Lo que callas también hiere

CAPÍTULO 45 La duda que no pide huida

La escena fue mínima.

Tan mínima que, de no haber estado atenta, habría pasado como pasan tantas cosas buenas: sin que nadie las nombre.

Era una mañana clara. De esas que no prometen nada extraordinario. Preparé café, abrí la ventana, dejé entrar el aire. El ruido de la ciudad era suave, casi respetuoso.

Me senté a la mesa sin prisa.

Y, de pronto, lo sentí: plenitud.

No euforia.

No entusiasmo desbordado.

Plenitud.

Me sorprendió más que cualquier conflicto.

Durante años había creído que sentirse completa era una excepción, un estado transitorio entre problemas. Algo que había que aprovechar rápido porque se iba.

Ahora no.

Ahora estaba ahí, sin urgencia.

Y eso fue lo que trajo la duda.

La duda no fue dramática.

Fue una pregunta discreta, casi educada:

¿Y si esto es todo?

No sonó a resignación. Sonó a vértigo.

Porque aceptar que esto era suficiente implicaba renunciar a algo muy antiguo: la necesidad de estar siempre yendo hacia otra cosa.

Salí a caminar.

El barrio seguía igual. Gente apurada, otras detenidas. Un perro dormía al sol. Una mujer barría la vereda con paciencia.

La vida no parecía esperar grandes decisiones.

Y, sin embargo, yo sí.

Entré a una librería pequeña, de esas que sobreviven por obstinación y amor. Caminé entre estantes sin buscar nada en particular.

Un libro cayó del estante cuando lo toqué sin querer. Me agaché a recogerlo.

Ensayos sobre el silencio.

Sonreí.

Lo abrí al azar y leí una frase subrayada por alguien más:

“La paz no es la ausencia de deseo, sino la ausencia de huida.”

Cerré el libro con cuidado.

La duda empezó a ordenarse.

Volví a casa y me senté en el sillón. El teléfono vibró. Un mensaje del equipo, informativo, tranquilo. Nada urgente. Nada que exigiera una respuesta inmediata.

Lo dejé para después.

No por desinterés.

Por confianza.

Pensé en todo lo atravesado. En las decisiones difíciles. En las renuncias que habían dolido y las que habían liberado. En el amor sin rescate. En el trabajo sin sacrificio. En la identidad sin máscara.

La duda seguía ahí, pero ya no incomodaba.

Era una duda madura.

Me pregunté algo distinto:

Si nada más cambiara… ¿podría quedarme?

La respuesta llegó sin fanfarria.

Sí.

Y ese sí no cerraba puertas.

Abría una manera de estar.

Tomás escribió esa tarde.

¿Cómo estás hoy?

Pensé antes de responder.

En calma, escribí. Y un poco sorprendida.

Eso suele pasar cuando una deja de correr, respondió.

Sonreí.

Preparé algo simple para comer. Puse música baja. Me senté a la mesa sin distraerme con pantallas.

Cada gesto parecía tener un peso amable, como si el tiempo hubiera decidido acompañar en lugar de empujar.

Entendí algo que me emocionó:

La plenitud no había llegado cuando todo se resolvió.

Había llegado cuando dejé de exigirle a la vida que me demostrara algo.

Abrí el cuaderno.

No para escribir grandes frases.

Para dejar constancia.

Hoy no necesito irme de donde estoy.

Y eso, lejos de asustarme, me da una paz inmensa.

Cerré el cuaderno.

La última duda se disolvió sin estruendo.

No porque desapareciera, sino porque encontró su lugar:

no como amenaza, sino como recordatorio.

Recordatorio de que la vida no siempre pide más.

A veces pide presencia.

Esa noche, al acostarme, no pensé en el mañana con ansiedad ni con planes detallados.

Pensé en el ahora.

Y por primera vez, no sentí que estuviera esperando algo mejor.

Estaba habitándolo.

El final se acercaba.

No como una meta que alcanzar, sino como una conclusión natural: la historia había dicho lo que tenía que decir.

Y yo —la mujer que ya no callaba para sostener, que ya no se quedaba por miedo, que ya no corría para merecer— estaba lista para despedirse del lector con una verdad simple y poderosa:

La plenitud no grita.

Se sienta con vos a la mesa y te pregunta si podés quedarte.




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