La oportunidad traía calma, pero también espejo.
Eso fue lo primero que entendí cuando el nuevo escenario empezó a tomar forma real. No había urgencias artificiales ni exigencias disfrazadas de entusiasmo. Todo parecía alineado con lo que habíamos defendido hasta ahora.
Y, sin embargo, algo en mí se tensaba.
No como alarma.
Como memoria.
El trabajo avanzaba con una lógica distinta. Más ordenada. Más previsible. Y en ese orden, empezaron a aparecer pequeñas solicitudes que, tomadas por separado, eran razonables.
—¿Podrías estar un poco más presente en esta instancia?
—¿Te parece si vos llevás la voz en esta reunión?
—Sería bueno que tu nombre figure un poco más, ayuda a legitimar.
No eran imposiciones.
Eran invitaciones amables.
Y justamente por eso resultaban peligrosas.
Una tarde, después de aceptar una de esas invitaciones casi sin pensarlo, me descubrí cansada de un modo conocido. No exhausta, no sobrepasada. Reconociblemente cansada.
Ese fue el dato que no pude ignorar.
Volví a casa con una incomodidad persistente. Me senté en el sillón sin prender luces y dejé que la sensación se acomodara sola, sin empujarla.
Entonces apareció la promesa.
No escrita.
No declarada.
Pero firme.
No volver a ocupar un lugar que me exija estar por delante de todo.
Me había hecho esa promesa en silencio, cuando el cuerpo me dijo basta. Cuando entendí que liderar no podía volver a significar absorberlo todo.
Y ahora, sin conflicto, sin violencia, esa promesa estaba siendo puesta a prueba.
Lo hablé con el equipo.
No como advertencia.
Como confesión.
—Hay algo que necesito decir antes de que sigamos avanzando —empecé—. Y no es cómodo.
Me escucharon con atención.
—No voy a volver a sostener esto desde la exposición constante —continué—. No porque no pueda. Porque no quiero repetir un modo que ya me mostró su límite.
Hubo silencio. No resistencia.
—¿Eso significa que vas a correrte? —preguntó alguien.
Pensé unos segundos.
—Significa que voy a estar —respondí—. Pero no en el centro todo el tiempo. Y necesito saber si eso alcanza.
La pregunta quedó abierta.
No era estratégica.
Era honesta.
La respuesta llegó en capas.
Primero, el alivio visible de algunos.
Después, la incomodidad de otros.
—Tenemos que aprender a no depender de vos —dijo alguien, casi como un descubrimiento.
Asentí.
—Y yo tengo que aprender a no volver a ocupar ese lugar por reflejo —respondí.
Nadie celebró. Nadie discutió.
Se estaba haciendo algo más difícil: reordenar expectativas.
Esa noche hablé con Tomás.
No por consejo. Por contraste.
—¿Te da miedo desaprovechar algo? —preguntó.
—No —respondí—. Me da miedo traicionarme con algo que, desde afuera, parece perfecto.
Hubo silencio del otro lado.
—Eso es crecer —dijo finalmente—. No elegir entre malo y bueno, sino entre bueno y coherente.
Sonreí. Esa palabra volvía a aparecer como brújula.
La oportunidad seguía ahí. No se retiró ante mis límites. No presionó.
Eso fue lo que terminó de decidirme.
—Vamos a seguir —dije en la siguiente reunión—. Pero con esta condición: no voy a ser la cara permanente. No voy a correr por todos. Y no voy a volver a confundir compromiso con desgaste.
Esperé la reacción.
—Entonces vamos a tener que hacernos cargo más de uno —dijo alguien.
—Exacto —respondí—. Eso es lo que quiero.
La frase quedó flotando, cargada de futuro.
Días después, noté el cambio.
Reuniones donde no hablaba primero. Decisiones que no pasaban por mí. Voces que se afirmaban sin pedirme validación.
Al principio, la ansiedad quiso aparecer. Ese impulso antiguo de corregir, de ajustar, de intervenir.
No lo hice.
Y el mundo no se cayó.
Una tarde, caminando sola, sentí una emoción inesperada: orgullo tranquilo.
No por lo que yo hacía.
Por lo que ya no necesitaba hacer.
Había algo profundamente sanador en sostener una promesa que nadie más estaba mirando.
Esa noche, abrí el cuaderno.
Escribí con letra clara:
No todo crecimiento pide más de mí.
Algunos me piden, justamente, que no vuelva a ocupar lugares que ya aprendí a soltar.
Cerré el cuaderno.
La oportunidad seguía creciendo.
El proyecto también.
Pero ahora lo hacía sin empujarme al frente, sin pedirme que fuera más de lo que quería ser.
Y eso —descubrí— era una forma nueva de éxito.
No la que se muestra.
La que se habita sin agotarse.
#4987 en Novela romántica
#1830 en Otros
#56 en No ficción
literatura contemporanea, ficción romántica emocional, romance introspectivo
Editado: 07.01.2026