Lo que callas también hiere

CAPÍTULO 38 Lo que llega cuando dejás de empujar

La pausa cambió el clima sin que nadie lo anunciara.

No hubo declaraciones formales ni reordenamientos visibles. Simplemente, algo dejó de estar tenso. Como cuando una habitación se ventila después de horas cerrada y el cuerpo lo nota antes que la cabeza.

El proyecto seguía en marcha, pero ya no avanzaba a fuerza de empuje. Avanzaba con ritmo propio.

Yo lo observaba desde un lugar distinto. Más corrido. Más atento. Menos reactivo.

Y fue desde ahí —desde esa distancia recién aprendida— que apareció la oportunidad.

No llegó como una propuesta grandilocuente.

Llegó como una pregunta.

—¿Están abiertos a pensar esto de otra manera?

La formuló alguien nuevo. No del circuito habitual. No del ruido reciente. Alguien que había visto sin apurarse, que había esperado a que el polvo bajara.

Nos reunimos sin expectativas infladas. Una charla simple, casi tímida.

—No quiero acelerar nada —dijo—. Quiero sumar sin desplazar.

Esa frase me llamó la atención.

—¿Sumar qué? —pregunté.

—Escala —respondió—. Pero sin atajos.

Me quedé en silencio. No por desconfianza. Por reconocimiento.

La propuesta era clara y, al mismo tiempo, incómoda.

No prometía expansión inmediata. Prometía sostén a largo plazo. No buscaba visibilidad rápida. Buscaba estructura sin rigidez. No exigía vocerías. Exigía coherencia.

—¿Por qué ahora? —pregunté.

—Porque recién ahora dejaron de parecer apurados —respondió—. Y eso cambia todo.

La frase me atravesó con una mezcla de sorpresa y gratitud.

Cuando llevé la propuesta al equipo, nadie reaccionó con euforia.

Hubo preguntas. Dudas reales. Silencios honestos.

—¿Y si no estamos listos? —preguntó alguien.

—Tal vez no lo estemos —respondí—. Pero ahora podemos elegirlo sin urgencia.

Eso cambió la conversación.

Por primera vez, no estábamos decidiendo para sobrevivir.

Estábamos decidiendo para durar.

Mientras tanto, algo más sutil ocurría.

La pausa había reordenado mi mundo interno. Ya no sentía la necesidad constante de demostrar. Ni de responder. Ni de justificar.

Empezaba a confiar en el peso propio de lo que hacíamos.

Una tarde, caminando sola, pensé en lo lejos que quedaba la versión mía que confundía avance con agotamiento. No con desprecio. Con ternura.

Había hecho lo que había podido con lo que sabía.

Ahora sabía algo más.

Tomás volvió a aparecer en ese tiempo de transición.

No con una pregunta. Con una observación.

—Te escucho distinta —dijo, por teléfono—. Como si ya no estuvieras empujando una puerta cerrada.

Sonreí.

—La dejé de empujar —respondí—. Y se abrió otra.

—Eso suele pasar cuando una deja de insistir —dijo—. No siempre. Pero a veces.

No hubo nostalgia en la frase. Solo comprensión.

La oportunidad se concretó despacio.

Reuniones espaciadas. Acuerdos claros. Límites escritos antes de entusiasmos hablados.

—No queremos que esto los cambie —dijeron—. Queremos que los sostenga.

Por primera vez, esas palabras no sonaron a promesa vacía.

Sonaron a responsabilidad compartida.

El proyecto empezó a mostrar otra cara.

Más sólido.

Más respirable.

Menos dependiente de mi presencia constante.

Eso, lejos de doler, me alivió.

Una tarde, alguien del equipo dijo algo que me quedó vibrando:

—Ahora siento que esto no se va a caer si vos descansás.

Asentí, con los ojos húmedos.

Ese era el verdadero crecimiento.

La noche anterior a cerrar el acuerdo, me senté con el cuaderno.

No para planificar.

Para agradecer.

Escribí despacio, casi en susurro:

No todo avance se logra empujando.

Algunos llegan cuando dejás espacio para que te alcancen.

Cerré el cuaderno.

Sabía que aceptar esa oportunidad implicaba un nuevo desafío.

Sabía que la calma no era garantía de ausencia de conflicto.

Pero también sabía algo que antes no estaba tan claro:

Esta vez, no estaba llegando desde el desgaste.

Estaba llegando desde la disponibilidad consciente.

Y eso cambiaba todo.

Al día siguiente, dimos el sí.

Sin aplausos.

Sin anuncios.

Con una serenidad que no necesitaba ser celebrada.

El proyecto entraba en una nueva etapa.

Y yo, por primera vez, no sentía que tenía que correr para alcanzarlo.

Estaba exactamente donde tenía que estar.




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