El crecimiento no avisa.
Un día mirás alrededor y entendés que lo que era frágil ahora pesa.
Que lo improvisado empieza a exigir estructura.
Que la libertad, si no se cuida, puede volverse confusión.
Eso fue lo que empezó a pasar.
El proyecto creció más rápido de lo que ninguno esperaba. Llegaron propuestas. Nuevas personas. Nuevas ideas que querían entrar todas juntas, como si el espacio fuera infinito.
Pero no lo era.
—Tenemos que ordenar —dijo alguien en una reunión—. Esto así no se sostiene.
—Ordenar no es lo mismo que controlar —respondió otra voz.
El silencio que siguió fue incómodo. No por el desacuerdo. Por lo que insinuaba.
Yo escuchaba. Tomaba notas. Observaba.
Y, por primera vez desde que todo había empezado, sentí una incomodidad distinta: no venía de afuera. Venía de mí.
Empecé a notar pequeños gestos.
Esperaban que yo cerrara discusiones.
Que definiera prioridades.
Que “pusiera un límite”.
Nada explícito. Nada autoritario. Pero estaba ahí.
Una noche, después de una reunión larga, alguien me dijo:
—Al final, si vos no decidís, esto se desarma.
La frase me quedó clavada.
No porque fuera falsa.
Porque era peligrosa.
Volví a casa con la cabeza llena de ruido.
Me senté frente al espejo sin prender luces fuertes. Me miré con una atención que rozaba el temor.
¿En qué momento la claridad empieza a confundirse con poder?
¿En qué momento liderar se parece demasiado a dirigir?
Recordé el tono de las reuniones anteriores. Las miradas esquivas. Las decisiones “redistribuidas”.
Había jurado no repetir eso.
Y, sin embargo, ahora estaba en una posición donde podía hacerlo sin que nadie me frenara.
Ese era el verdadero riesgo.
La tensión estalló una semana después, en una reunión que parecía rutinaria.
Había una propuesta concreta sobre la mesa. Interesante, ambiciosa, pero mal planteada. Lo vi enseguida.
—Así no —dije—. Esto compromete todo lo que venimos construyendo.
—¿Así no cómo? —preguntó alguien, molesto—. ¿Porque no coincide con tu visión?
La palabra tu cayó como una piedra.
—No —respondí, con firmeza—. Porque no coincide con los principios que acordamos.
—¿Y quién decide eso ahora? —insistió—. ¿Vos?
El silencio fue absoluto.
Ahí estaba el momento.
El punto exacto donde podía imponerme… o abrir algo nuevo.
Respiré hondo.
—No —dije—. No yo sola. Pero tampoco nadie desde el impulso. Necesitamos tiempo. Y responsabilidad compartida.
Alguien se levantó. Otra persona negó con la cabeza. La reunión terminó sin acuerdo.
Salí con el cuerpo tenso y el corazón inquieto.
Esa noche casi no dormí.
No por miedo a que todo se rompiera.
Por miedo a resolver rápido para evitar el conflicto.
Ese había sido siempre el atajo más tentador.
Pensé en todas las veces que había pedido coherencia a otros.
Ahora me tocaba exigírmela a mí.
Al día siguiente, convoqué a una reunión distinta. Sin agenda cerrada. Sin decisiones inmediatas.
—Necesitamos hablar de algo antes de seguir —dije—. Y no es el proyecto. Somos nosotros.
Las miradas se cruzaron.
—Esto creció —continué—. Y con el crecimiento viene el riesgo de repetir lo que criticamos. Yo incluida.
El silencio fue distinto esta vez. Más atento.
—No quiero convertirme en la voz que define todo —agregué—. Pero tampoco quiero que el miedo a decidir nos diluya.
—¿Entonces qué proponés? —preguntó alguien.
Pensé unos segundos.
—Responsabilidad rotativa —dije—. Decisiones compartidas, pero no eternas. Que cada uno se haga cargo de algo concreto, con nombre y consecuencias.
Hubo murmullos. Dudas. Pero también algo nuevo: alivio.
—Eso implica confiar —dijo una voz.
—Exacto —respondí—. Y asumir que a veces alguien se va a equivocar. Incluso yo.
La reunión duró horas. No fue cómoda. Fue honesta.
Cuando terminó, no había euforia. Había cansancio y una sensación compartida de haber atravesado algo importante sin romperlo.
Alguien se me acercó al salir.
—Gracias por no cerrar eso con autoridad —dijo—. Tenías todo para hacerlo.
Asentí.
—Justamente por eso no quise.
Esa tarde me encontré con Julia. Caminamos largo rato.
—Te veo cansada —dijo.
—Estoy aprendiendo a liderar sin traicionarme —respondí—. Es más difícil de lo que pensaba.
Sonrió.
—Lo difícil no es tener poder —dijo—. Es no usarlo para evitar el miedo.
Esa frase me acompañó todo el camino de vuelta.
Esa noche, escribí en el cuaderno:
El verdadero peligro no es fracasar.
Es ganar y olvidarte de por qué empezaste.
Cerré el cuaderno con cuidado.
No sabía si estaba haciendo todo bien.
Pero sabía algo esencial:
Esta vez, cuando el poder se acercaba, yo no estaba dispuesta a dormirme.
Y eso —aunque incómodo, aunque lento— era la aventura más grande hasta ahora.
#4987 en Novela romántica
#1830 en Otros
#56 en No ficción
literatura contemporanea, ficción romántica emocional, romance introspectivo
Editado: 07.01.2026