Lo que callas también hiere

CAPÍTULO 42 Soltar no siempre hace ruido

La decisión no llegó como un anuncio.

Llegó como una sensación compartida.

Era una de esas reuniones que no prometen nada extraordinario. Sin urgencias. Sin conflictos abiertos. Sin la tensión que antes anunciaba giros drásticos. Nos sentamos alrededor de la mesa con una calma nueva, casi sospechosa.

Nadie habló durante unos segundos.

Y en ese silencio entendí algo con una claridad inesperada: ya no estábamos sobreviviendo.

—Creo que tenemos que hablar del futuro —dijo alguien finalmente—. No del inmediato. Del real.

Asentí.

—Sí —respondí—. Del que no se sostiene por cansancio.

La frase quedó flotando, y nadie la discutió.

Habíamos llegado a un punto extraño y precioso: el proyecto funcionaba, tenía respaldo, tenía sentido… y aun así, algo pedía ser redefinido.

No por falla.

Por crecimiento.

—No quiero que esto se convierta en otra cosa que nos devore —dijo alguien—. No quiero que se vuelva una estructura que exija más de lo que da.

—Ni una bandera que alguien tenga que cargar solo —agregó otra voz.

Sentí un nudo suave en el pecho.

—Yo tampoco —dije—. Y quiero decir algo antes de que sigamos.

Todos me miraron. No con expectativa. Con escucha.

—Durante mucho tiempo fui la que empujó —continué—. La que sostuvo, la que respondió, la que estuvo al frente incluso cuando el cuerpo pedía otra cosa.

Respiré hondo.

—Esa versión mía fue necesaria —agregué—. Pero ya no soy solo eso. Y no quiero que el proyecto dependa de que yo vuelva a ocupar ese lugar.

El silencio que siguió no fue incómodo. Fue alivio compartido.

—Entonces tenemos que decidir otra forma —dijo alguien—. No solo de organizarnos… de existir.

—Sí —respondí—. Una forma donde esto no sea una extensión de nadie, sino un espacio que se sostiene por muchos.

La conversación se volvió profunda. No técnica. No estratégica. Ética.

Hablamos de ritmos, de límites, de permanencias que no fueran ataduras. De cómo crecer sin perder la ternura inicial. De cómo sostener sin absorber.

No hubo unanimidad inmediata.

Hubo honestidad.

En un momento, alguien dijo algo que me atravesó:

—Tal vez tenemos que aceptar que esto ya no necesita una protagonista.

Sentí el impacto. No como pérdida. Como liberación.

—Tal vez —respondí—. Y tal vez yo también.

La frase no fue heroica. Fue verdadera.

La decisión tomó forma despacio.

No se cerró en esa reunión. Se fue armando en las siguientes semanas, como se arman las cosas que importan: sin apuro, con conversaciones incómodas, con ajustes reales.

El proyecto se transformó.

No dejó de ser lo que era.

Dejó de necesitar ser sostenido por una sola historia.

Y, en paralelo, algo en mí empezó a despedirse.

No del proyecto.

De una identidad.

La mujer que siempre estaba al frente.

La que cargaba sentido.

La que se volvía imprescindible para que las cosas no se cayeran.

Esa mujer había sido valiente.

Pero también estaba cansada.

Y por primera vez, pude decirle adiós sin reproches.

Una tarde, caminando sola, me di cuenta de que ya no me presentaba igual cuando alguien preguntaba qué hacía.

No decía “yo llevo”.

Decía “formo parte”.

Ese cambio mínimo me emocionó más de lo que esperaba.

Hablé con Tomás esa misma semana.

—Estoy soltando algo grande —le dije—. No un proyecto. Una forma de ser.

—Eso suele dar miedo —respondió—. Aunque sea lo correcto.

—Curiosamente, no —dije—. Me da paz.

Sonrió.

—Entonces es de verdad —dijo.

La decisión colectiva se formalizó sin ceremonias.

Nuevos roles. Responsabilidades distribuidas. Liderazgos rotativos. Un diseño que no necesitaba héroes.

—¿Y vos? —me preguntó alguien—. ¿Dónde quedás?

Pensé un segundo.

—Acá —respondí—. Pero no encima. Al lado.

La frase fue simple. Y definitiva.

Esa noche, al volver a casa, sentí una emoción inesperada: gratitud profunda.

Por la mujer que había sido.

Por la que estaba siendo.

Por la que ya no necesitaba ser.

Abrí el cuaderno una vez más y escribí:

No solté porque ya no importara.

Solté porque ya no necesitaba sostenerlo sola para que existiera.

Cerré el cuaderno con cuidado.

La historia empezaba a despedirse de su clímax sin ruido.

No porque se apagara.

Porque se había integrado.

Trabajo, amor, identidad: ya no tironeaban en direcciones opuestas. Se acompañaban sin exigirse protagonismo.

Y yo, por primera vez en mucho tiempo, no sentía que tenía que llegar a ningún lado.

Estaba exactamente donde podía quedarme.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.