La ilusión no volvió de golpe.
Volvió con desconfianza.
Como si tocara la puerta con los nudillos, sin animarse a entrar del todo, esperando que alguien del otro lado le dijera que no era buena idea.
Eso fue lo primero que sentí cuando empezamos a trabajar en serio en lo nuevo.
No había inauguraciones ni anuncios rimbombantes. No había comunicados oficiales ni promesas de impacto. Había mesas compartidas, horarios flexibles, discusiones largas y esa sensación extraña de estar haciendo algo que todavía no tenía nombre.
—¿Cómo lo llamamos? —preguntó alguien una tarde.
Nos miramos. Nadie respondió de inmediato.
—Todavía no —dije—. Prefiero que primero sepamos qué es.
Y eso marcó el tono.
El proyecto empezó a tomar forma desde los bordes. No desde un centro claro, sino desde pequeñas decisiones coherentes que se iban encadenando. Un acuerdo acá. Un límite allá. Una renuncia consciente a algo que habría sido más fácil, pero menos fiel.
Cada paso traía una emoción contradictoria: entusiasmo contenido y miedo lúcido.
No miedo a fallar.
Miedo a volver a esperar demasiado.
Una noche, al volver tarde, me encontré mirando el techo durante horas. El cuerpo cansado, la mente despierta.
Pensé en todas las veces que me había permitido creer y cómo eso me había dejado expuesta. Pensé también en lo que había aprendido desde entonces.
La pregunta ya no era ¿y si duele?
La pregunta era ¿y si no me animo por miedo a que duela?
El primer obstáculo apareció pronto.
No fue una crisis. Fue una tentación.
Una propuesta atractiva. Recursos. Visibilidad. Condiciones amables… con una cláusula ambigua. Nada explícito. Nada ilegal. Solo una sugerencia elegante de “alinear discursos”.
Leí el documento con atención. Sentí el viejo reflejo aparecer: esto podría asegurarlo todo.
Llamé a una reunión.
—No es una trampa —dije—. Pero tampoco es inocente.
—¿Y si aceptamos solo una parte? —preguntó alguien—. Podríamos usar el impulso y después ver.
La frase me atravesó como un eco del pasado.
—Después es donde suelen empezar las renuncias pequeñas —respondí—. Y esas son las más peligrosas.
El silencio fue largo.
—No quiero que esto se construya sobre el miedo a perder —agregué—. Ni sobre la urgencia de ganar.
Nadie discutió. Nadie celebró.
La propuesta se dejó pasar.
Esa noche volví a casa con una mezcla de alivio y tristeza. Había elegido coherencia. Otra vez. Y eso seguía teniendo un costo.
Días después, algo inesperado ocurrió.
Una persona del equipo me pidió hablar a solas.
—Quiero decirte algo —dijo, nerviosa—. Estuve a punto de irme.
Asentí. No me sorprendió.
—Pero no lo hice —continuó—. Porque por primera vez siento que no me están prometiendo nada que no puedan sostener.
Esa frase me desarmó más que cualquier elogio.
—Eso no garantiza que salga bien —respondí.
—Lo sé —dijo—. Pero garantiza que no nos vamos a mentir.
Cuando se fue, me quedé sola un rato largo.
Pensé en lo fácil que habría sido vender una ilusión.
Pensé en lo difícil —y lo valioso— que era no hacerlo.
Tomás volvió a aparecer en un momento improbable.
No con un mensaje largo. Con una pregunta simple.
¿Todavía te cuesta ilusionarte?
La leí varias veces antes de responder.
Sí —escribí—. Pero ya no huyo cuando aparece.
Tardó unos minutos.
Eso es crecer, respondió.
Sonreí. No por romanticismo. Por reconocimiento mutuo.
Una tarde, caminando sola, entendí algo que me conmovió por su simpleza:
La ilusión no es ingenuidad.
La ingenuidad es creer que no ilusionarse te protege.
Ilusionarse, ahora lo sabía, era una forma de valentía madura. No la de quien espera que todo salga bien, sino la de quien acepta que puede salir mal y aun así estar presente.
El proyecto tuvo su primer pequeño logro. Nada espectacular. Un reconocimiento discreto. Una puerta que se abría apenas.
El equipo se reunió para celebrarlo con café frío y risas cansadas.
—No es mucho —dijo alguien.
—Es suficiente —respondí—. Porque es real.
Levantamos las tazas sin brindis grandilocuentes.
Ese gesto mínimo fue más significativo que cualquier aplauso.
Esa noche, en casa, abrí el cuaderno.
Escribí despacio, sin adornos:
No necesito garantías para avanzar.
Necesito no traicionarme mientras lo hago.
Cerré el cuaderno.
No sabía si esta historia iba a convertirse en algo grande.
No sabía si el amor volvería a ocupar un lugar central o si la soledad seguiría siendo compañera.
Pero sí sabía algo esencial, algo que ya no estaba dispuesta a negociar:
La ilusión había vuelto.
Y esta vez, no venía a salvarme.
Venía a caminar conmigo.
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Editado: 07.01.2026