Lo que callas también hiere

CAPÍTULO 33 Lo que vuelve no siempre pide lugar

El aviso llegó cuando menos lo esperaba.

No fue una crisis anunciada ni un conflicto declarado. Fue una noticia lateral, casi administrativa, de esas que parecen menores hasta que entendés lo que implican.

—Van a reactivar el programa —dijo alguien del equipo, mirando la pantalla del celular—. El original.

Levanté la vista.

—¿Cómo que van a reactivarlo?

—Con nueva gestión —respondió—. Mismo nombre, mismo objetivo… pero otra conducción.

Sentí el impacto en el cuerpo antes que en la cabeza.

El programa del que nos habíamos desvinculado.

El que nos había soltado con palabras prolijas.

El que ahora parecía volver a ocupar espacio.

No era una amenaza directa.

Pero sí una sombra.

Esa tarde, el aire se volvió más denso.

No por pánico. Por memoria.

El equipo empezó a hacer preguntas que nadie había formulado todavía:

—¿Y si nos absorben?

—¿Y si nos copian?

—¿Y si lo nuestro queda invisible?

No respondí de inmediato. No porque no supiera qué decir, sino porque necesitaba escuchar qué miedo estaba hablando.

—No volvieron por nosotros —dije finalmente—. Volvieron porque el espacio existe. Y eso dice algo.

—¿Qué cosa? —preguntó alguien.

—Que lo que estamos haciendo importa —respondí—. Aunque no nos nombren.

La frase calmó un poco el clima, pero no disipó la inquietud.

Esa noche, al llegar a casa, encontré un mensaje que terminó de cerrar el círculo.

Era de él.

No de Tomás.

Del otro.

El pasado que ya creía acomodado.

Me enteré de lo que está pasando. ¿Podemos hablar?

El mensaje era breve. Correcto. Sin emoción explícita.

Lo leí dos veces.

Sentí algo que no esperaba: curiosidad serena.

No ansiedad.

No nostalgia.

Curiosidad.

Respondí.

Sí. Mañana.

Dormí poco.

No porque estuviera alterada. Porque estaba alerta.

El pasado no volvía como herida abierta. Volvía como interpelación.

¿Quién era yo ahora frente a lo que había sido?

Nos encontramos en un café pequeño, discreto. El mismo donde, años atrás, habíamos dicho cosas importantes creyendo que eran definitivas.

Él llegó puntual. Un poco más canoso. Un poco más contenido.

—Gracias por venir —dijo.

—Gracias por pedirlo —respondí.

Había aprendido a reconocer la diferencia.

—No voy a dar vueltas —empezó—. Me equivoqué.

Asentí. No interrumpí.

—No supe acompañarte cuando estabas creciendo —continuó—. Y ahora veo que eso no fue neutral. Fue una elección.

Lo miré. No con dureza. Con atención.

—¿Por qué ahora? —pregunté.

Suspiró.

—Porque vi lo que estás construyendo —dijo—. Y entendí que no era “demasiado”. Era adelantado.

La frase cayó con peso.

—No vengo a pedirte que vuelvas —agregó—. Vengo a decirte que lo veo.

Eso me desarmó más que cualquier pedido explícito.

—Gracias —respondí—. No sabía que lo necesitaba, pero gracias.

Nos quedamos en silencio. No incómodo. Reflexivo.

—¿Y ahora? —preguntó.

Pensé unos segundos.

—Ahora sigo —dije—. Como estoy. Sin volver atrás.

Asintió.

—Lo imaginé —dijo—. Y está bien.

Nos despedimos sin abrazos largos, sin promesas. Con algo mucho más raro y más valioso: cierre real.

Al salir, caminé despacio.

El pasado había vuelto.

Había hablado.

Y se había ido.

No para quedarse.

Para confirmar que yo ya no estaba ahí.

Al día siguiente, la tensión externa se intensificó.

El programa reactivado empezó a moverse rápido. Comunicados. Redes. Reuniones públicas.

El equipo estaba inquieto.

—Parece que nos están corriendo el arco —dijo alguien.

—No —respondí—. Están jugando otro partido.

—¿Y nosotros?

Pensé un momento.

—Nosotros ya estamos en la cancha —dije—. No necesitamos que nos nombren para existir.

Esa tarde tomé una decisión que sorprendió a todos, incluso a mí.

—Vamos a hacer algo —anuncié—. Vamos a mostrar lo que hacemos. Sin compararnos. Sin atacar. Sin explicarnos.

—¿Cómo? —preguntaron.

—Con hechos —respondí—. Con presencia. Con trabajo abierto.

No fue una estrategia defensiva.

Fue una afirmación.

El primer encuentro público fue pequeño. Íntimo. Sin prensa. Sin grandes discursos.

Pero fue real.

Gente que se acercaba no por curiosidad, sino por resonancia. Personas que escuchaban y se quedaban.

Alguien dijo al final:

—Esto no se parece a nada de lo que vi antes.

Sonreí.

—Eso es porque no venimos a reemplazar nada —respondí—. Venimos a proponer.

Esa noche, al volver a casa, sentí algo que no había sentido en mucho tiempo: gratitud profunda.

Por las pérdidas.

Por los regresos breves.

Por lo que volvió solo para confirmar que ya no mandaba.

Abrí el cuaderno y escribí:

El pasado puede volver a tocar la puerta.

Pero solo entra si todavía vive ahí.

Cerré el cuaderno.

La historia seguía avanzando.

No limpia.

No cómoda.

Pero viva.

Y yo, por primera vez, no sentía que tuviera que defenderla de nada.

La estaba habitando.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.