Lo que callas también hiere

CAPÍTULO 24 Donde la vida avanza sin pedir explicaciones

Los días posteriores no fueron silenciosos.

Fueron extrañamente productivos.

Eso me desconcertó.

Esperaba el golpe, la nostalgia, el vacío que deja una historia suspendida. En cambio, apareció algo más incómodo y más poderoso: movimiento. La vida, como si hubiera estado esperando a que dejara de sostener lo insostenible, empezó a empujar.

El primer empujón llegó por correo electrónico, con un asunto que no prometía nada extraordinario:

Seguimiento — propuesta de continuidad.

Lo abrí sin expectativas. Lo leí dos veces.

No era una invitación puntual ni un halago educado. Era una propuesta concreta: coordinar una etapa nueva del proyecto, con autonomía real, presupuesto asignado y un equipo pequeño a cargo. Un salto que no dependía de simpatías ni de coyunturas. Un paso que exigía decisión.

Me quedé mirando la pantalla con una calma tensa. Esa calma que antecede a los cambios verdaderos.

No pensé en Tomás.

No pensé en nadie.

Pensé en mí.

Acepté la reunión.

No fue valentía heroica. Fue coherencia.

La cita fue en un edificio antiguo, de esos que parecen guardar conversaciones importantes en las paredes. Llegué temprano. Observé el movimiento de la gente. Tomé agua. Respiré.

La reunión fue directa. Profesional. Exigente.

—No buscamos alguien que ejecute —dijo una de las coordinadoras—. Buscamos alguien que decida.

Esa frase me atravesó.

—Decidir implica incomodar —respondí—. No siempre va a gustar.

—Lo sabemos —dijo—. Por eso te lo proponemos.

Salí del edificio con una sensación extraña: no euforia, no miedo. Responsabilidad elegida.

La noticia no se difundió de inmediato. No por secreto. Por cuidado.

Quise sentirla primero.

Caminé sin rumbo durante una hora. Compré pan en una esquina. Me senté en una plaza. Observé a una mujer mayor alimentar palomas con una paciencia infinita. Pensé en la cantidad de vidas que avanzan sin ser vistas.

Pensé en la mía.

Por primera vez en mucho tiempo, no estaba reaccionando a nada. Estaba construyendo.

Esa noche, Tomás escribió.

¿Cómo estás?

No sentí urgencia. Tampoco rechazo.

Bien —respondí—. Pasando cosas.

Tardó en contestar.

Me alegra. De verdad.

La honestidad era palpable. No había intento de volver, ni de retener. Solo un reconocimiento mutuo de trayectorias que se movían.

Apoyé el teléfono.

La historia entre nosotros no estaba en pausa. Estaba mutando. Y yo ya no necesitaba definirla para sentirme entera.

Los días siguientes se llenaron de tareas nuevas. Reuniones, planificación, decisiones pequeñas que, sumadas, empezaban a dibujar una estructura.

Descubrí algo inesperado: me gustaba liderar. No desde el control, sino desde la escucha firme. No desde la imposición, sino desde la claridad.

—Con vos se trabaja distinto —me dijo alguien del equipo—. No nos pedís permiso, pero tampoco nos empujás.

Sonreí.

—Estoy aprendiendo a no pedirlo —respondí—. Y a no empujarme tampoco.

Un viernes, al salir tarde de una reunión, la ciudad me recibió con una lluvia inesperada. Me refugié bajo un toldo, riéndome sola de lo previsible que era mojarse justo cuando no lo esperás.

Un hombre a mi lado comentó algo trivial. Sonreímos. Nada más.

Y en ese gesto mínimo entendí algo que me conmovió: el mundo estaba volviendo a abrirse. No como promesa romántica. Como territorio.

Esa noche, en casa, abrí una botella de vino. Me senté en el piso, espalda contra la pared, cuaderno en mano. No para escribir lo que sentía. Para registrar lo que estaba haciendo.

Escribí listas. Planes. Ideas.

Y, al final, una frase breve, sin poesía:

No estoy esperando que algo vuelva. Estoy yendo hacia algo.

Cerré el cuaderno.

El sábado por la mañana, recibí una llamada inesperada. Julia.

—Me llegó un rumor —dijo—. ¿Es verdad que estás liderando algo grande?

Reí.

—Depende de qué tan grande lo mires.

—Te lo digo en serio —insistió—. Se te escucha distinta.

—Me estoy escuchando distinta —respondí.

—Eso se nota —dijo—. Y da gusto.

Colgamos con la ligereza de quienes no necesitan explicarse todo.

Esa tarde, salí a correr. El cuerpo respondió mejor de lo esperado. Respiré profundo. Sentí el pulso. La vida circulando.

No estaba huyendo de nada.

No estaba llenando ningún vacío.

Estaba avanzando.

Antes de dormir, pensé en la palabra aventura. Siempre la había asociado a lo extraordinario, a lo externo, a lo que se cuenta después.

Ahora entendía algo nuevo:

La aventura más arriesgada no es irse.

Es dejar de esperar.

Y esa aventura recién empezaba.

Me dormí con la certeza tranquila de quien no sabe exactamente qué viene, pero ya no necesita garantías para seguir.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.