El cansancio no avisó.
No llegó con un colapso ni con lágrimas. Llegó con una torpeza leve, con errores mínimos que antes no cometía, con una dificultad nueva para concentrarme en lo que siempre había sido sencillo.
Lo noté una mañana, frente a la computadora, cuando releí el mismo párrafo por cuarta vez sin entenderlo.
Cerré los ojos. Respiré.
No era pereza.
Era agotamiento profundo.
Y, sin embargo, seguí.
El día avanzó como si nada. Reuniones. Mensajes. Decisiones pequeñas que exigían una atención que ya no estaba del todo ahí. Me movía en automático, con una eficiencia que había aprendido a usar como armadura.
—¿Estás bien? —preguntó alguien al pasar.
—Sí —respondí—. Solo cansada.
La palabra solo se me quedó pegada en la garganta.
La señal más clara llegó al mediodía.
Estaba explicando algo simple cuando, de pronto, las palabras se me mezclaron. No pude terminar la frase. Me quedé en silencio, con la sensación incómoda de haber perdido el hilo frente a todos.
—¿Querés que sigamos después? —preguntó alguien, con cuidado.
Asentí.
La reunión continuó sin mí durante unos minutos. Nadie lo dramatizó. Nadie lo señaló. Pero yo lo sentí con una nitidez inquietante:
ya no estaba sosteniendo; me estaba forzando.
Volví a casa antes de lo previsto.
Me saqué los zapatos en la entrada y me senté en el piso, apoyada contra la pared, con la respiración entrecortada. No estaba triste. No estaba asustada. Estaba vacía de energía, como si hubiera gastado algo que no se repone durmiendo una noche más.
Pensé en todo lo atravesado: la exposición, el ataque, la resistencia, la alianza. Pensé también en algo que había postergado sistemáticamente:
mi propio límite.
La verdad es que había aprendido a resistir.
Pero no había aprendido a descansar sin culpa.
El teléfono vibró varias veces. No lo miré.
Por primera vez en semanas, me permití no estar disponible.
No como gesto político.
Como gesto vital.
Esa noche dormí doce horas seguidas.
Sin sueños.
Sin sobresaltos.
Cuando desperté, el cuerpo seguía pesado, pero la cabeza estaba más clara. Me preparé café con movimientos lentos, casi ceremoniales, como si cada gesto necesitara ser devuelto a su lugar.
Leí los mensajes recién entonces.
Había preocupación. Preguntas. Ninguna urgencia real.
Respondí con honestidad simple:
Necesito parar un poco. No me voy. Pero hoy no puedo.
Nadie discutió.
Eso me conmovió más de lo que esperaba.
Al día siguiente convoqué a una reunión distinta.
No para planificar.
Para decir algo que había evitado.
—No estoy bien —empecé—. No mal. Pero no bien.
El silencio fue inmediato.
—Estoy cansada de un modo que no se arregla empujando —continué—. Y si sigo así, voy a empezar a tomar malas decisiones creyendo que son necesarias.
Nadie interrumpió.
—Necesito bajar el ritmo unos días —dije—. No porque el proyecto no importe, sino porque importa demasiado como para sostenerlo rota.
La frase quedó suspendida.
—¿Qué necesitás de nosotros? —preguntó alguien.
Pensé un momento.
—Que no me idealicen —respondí—. Y que no me reemplacen con silencio.
Hubo asentimientos. Miradas firmes. Ningún gesto heroico.
Eso fue lo más sano.
El freno fue incómodo.
Había cosas que no se resolvían sin mí. Decisiones que tardaban. Mensajes que quedaban sin respuesta inmediata.
La vieja ansiedad quiso aparecer: si no estás, todo se cae.
La dejé pasar.
Aprender a parar también es aprender a confiar.
Una tarde, mientras caminaba sin rumbo, entendí algo que me atravesó con suavidad:
El conflicto externo había dejado una marca interna.
No una herida. Una advertencia.
No todo se supera resistiendo.
Algunas cosas se atraviesan escuchando.
Tomás apareció en ese momento extraño, como si hubiera sentido el cambio de ritmo.
—Te noto más callada —dijo, en un mensaje breve.
Estoy escuchando —respondí.
Eso puede ser peligroso, escribió. Para quien siempre sostuvo todo.
Sonreí.
Por eso lo estoy haciendo, respondí.
Los días de pausa no fueron tranquilos. Fueron reveladores.
Aparecieron preguntas que había postergado:
¿Hasta dónde quería crecer?
¿A qué precio?
¿Y qué parte de mí no estaba dispuesta a volver a sacrificar?
No busqué respuestas definitivas. Dejé que las preguntas respiraran.
El cuerpo empezó a responder.
Dormí mejor. Caminé más. Pensé menos en términos de urgencia y más en términos de cuidado.
Una noche, mientras anotaba ideas sueltas, escribí sin pensar demasiado:
No todo límite es un retroceso.
Algunos son la única forma de seguir viva en lo que amás.
Leí la frase varias veces.
No era una consigna.
Era una constatación.
Cuando volví al proyecto, lo hice distinto.
Menos presente.
Más clara.
No resolvía todo. No absorbía tensiones ajenas. No corría detrás de cada posible incendio.
Y algo inesperado ocurrió:
el proyecto no se debilitó.
Se volvió más adulto.
Alguien del equipo lo dijo en voz alta una tarde:
—Cuando paraste, entendimos que esto no se sostiene por sacrificio. Se sostiene por convicción compartida.
Esa frase fue un regalo.
Esa noche, al volver a casa, sentí algo que no había sentido en mucho tiempo: calma sin euforia.
No estaba todo resuelto.
No estaba todo bajo control.
Pero yo estaba entera.
Abrí el cuaderno y escribí:
Resistir me trajo hasta acá.
Parar me va a llevar más lejos.
Cerré el cuaderno.
Sabía que lo que venía iba a exigir nuevas decisiones.
Sabía que el mundo no iba a esperar a que yo estuviera lista.
Pero ahora sabía algo más importante:
No necesitaba romperme para sostener lo que importaba.
#4987 en Novela romántica
#1830 en Otros
#56 en No ficción
literatura contemporanea, ficción romántica emocional, romance introspectivo
Editado: 07.01.2026