El patio de la nueva escuela era demasiado ruidoso y estrecho; había muchísimos más niños que en la anterior. Y, aunque no quisiera admitirlo, ver aquella cantidad de rostros nuevos lo aterraba. Más que niños parecían manadas de lobos acechando dispuestas a atacar.
Detestaba estar ahí, en general, odiaba la escuela. Pero no tenía opción, sus padres lo habían dejado en claro: «Déjate de chingaderas que no te cambiaremos de escuela a cada rato», sentenciaron al dejarlo en la puerta el primer día de clases, siendo esa la única ocasión en que se presentarían, ya fuera para llevarlo o recogerlo.
Con esos pensamientos en mente, y sentado bajo el árbol de la jardinera más alejada del patio, Sebas miraba frustrado sus piernas. Eran tan cortas que quedaban colgando. Lo odiaba, no podía esperar a crecer y volverse fuerte para que otros lo dejaran en paz. Anhelaba que las recientes clases de Taekwondo lo ayudaran a crecer pronto. Sin embargo, el instructor siempre decía que con solo 9 años a su cuerpo aún le faltaba mucho desarrollo para ser fuerte.
一Pamplinas… 一murmuró.
Levantó la vista un momento, vio a un montón de niños correr de un lado a otro pese a los regaños de los profesores. Por un instante, también quiso unirse a la carrera, pero ya podía imaginarse a los otros chicos huyendo de él. Mejor no intentarlo.
Otros grupitos estaban sentados, comiendo el lonche y platicando de cosas que no alcanzaba a escuchar. Quizás podría intentarlo si tan solo le hubieran mandado comida o dinero para comprar algo en la cooperativa escolar. De todas formas, lo más probable es que esos niños también le hicieran caras si se acercaba.
De pronto, un balón de fútbol rodó hasta detenerse bajo sus pies. A unos metros, notó a un par de chicos mirando en su dirección. Su rostro moreno enrojeció de emoción, era la oportunidad perfecta para devolver el balón y unirse al juego. Pero cuando estuvo a punto de bajar, vio cómo empezaban a alejarse. «Déjalo, ya se contaminó», «Qué asco», «Es el que usa calcomanías de corazones», murmuraron entre sí.
Aguantando las lágrimas, Sebas dejó la jardinera y comenzó a caminar hacia el baño dispuesto a pasar el resto de recreo encerrado ahí.
En el camino pasó junto a otra jardinera donde reconoció a dos compañeros de su clase que le caían mal. Intentó ignorarlos hasta que los escuchó hablar.
一Mi papá me enseñó canciones de un grupo llamado Blondie, me gustó. Tiene varios de sus discos, podrías ir a mi casa para que los escuches 一comentó uno de ellos sentado en la banca.
Su nombre era Ulises. Él en realidad le era indiferente, pero resultaba irritante ver cómo todos los días alguno de sus padres llegaba a recogerlo, le cargaba la mochila y compraba alguna chuchería en los puestos que se ponían afuera de la escuela. Eso en verdad era molesto.
一Tu jefe escucha pura música gringa 一respondió el otro chico colgado del árbol.
一Es que vivía cerca de la frontera.
一Mmmh… Igual sus recomendaciones siempre son buenas. Últimamente mi tío se junta con sus compas y escuchan a… ¿Cómo me dijo? Los Temerarios, creo. No sé, pero se me hacen chidillas las canciones.
Ese era Lionel, aunque todos lo llamaban Leo. A ese sí que lo detestaba, siempre iniciaba el escándalo en el salón, nunca llevaba tareas completas y le respondía a la profesora. Y aún así toda la clase parecía adorarlo. Su sola presencia le hacía hervir la sangre.
Sin embargo, por idiotez o impulso, ese día se dignó a dirigirles la palabra.
一Mi favorito es David Bowie.
Los dos chicos voltearon a verlo con sorpresa y confusión. El niño del árbol bajó de un salto, plantándosele de frente. Sebas tragó saliva sin moverse.
一¿Y tú quién eres? 一preguntó, indiferente.
Su mente quedó en blanco.
一¡Leo! 一regañó su amigo一. Es el nuevo de nuestra clase.
一¡Ah! Cierto. Sabes que no presto mucha atención a esas cosas. Y no me regañes que pareces mi hermana.
Recuperado de la impresión inicial, Sebas se animó a seguir hablando.
一Me llamo Sebastían, aunque… prefiero solo Sebas. Entonces… ¿Les gusta la música?
一Sí, yo voy a clases de guitarra 一contestó Ulises.
一A mi me llama la atención la batería 一señaló el otro imitando el golpeteo de tarolas一. Pero de momento solo manejo lápices y las ollas de mi abuela.
Ese comentario hizo reír sutilmente al niño de rizos negros.
一A mí me gusta cantar… 一comentó con timidez一. Me gustaría tomar lecciones.
一Orale qué padre 一dijo Leo一. Oye, pues si quieres come con nosotros, Uli trae un reproductor. Nomas que no le digas a los profes.
Sebas sintió una sensación extraña sobre el pecho. ¿Felicidad? no estaba seguro de cómo describirlo.
一¡No, claro que no! 一aseguró de inmediato一. Solo que no traigo lonche…
Leo le dio una fuerte palmada en la espalda que lo hizo dar un paso.
一Ni yo, lo bueno es que la jefita de Ulises siempre le echa comida de más para compartir.
一Sip 一afirmó el niño一. Agarra con confianza.