La conversación no fue planeada.
Fue inevitable.
Ocurrió una noche tranquila, de esas que no parecen importantes hasta que, de pronto, lo son. Habíamos quedado para vernos sin expectativas, sin agenda, sin la promesa implícita de resolver nada.
Un café. Dos sillas. La ciudad respirando lento.
Tomás llegó con esa mezcla suya de presencia y distancia que ya no me desarmaba. Se sentó frente a mí, apoyó las manos sobre la mesa y me miró sin apuro.
—Te veo bien —dijo.
No como cumplido. Como constatación.
—Yo también —respondí—. Y eso es nuevo.
Sonrió apenas.
—Se nota —agregó—. Ya no estás en guardia.
Esa frase me atravesó con una dulzura inesperada.
Hablamos de cosas pequeñas al principio. El trabajo. El clima. Anécdotas sin peso. Era un rodeo amable, casi necesario, antes de tocar lo que flotaba entre nosotros desde hacía tiempo.
—Me voy por un tiempo —dijo finalmente—. Más largo de lo que pensé.
Asentí. No sentí el tirón interno que antes me habría tomado por sorpresa.
—¿Cómo te sentís con eso? —pregunté.
—Listo —respondió—. No escapando. Listo.
Me alegré de verdad. Sin esa tristeza que antes se mezclaba con el deseo.
—Yo también me siento lista —dije—. Pero para quedarme donde estoy.
Nos miramos. No había choque. Había coincidencia sin superposición.
Hubo un silencio largo. No incómodo. Denso de sentido.
—Quería preguntarte algo —dijo—. Y no es una propuesta.
Esperé.
—¿Seguís creyendo que el amor y la libertad compiten?
Pensé unos segundos.
—No —respondí—. Creo que competían cuando yo me perdía en el vínculo. Ahora… dialogan.
Asintió lentamente.
—Eso cambia todo —dijo.
—Sí —respondí—. Incluso lo que no pasa.
Me di cuenta, en ese momento, de algo que me conmovió por su simpleza: ya no necesitaba que el amor me confirmara. No necesitaba promesas, ni decisiones compartidas, ni proyectos a futuro para sentir que algo era verdadero.
Lo que había entre nosotros —si es que había algo— no pedía rescate.
—No quiero volver a una versión nuestra que se sostenga por sacrificio —dije—. Ni tuyo ni mío.
—Yo tampoco —respondió—. Y por primera vez, eso no suena a renuncia.
Sonreí.
—Suena a respeto —dije.
Nos levantamos para irnos sin apuro. Afuera, la noche estaba tibia. Caminamos juntos un tramo corto, como dos personas que se conocen bien y no necesitan marcar territorio.
—¿Te puedo decir algo sin que signifique nada más? —preguntó.
—Claro.
—Me enamora la forma en que te estás quedando en vos —dijo—. No para mí. Para vos.
Sentí los ojos humedecerse, pero no lloré.
—Gracias —respondí—. A mí me pasa algo parecido con vos… ahora que ya no te necesito.
Nos miramos una última vez. No hubo beso. No hubo promesa.
Y, sin embargo, algo quedó sellado.
Volví a casa caminando sola, con una calma que no conocía.
Pensé en todas las historias de amor que había vivido desde el miedo a perderme. En cómo había confundido intensidad con verdad, fusión con destino.
Esta vez, el amor —si eso era— no me pedía nada. No me empujaba. No me exigía elegir.
Simplemente existía.
Y eso era suficiente.
Al llegar, me senté en el sillón sin prender luces. Dejé que el silencio me acompañara.
No sentí vacío.
Sentí espacio.
Abrí el cuaderno y escribí:
El amor ya no me pide que me vaya de mí.
Me encuentra cuando me quedo.
Cerré el cuaderno con cuidado.
Esa noche dormí profundamente.
Sin sueños intensos.
Sin anticipaciones.
Con la certeza tranquila de que no estaba postergando nada importante.
Estaba viviendo sin urgencia.
Sabía que el final se acercaba, no como cierre abrupto, sino como decantación. Las piezas empezaban a acomodarse solas. El trabajo, el amor, la identidad dejaban de empujarse entre sí.
No porque todo estuviera resuelto.
Porque ya no competían por el mismo lugar.
Y esa armonía imperfecta, real, sostenida, era el verdadero lujo de esta historia.
#4987 en Novela romántica
#1830 en Otros
#56 en No ficción
literatura contemporanea, ficción romántica emocional, romance introspectivo
Editado: 07.01.2026