Lo que callas también hiere

CAPÍTULO 49 Nada fue en vano

El encuentro no estaba planeado como cierre.

De hecho, no estaba planeado en absoluto.

Ocurrió en una tarde tranquila, de esas que no prometen revelaciones. Yo iba caminando sin prisa cuando reconocí el lugar antes que el recuerdo: la esquina donde había tomado decisiones que me habían cambiado la vida sin saberlo.

El café seguía ahí.

La puerta, un poco más gastada.

La mesa junto a la ventana, ocupada por la misma luz oblicua.

Entré.

No por nostalgia.

Por curiosidad serena.

Me senté y pedí lo de siempre. El gesto automático me sorprendió: el cuerpo guarda memoria incluso cuando el alma ya no necesita volver.

Mientras esperaba, observé a la gente. Conversaciones superpuestas. Risas. Silencios cómodos. Nadie parecía estar cerrando ciclos, y sin embargo, yo lo estaba.

Entonces la vi.

No fue un impacto.

Fue un reconocimiento suave.

Estaba sentada a unas mesas de distancia, leyendo. El cabello distinto. La postura más relajada. El tiempo había hecho su trabajo sin borrar lo esencial.

Me miró. Sonrió.

—Hola —dijo, acercándose—. Qué casualidad.

Asentí.

—Hola.

No hubo sobresalto. No hubo incomodidad. Solo ese pequeño temblor que anuncia algo importante sin exigir dramatismo.

Nos sentamos juntas, como si el gesto hubiera quedado pendiente durante años.

—Te ves bien —dijo.

—Vos también —respondí.

Y era verdad.

No lo decíamos desde la comparación. Lo decíamos desde el reconocimiento.

—A veces paso por acá —agregó—. Me gusta pensar que algo empezó en esta esquina.

Sonreí.

—O terminó —dije.

Negó suavemente.

—No —respondió—. Creo que se transformó.

Esa palabra volvió a aparecer, como una confirmación.

Hablamos de lo vivido con una distancia amable. Sin reproches. Sin esa urgencia de tener razón que antes nos había separado.

—Yo te envidiaba —confesó en un momento—. No por lo que hacías. Por tu obstinación.

La miré con atención.

—Y yo te admiraba —respondí—. Por tu calma. Aunque no supiera cómo alcanzarla.

Sonrió, con una ternura nueva.

—Mirá dónde estamos —dijo—. Al final, aprendimos un poco de ambas.

Asentí.

No había ironía en esa frase.

Había reconciliación.

El pasado apareció en fragmentos breves. Decisiones mal tomadas. Silencios que habían dolido. Palabras que no llegaron a tiempo.

No para reabrir heridas.

Para darles lugar.

—Si pudiera decirte algo a la que fui —dijo—, sería que no estaba equivocada por tener miedo.

Pensé un segundo.

—Y yo le diría a la mía que no estaba equivocada por querer irse —respondí.

Nos miramos. Sonreímos.

Nada que corregir.

Nada que reclamar.

Cuando nos despedimos, no hubo promesas de volver a vernos.

No hacía falta.

—Me alegra que estés donde estás —dijo—. Se nota que no te perdiste.

Sentí un nudo leve en la garganta.

—Gracias —respondí—. A vos también.

Nos abrazamos. Un abrazo breve, sincero, sin nostalgia pegajosa.

Al separarnos, no miré atrás.

No por dureza.

Por presencia.

Caminé varias cuadras después de eso.

El aire estaba tibio. La ciudad seguía en su ritmo. Nada se había detenido por mi reconciliación interna.

Y eso era perfecto.

Pensé en cada etapa de esta historia. En las decisiones incómodas. En los errores necesarios. En las renuncias que habían dolido más que las pérdidas.

Y entendí algo con una claridad definitiva:

Nada había sido un desvío.

Nada había sido tiempo perdido.

Esa noche, al llegar a casa, abrí una caja vieja que casi nunca tocaba. Papeles, fotos, objetos sin orden. Los miré sin prisa.

No quise tirar nada.

No quise guardar nada mejor.

Cerré la caja y la devolví a su lugar.

El pasado no necesitaba ser archivado ni expuesto.

Necesitaba ser integrado.

Me senté con el cuaderno una última vez antes del final.

Escribí despacio, con una gratitud que no apuraba el cierre:

No todo lo que dolió fue un error.

No todo lo que terminó fue una pérdida.

Si llegué hasta acá sin callarme, entonces nada fue en vano.

Cerré el cuaderno.

El silencio que siguió no fue vacío.

Fue plenitud contenida.

Sabía que quedaba una página más.

Una sola.

No para explicar.

Para decir adiós sin cerrar.

Y esa despedida —ya lo sentía— iba a ser tan simple y tan verdadera como todo lo que había aprendido a sostener sin callar.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.