El problema de empezar a decidir
es que tarde o temprano alguien va a sentirse desplazado.
No por maldad.
Por costumbre.
La primera resistencia no llegó con un portazo ni con una confrontación abierta. Llegó con una sonrisa tensa, con frases medidas, con silencios que duraban apenas un segundo más de lo necesario.
Lo noté en la tercera reunión del equipo.
Había preparado la agenda con cuidado. No para imponer, sino para ordenar. Teníamos poco tiempo y muchas expectativas encima. Cuando terminé de exponer la propuesta, el silencio fue demasiado largo para ser cómodo.
—Es ambicioso —dijo alguien finalmente—. ¿No sería mejor ir más despacio?
La pregunta no era inocente. Tampoco era hostil. Era estratégica.
—Despacio ya fuimos —respondí—. Y nos trajo hasta acá. Si queremos otro resultado, necesitamos otro ritmo.
Alguien cruzó miradas. Otro tomó nota sin levantar la vista. Sentí la energía cambiar.
No retrocedí.
La incomodidad empezó a circular.
Correos que no llegaban. Decisiones que se postergaban sin explicación. Reuniones paralelas de las que me enteraba después. Nada explícito. Todo perfectamente defendible.
Una tarde, una de las integrantes del equipo —la más antigua— me pidió hablar a solas.
—No todos están cómodos con tu forma —dijo, con tono amable.
—¿Con qué parte? —pregunté.
Dudó.
—Con que decidas sin consultar todo.
Respiré hondo.
—Consultar no es lo mismo que pedir permiso —respondí—. Y yo no vine a pedirlo.
El silencio que siguió fue denso. No hostil. Revelador.
—Antes no eras así —dijo.
Ahí estaba.
La frase.
—Antes no estaba en este lugar —respondí—. Y tampoco era esta persona.
No lo dije con dureza. Lo dije con certeza.
Esa noche llegué a casa cansada. No física. Emocionalmente.
Me senté en el sillón, sin prender luces. Pensé en cuántas veces, en otras etapas de mi vida, había suavizado mis decisiones para no incomodar. En cuántas veces había elegido la simpatía antes que la claridad.
Y entendí algo que me apretó el pecho:
no caer bien también es un duelo.
Porque implica soltar la versión de una misma que era aceptada a cambio de silencio.
El conflicto escaló rápido.
Dos días después, recibí un llamado de la coordinación general. Voz cordial. Demasiado cordial.
—Nos llegaron algunos comentarios —dijo—. Nada grave. Pero creemos que podrías ajustar el tono.
—¿Ajustar cómo? —pregunté.
—Ser un poco más… flexible.
Sonreí, aunque nadie pudiera verlo.
—Estoy siendo flexible —respondí—. Lo que no estoy siendo es ambigua.
El silencio al otro lado fue breve.
—Solo te lo transmitimos —dijo—. Para que lo tengas en cuenta.
Colgué con una mezcla de enojo y lucidez.
No me estaban pidiendo que mejorara.
Me estaban pidiendo que me achicara un poco.
Esa tarde caminé más de lo habitual. Necesitaba que el cuerpo procesara lo que la cabeza ya sabía.
Pensé en Tomás. En su renuncia. En cómo el miedo a incomodar había terminado convirtiéndose en un límite invisible.
Y entendí algo con una claridad casi cruel:
no estaba dispuesta a pagar ese precio.
Ni por amor.
Ni por pertenencia.
Ni por estabilidad.
La decisión llegó en una reunión clave.
Había un punto conflictivo. Un cambio que implicaba redistribuir recursos. No todos iban a quedar conformes. Antes, esa certeza me habría paralizado.
Ahora no.
—Vamos a hacerlo así —dije—. No porque sea cómodo, sino porque es lo correcto para el proyecto.
Alguien objetó. Otro suspiró. Nadie se levantó.
La incomodidad quedó flotando.
Pero la decisión quedó tomada.
Al salir, una persona se me acercó en silencio.
—No estoy de acuerdo con todo —dijo—. Pero se agradece que alguien decida sin esconderse.
Ese comentario mínimo compensó todo.
Esa noche recibí un mensaje inesperado de Tomás.
Te vi hoy. Alguien me contó lo que está pasando. No es fácil ocupar ese lugar.
Lo leí despacio.
No —respondí—. Pero es el único donde no me pierdo.
La respuesta tardó.
Eso siempre fue lo que más admiré de vos. Aunque antes me diera miedo.
Apoyé el teléfono. No sentí nostalgia. Sentí algo mejor: validación sin expectativa.
Antes de dormir, abrí el cuaderno donde venía anotando ideas. En una hoja nueva escribí:
Si para crecer tengo que caerle mal a algunos, que así sea. No vine a ser cómoda. Vine a ser honesta.
Cerré el cuaderno.
Sabía que el conflicto no había terminado.
Sabía que vendrían consecuencias.
Pero también sabía algo fundamental:
La aventura ya no era externa ni profesional.
Era ética.
Y una vez que elegís ese camino, no hay vuelta atrás sin perderte.
Me acosté con el cuerpo cansado y el espíritu alerta.
La historia no estaba buscando aprobación.
Estaba buscando verdad.
#4987 en Novela romántica
#1830 en Otros
#56 en No ficción
literatura contemporanea, ficción romántica emocional, romance introspectivo
Editado: 07.01.2026