Lo que callas también hiere

CAPÍTULO 44 Despedirse sin romper lo que fue

La despedida no fue repentina.

Fue anunciándose en pequeños gestos, como si la vida me hubiera dado tiempo suficiente para entender que algo estaba cerrando su ciclo sin necesidad de dramatismo.

No hubo discusiones.

No hubo cuentas pendientes gritadas tarde.

Hubo una cita acordada con naturalidad.

El lugar era simple. Demasiado, quizá, para lo que significaba. Una mesa junto a la ventana, el mismo café tibio de siempre, una luz que entraba sin pedir permiso.

Llegué antes. No por ansiedad. Por respeto.

Me senté y observé alrededor con una atención distinta. Como quien mira por última vez un paisaje que ya no necesita recorrer.

Cuando llegó, sonrió con una mezcla de nervios y afecto.

—Gracias por venir —dijo.

—Gracias por invitar —respondí.

Y ahí estuvo todo.

Hablamos de cosas pequeñas al principio. De recuerdos compartidos que ya no dolían. De errores que, vistos a la distancia, habían sido necesarios.

—Fuiste muy importante para mí —dijo en un momento, sin solemnidad.

Asentí.

—Vos también —respondí—. Mucho.

No había reproches escondidos. No había silencios cargados.

Había reconocimiento mutuo.

—A veces me pregunto —continuó— si podríamos haberlo hecho distinto.

Pensé antes de responder.

—Seguro —dije—. Pero también creo que lo hicimos como supimos en ese momento.

Sonrió.

—Eso es lo que más me cuesta aceptar —confesó—. Que no fallamos… crecimos en direcciones distintas.

Esa frase me conmovió más de lo que esperaba.

—Sí —respondí—. Y eso no invalida nada de lo que fue.

Hubo un silencio largo. No incómodo. De esos silencios que no necesitan ser llenados porque ya dijeron todo.

Miré mis manos apoyadas sobre la mesa. No temblaban. Estaban quietas.

Antes, una despedida así me habría desarmado. Me habría hecho dudar, querer retener algo por nostalgia o miedo.

Ahora no.

Ahora podía quedarme presente sin querer volver atrás.

—Quería verte para decirte algo —dijo finalmente—. No como intento de nada. Como cierre.

Lo miré con atención.

—Gracias por no haberte quedado cuando ya no eras vos —continuó—. Me llevó tiempo entenderlo, pero ahora lo veo.

Sentí un nudo suave en la garganta.

—Gracias por decirlo —respondí—. No siempre es fácil escuchar eso… ni decirlo.

Nos sonreímos.

No como amantes.

No como promesa.

Como dos personas que se habían querido bien, incluso cuando no supieron cómo hacerlo mejor.

Nos levantamos casi al mismo tiempo. Afuera, la tarde empezaba a caer.

—¿Estamos bien? —preguntó, con una sinceridad desarmante.

Pensé un segundo.

—Estamos en paz —respondí—. Y eso es mejor.

Asintió.

Nos abrazamos. No fue largo. No fue urgente. Fue justo.

Y nos separamos sin mirar atrás.

Caminé sola varias cuadras después de eso.

Sentía una emoción extraña: nostalgia sin tristeza. Una especie de gratitud profunda por todo lo que había sido y por todo lo que ya no necesitaba ser.

Me di cuenta de que no estaba cerrando una historia.

Estaba cerrando una versión de mí.

La que confundía permanencia con amor.

La que creía que despedirse era fracasar.

Esa noche, al llegar a casa, no prendí luces fuertes.

Me senté en el piso con la espalda contra la pared, como tantas otras veces a lo largo de esta historia. Pero algo era distinto.

Ya no estaba recomponiéndome.

Estaba integrando.

Pensé en la mujer que había sido al comienzo de esta novela. La que callaba para no incomodar. La que se quedaba para no perder.

Y sentí una ternura profunda por ella.

Había hecho lo mejor que pudo.

Abrí el cuaderno una vez más y escribí con letra lenta:

Despedirse no es borrar.

Es agradecer sin volver a habitar.

Leí la frase varias veces.

No era una consigna.

Era una verdad conquistada.

Esa noche dormí profundamente.

Sin sobresaltos.

Sin sueños intensos.

Como quien confía en que lo que queda ya no necesita ser defendido.

El final se acercaba.

No como una caída abrupta.

Como un descenso suave, donde cada cosa encontraba su lugar sin empujar a las otras.

El trabajo tenía su ritmo.

El amor, su forma nueva.

La identidad, su calma.

Y yo ya no necesitaba correr hacia nada.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.