sin apuro. El cuerpo reconocía algo que la mente todavía observaba con cautela. No hubo urgencia. Hubo atención.

Después, en la oscuridad, hablamos.

—Tengo miedo de no saber amar sin protegerme demasiado —dije, casi sin pensarlo.

—Yo tengo miedo de amar creyendo que no molesto —respondió.

Nos quedamos en silencio. No era un silencio vacío. Era un acuerdo tácito: ninguno iba a desaparecer para que el otro se quedara.

Con el paso de las semanas, la relación empezó a mostrar su verdadera textura.

No todo era fácil.

Tomás tenía una manera de retirarse cuando algo lo incomodaba. No se iba físicamente. Se volvía más callado, más introspectivo. Yo lo notaba de inmediato.

Antes, eso me habría activado la alarma: otra vez voy a ser yo la que pregunte, la que sostenga, la que traduzca.

Esta vez, no.

Una tarde, después de una reunión intensa, lo sentí distante. Caminábamos juntos, pero algo estaba desfasado.

—¿Estás bien? —pregunté.

—Sí —respondió rápido. Demasiado.

Me detuve.

—No te pregunto para invadirte —dije—. Te pregunto porque estoy acá.

Me miró sorprendido. No defensivo. Sorprendido.

—No estoy acostumbrado a que alguien no se vaya cuando me cierro un poco —admitió.

—Yo no estoy dispuesta a quedarme en silencio para no incomodar —respondí—. Pero puedo esperar si me decís que necesitás tiempo.

Pensó unos segundos.

—Necesito ordenar algo —dijo—. Pero no quiero hacerlo solo.

Seguimos caminando.

No fue una escena romántica.

Fue una escena honesta.

Y eso, para mí, empezaba a ser una forma más profunda de intimidad.

El proyecto avanzaba. Exigía presencia, decisiones, liderazgo. Por primera vez, no sentí la tentación de minimizarlo para cuidar una relación.

Una noche, mientras preparábamos algo de comer, Tomás me preguntó:

—¿Te vas a ir varios días la semana que viene?

—Sí —respondí—. Es importante.

—¿Querés que nos veamos antes o después?

No hubo reproche. No hubo gesto de sacrificio.

—Después —dije—. Con ganas.

Sonrió.

—Me gusta cómo decís eso —comentó—. Sin culpa.

Me quedé pensando en esa palabra. Culpa. Durante años había sido el idioma secreto de mis vínculos.

Ahora no.

Sin embargo, no todo era claridad.

Una noche soñé que me quedaba muda. Que intentaba hablar y no podía. Desperté agitada, con la sensación de estar perdiendo algo.

Se lo conté.

—Me pasa cuando siento que algo podría volver a repetirse —le dije—. No contigo. Conmigo.

Me escuchó sin interrumpir.

—Si algún día sentís que te estás callando —dijo—, prefiero que me lo digas, incluso si duele.

—No prometo decirlo bien —respondí.

—Prometeme decirlo igual.

Asentí.

Ese acuerdo, tan simple, me sostuvo más de lo que esperaba.

Una tarde, me crucé con alguien del pasado. Una conocida común. Las preguntas llegaron rápido.

—¿Estás de nuevo en pareja?

Pensé un segundo.

—Estoy conociendo a alguien —respondí—. Pero sobre todo, me estoy conociendo yo.

La frase no era pose. Era verdad.

Con Tomás empezamos a discutir pequeñas cosas. Horarios. Expectativas. Diferencias de carácter.

Lo sorprendente no era la discusión. Era que yo no me achicaba para terminarla antes.

Una vez, en medio de una charla tensa, dije:

—No quiero tener razón. Quiero ser escuchada.

Él respiró hondo.

—Estoy aprendiendo —dijo—. No a escucharte. A no defenderme antes.

Eso no resolvió todo. Pero abrió algo.

Una noche, ya en la cama, apoyé la cabeza en su pecho y pensé en lo lejos que estaba de aquella mujer que confundía amor con resistencia.

No sabía si esta historia iba a durar.

No sabía si Tomás iba a ser el amor de mi vida.

Pero sabía algo esencial:

Esta vez, no me estaba perdiendo para quedarme.

Y eso cambiaba todo.

Cerré los ojos con una certeza serena:

Amar sin bajar la voz no garantiza que no duela.

Pero garantiza algo mucho más importante: que voy a estar ahí cuando pase.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.