Lo que callas también hiere

CAPÍTULO 23 Nadie se va ileso cuando decide quedarse

La mañana siguiente fue extrañamente clara.

No luminosa, no esperanzadora, no amable.

Clara.

Me desperté sin sobresaltos, sin esa ansiedad conocida que solía anticipar las conversaciones difíciles. El cuerpo estaba cansado, pero la mente —por primera vez en días— no corría.

Eso me inquietó más que el miedo.

Preparé café. Me senté en la mesa. Miré el teléfono sin tocarlo. Sabía que Tomás iba a escribir. No porque fuera impulsivo, sino porque también él había quedado suspendido en algo que no se resuelve con dormir.

Pero el mensaje no llegaba.

Y en esa espera —breve, pero significativa— entendí algo incómodo: no todo silencio es abandono; algunos son respeto… y otros, huida.

La pregunta era cuál de los dos estaba ocurriendo ahora.

Salí de casa sin rumbo fijo.

La ciudad estaba en movimiento, ajena, insistente. Personas apuradas, risas en veredas, una normalidad que contrastaba con la densidad que llevaba dentro. Caminé sin música, sin distracciones. Necesitaba escuchar mis propios pensamientos sin interferencias.

Pensé en Tomás.

En su honestidad tardía.

En esa frase que no se me iba de la cabeza: “armé una vida alrededor de lo que no hice”.

No era reprochable.

Era humano.

Y sin embargo, había algo ahí que me concernía directamente: yo no podía convertirme en el recordatorio permanente de una renuncia ajena.

El mensaje llegó al mediodía.

¿Podemos vernos? No quiero dejar esto en el aire.

Lo leí con calma.

Respondí igual.

Sí. Donde quieras.

Nos encontramos en un parque. Espacio abierto. Aire. Árboles que no opinaban.

Tomás estaba sentado en un banco, con los codos apoyados en las rodillas. Se levantó al verme, pero no avanzó de inmediato. Esperó. Ese detalle, mínimo, me dijo más que cualquier frase.

—Gracias por venir —dijo.

—Gracias por pedirlo —respondí.

Nos sentamos. El silencio no fue incómodo. Fue expectante.

—Pensé mucho —empezó—. No solo en lo que dijiste. En lo que yo no dije nunca.

Asentí. No lo apuré.

—Tengo una propuesta —continuó—. Y no es la que imaginás.

Eso despertó mi atención.

—Te escucho.

Respiró hondo.

—No quiero que te quedes para ayudarme a resolver nada —dijo—. Ni que adaptes tu camino para que yo no tenga que mirar el mío.

La frase fue un golpe seco. Honesto.

—Entonces… —empecé.

—Entonces necesito hacer algo que postergué demasiado —interrumpió—. Voy a retomar esa posibilidad. Aunque no se concrete. Aunque no salga bien.

Sentí el impacto en el cuerpo antes que en la cabeza.

—¿Irte? —pregunté.

—Moverme —corrigió—. No quedarme quieto esperando que el mundo se acomode a mi miedo.

El silencio que siguió fue intenso. No por tensión, sino por magnitud.

—¿Y nosotros? —pregunté finalmente.

Me miró. De verdad.

—No quiero pedirte que me esperes —dijo—. Ni prometerte algo que no sé sostener. Pero tampoco quiero seguir si eso implica que vos tengas que frenar.

Ahí estuvo el verdadero giro.

No me estaba eligiendo.

No me estaba soltando.

Me estaba dejando libre sin dramatismo.

Y eso… eso dolía distinto.

—Tomás —dije—, lo que estás diciendo es valiente. Pero también implica algo.

—Lo sé.

—Implica que esta historia puede no tener un “después” como pareja.

Asintió.

—Lo sé —repitió—. Y aun así, necesito hacerlo.

Lo miré con una mezcla inesperada de tristeza y respeto.

—Entonces no voy a acompañarte desde la espera —respondí—. Ni desde el sacrificio.

—No quiero eso —dijo—. Nunca lo quise.

—Pero tampoco voy a impedirte —agregué—. Porque yo también estoy aprendiendo a no quedarme quieta por amor.

Nos miramos. No como amantes. Como dos personas en tránsito.

Nos despedimos con un abrazo largo. No definitivo. No romántico. Honesto.

Mientras me alejaba, sentí una punzada breve. No de pérdida total. De duelo anticipado.

Pero también sentí algo más profundo, más firme:

Había dejado de jugar al rol que tantas veces había ocupado sin darme cuenta:

la mujer que se queda para que el otro no tenga que moverse.

Esa noche, volví a casa exhausta.

Me senté en el piso, apoyada contra la pared, con una manta sobre los hombros. No prendí luces fuertes. No puse música. Dejé que el cansancio hablara.

Pensé en cuántas veces había confundido amor con sostén.

En cuántas historias se habían mantenido vivas solo porque yo las cargaba.

Y por primera vez, no sentí culpa por no hacerlo.

Sentí algo nuevo: dignidad emocional.

Antes de dormir, escribí una frase en una hoja suelta. No era para nadie más que para mí:

No vine a esta vida a ser el lugar cómodo donde otros descansan de no elegir.

Doblé el papel. Lo guardé.

No sabía qué iba a pasar con Tomás.

No sabía si la historia iba a transformarse, pausarse o terminar.

Pero sí sabía algo esencial:

Esta vez, la aventura no consistía en quedarse.

Consistía en no perderme para que nadie se salvara.

Y esa certeza, aunque dolía, también me estaba devolviendo algo que había perdido hace tiempo:

La gratitud de estar siendo fiel a mí misma.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.