Lo que callas también hiere

CAPÍTULO 27 El lugar que se crea cuando ya no te dejan entrar

El margen no es un lugar cómodo.

Es un espacio sin reglas claras, sin reconocimiento inmediato, sin garantías.

Pero también es el único lugar donde algo nuevo puede crecer sin pedir permiso.

La llamada de aquella noche no fue una promesa. Fue un gesto. Una señal mínima de que no todo estaba perdido, aunque nada estuviera asegurado.

—No sabemos cómo —me dijeron—. Solo sabemos que no queremos seguir igual.

Esa frase quedó resonando en mí durante horas.

No porque ofreciera una solución.

Sino porque abría una puerta distinta: la de lo posible.

Nos reunimos dos días después. No en una oficina. En un espacio prestado, casi improvisado. Una mesa grande, sillas desparejas, cuadernos abiertos sin títulos.

Éramos pocos. Los suficientes.

Nadie habló de cargos. Nadie preguntó quién mandaba. Nadie propuso jerarquías.

—No vengo a reemplazar nada —dije—. Vengo a construir algo distinto. Si eso no les sirve, prefiero saberlo ahora.

No hubo respuestas inmediatas. Hubo miradas. Asentimientos leves. Una tensión expectante.

—Queremos trabajar sin tener que justificarnos todo el tiempo —dijo alguien—. Queremos que las decisiones tengan sentido, no solo aprobación.

Sentí algo encajar.

—Entonces empecemos por eso —respondí—. Sentido antes que permiso.

Las primeras semanas fueron caóticas.

No porque faltara voluntad, sino porque sobraba libertad. Cada uno traía su forma de hacer, sus heridas previas, sus miedos aprendidos.

Yo misma tuve que enfrentar algo incómodo: ya no había estructura contra la cual rebelarme. Ahora tenía que crear sin oponerme.

Eso era más difícil.

—¿Y ahora qué? —preguntó alguien una tarde—. ¿Cómo sabemos si vamos bien?

Pensé unos segundos.

—Si nadie se está callando para que esto funcione —respondí—, vamos bien.

Esa frase se convirtió, sin querer, en una brújula.

Hubo errores. Muchos.

Decisiones apuradas. Confusiones. Días en los que parecía que todo se iba a diluir antes de empezar.

Una noche volví a casa con la sensación de estar sosteniendo demasiado otra vez. El viejo patrón intentaba volver disfrazado de responsabilidad.

Me senté en el piso, apoyada contra la pared, y me hice una pregunta que antes evitaba:

¿Estoy construyendo esto para no perder… o porque realmente quiero?

La respuesta llegó clara.

Quería.

No por validación.

No por revancha.

Por convicción.

La primera validación externa llegó sin aviso.

Un mensaje. De alguien que había visto el trabajo nuevo. No por canales oficiales. Por recomendación.

Nos interesa lo que están armando. ¿Podemos hablar?

Leí el mensaje con incredulidad contenida.

No era un triunfo.

Era una grieta por donde entraba luz.

Mientras tanto, Tomás seguía orbitando. No como pareja. No como pasado resuelto. Como presencia cuidadosa.

Nos encontramos una tarde, casi por accidente. Un café rápido. Una charla breve.

—Te veo diferente —dijo—. No más segura… más alineada.

—Eso duele menos de lo que parece —respondí.

Sonrió.

—Y duele más de lo que se muestra —agregó.

Nos miramos. No había reproche. No había promesa.

—Me voy en dos semanas —dijo—. No sé por cuánto tiempo.

Asentí.

—Me alegra que lo hagas —respondí—. De verdad.

—Yo también —dijo—. Y no porque me vaya. Porque ya no me quedo por miedo.

Ese momento fue pequeño. Y definitivo.

No porque cerrara algo.

Porque lo dejaba en paz.

El proyecto empezó a tomar forma.

No perfecta.

Real.

Se sumó gente. Se fueron otros. Las decisiones eran más lentas, pero más conscientes. Nadie esperaba que yo resolviera todo.

Eso fue lo más transformador.

Una tarde, alguien dijo:

—Acá nadie nos dice qué pensar. Nos piden que estemos despiertos.

Sentí una emoción silenciosa, profunda. No orgullo. Gratitud.

Una noche, al volver tarde, abrí el cuaderno viejo. El de las frases. El de las dudas.

Leí lo que había escrito meses atrás. La mujer que todavía se preguntaba si decir la verdad iba a romperlo todo.

Sonreí.

Había roto cosas, sí.

Pero también había liberado espacio.

Escribí una frase nueva, con letra firme:

No me sacaron del centro. Me empujaron a crear uno propio.

Cerré el cuaderno.

El lector no lo sabe todavía —pensé—, pero este no es el capítulo donde todo se ordena. Es el capítulo donde todo empieza a ser posible.

No porque el mundo cambie.

Porque yo ya no negocio conmigo.

Me acosté con el cuerpo agotado y el corazón extrañamente liviano.

La aventura no estaba en llegar.

Estaba en sostener lo que estaba naciendo.

Y eso —aunque nadie lo aplaudiera— ya era una forma de éxito.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.