Las luces del escenario iluminaban su rostro con una calidez que encendía cada parte de su cuerpo. Ante él, miles de fanáticos gritaban su nombre mientras saltaban de sus asientos. Aquello provocó una amplia sonrisa en sus labios.
El pecho subía y bajaba rápidamente. Estaba extasiado por el recibimiento del público. Sus ojos no daban crédito al ver su mayor sueño realizado.
A pasos seguros, modeló por el escenario hasta tomar el micrófono con firmeza. Listo para cantar, tomó aire.
Sin embargo, justo cuando la voz estaba a punto de salir, el auditorio quedó en completa oscuridad. El vocifero del público comenzó a escucharse lejano siendo reemplazado por un horrible zumbido.
A la lejanía una sola luz iluminó la silueta de un chico. Y entonces, sintió cómo su garganta se apretaba con fuerza y el cuerpo quedaba paralizado.
Lentamente, la silueta fue acercándose revelando un rostro claro con una mirada intensa de ojos grisáceos.
一Anda, Sebas. Canta 一murmuró el chico prácticamente encima suyo.
Sus palabras hicieron eco en sus oídos.
En pánico, el cantante sintió que le faltaba el aire, como si de pronto estuviera sumergido en agua, tan pesado que era incapaz de subir a la superficie. Al intentar hablar, lo único que consiguió exhalar fue un vaho frío.
Cuando la sensación de ahogo oscureció su mente, una melodía lejana lo incorporó de golpe.
Con la respiración agitada, Sebas tardó unos segundos en reconocer su propio departamento mientras intentaba recuperar el aliento. El armario a medio ordenar y el desastre de materiales en el piso le dieron la tranquilidad de que todo solo había sido un sueño.
Ahora recordaba que, después de la última clase del día, cayó exhausto sobre la cama. Sin embargo, el día aún no terminaba para él.
Tranquilo, se levantó. Con movimientos precisos acomodó la tabla de planchar y tomó una chamarra de mezclilla junto a varios parches bordados.
Pacientemente, empezó a acomodar los parches sobre la chamarra para fijarlos con el calor de la plancha. Mientras realizaba aquella tarea, los recuerdos del sueño volvieron a su mente. Frunciendo el ceño, sacó su celular y puso su playlist favorita en reproducción aleatoria.
A un ritmo progresivo, la música reemplazó las horribles imágenes.
Aunque era una canción breve y sencilla, era una de sus favoritas. The Way I Feel Inside, de The Zombies. Llevaba algo de tiempo intentando hacer una versión en español sin éxito, pues no conseguía hacer que rimara.
Continuó planchando a la par que cantaba con poco esfuerzo.
La letra le resultaba bastante personal: sentimientos de amor ocultos, la incertidumbre sobre si algún día podrían ser correspondidos y el temor a confesar la verdad hasta tener la certeza de encontrar en la otra persona una sonrisa que revelara los mismos sentimientos.
Tan sencilla de interpretar, quizá precisamente porque no era una creación suya. Podía cantar aquellas palabras sin sentir que estaba confesando nada.
Despacio, también empezó a balancear el cuerpo en un baile corto.
La tarde pareció avanzar al mismo compás de su voz.