La campanilla de la puerta sonó cuando entré. El aroma del café recién molido me golpeó con una calidez que, por un instante, casi me hizo olvidar lo vacía que me sentía. Elegí la mesa más apartada, buscando invisibilidad entre el ruido de las tazas y el murmullo de las conversaciones.
No esperaba a nadie. Nunca esperaba a nadie.
Pero entonces lo vi.
Otra vez él.
Estaba en la fila, distraído con su celular. Giró la cabeza, y cuando sus ojos se encontraron con los míos, sonrió. Como si llevara toda la vida esperándome.
Se acercó con esa seguridad que siempre me incomodaba y, al mismo tiempo, me atraía.
—Vaya, parece que me sigues —bromeó, con una sonrisa ladeada.
—O quizá eres tú el que me persigue —contesté, intentando sonar fría.
Se rió. Una risa breve, ligera, que no supe por qué me arrancó un gesto parecido a una sonrisa.
—Entonces admites que nos cruzamos demasiado seguido para ser casualidad.
—El mundo no es tan grande como parece —murmuré, jugando con el borde de mi taza vacía.
Pidió café con leche. Yo lo mismo. Se sentó frente a mí, sin pedir permiso, como si lo natural fuera que compartiéramos mesa.
—¿Lees para distraerte o para sentirte menos sola? —preguntó de pronto, señalando el libro que yo tenía en la mano.
Su pregunta me golpeó como un dardo inesperado.
—¿Y por qué asumes que estoy sola?
Él se encogió de hombros, inclinándose un poco hacia mí.
—Porque tus ojos parecen hablar más que tu boca. Y ahora mismo… dicen que cargas demasiado silencio.
Lo miré, desconfiada.
—No deberías leer tanto en las personas. Te puedes equivocar.
—Me equivoco todo el tiempo —replicó—. Pero contigo siento que no.
Guardé silencio. Y él lo llenó con palabras.
—¿Sabes qué pienso? —continuó, revolviendo su café sin probarlo—. Que a veces la soledad es más peligrosa que cualquier compañía equivocada.
No supe si lo decía por mí o por él, pero me atravesó.
—¿Y tú? —pregunté casi sin pensarlo—. ¿Lees para distraerte o para no sentirte tan solo?
Me sonrió, pero esta vez no respondió con ligereza.
—Yo no leo. Prefiero la gente. Aunque la mayoría se cansa de escuchar.
Me sorprendió la sinceridad en su tono.
—¿Y por qué conmigo? —quise saber.
—Porque tú escuchas con los ojos. No cualquiera lo hace.
Lo odié un poco por decir esas cosas. Porque en el fondo sabía que me estaba dejando entrar en un juego peligroso. Pero en ese instante, lo único que hice fue bajar la mirada a mi taza, sintiendo que sus palabras se quedaban flotando entre nosotros.
Él no se apresuró a hablar; parecía disfrutar del silencio incómodo, como si fuera un juego.
—¿Siempre eres así de esquiva? —preguntó al fin, con una media sonrisa.
—¿Así cómo? —respondí, sin mirarlo directamente.
—Como si estuvieras aquí y al mismo tiempo en otro lugar. —Bebió un sorbo de café, observándome—. Me hace pensar que tu mente guarda demasiadas historias.
Fruncí el ceño apenas.
—Tal vez es que no me gusta que la gente intente descifrarme.
—Y tal vez es porque temes que alguien lo consiga —contestó rápido, casi como si hubiese estado esperando mi respuesta.
Lo miré entonces, desafiándolo con los ojos.
—¿Y tú qué crees saber de mí?
Él se inclinó hacia adelante, apoyando los codos en la mesa.
—Que te escondes detrás de libros porque es más fácil leer la vida de otros que mostrar la tuya. Que finges que la ironía es un escudo, pero en realidad es solo un disfraz para la ternura que intentas ocultar.
No supe qué decir. Solté una pequeña risa, nerviosa.
—Hablas como si me conocieras de toda la vida.
—Tal vez no necesito una vida entera para intuir lo que otros nunca se detuvieron a mirar.
Me quedé en silencio, jugando con la cucharita en mi taza. Había algo en su mirada que me incomodaba y me atraía a la vez.
—No deberías decir esas cosas —murmuré.
—¿Por qué no? —preguntó con calma.
—Porque pueden sonar… peligrosas.
Él arqueó una ceja.
—¿Y quién dijo que escapar de la rutina no es un poco peligroso?
No pude evitar sonreír, aunque intenté disimularlo.
—Hablas demasiado.
—Lo sé. Pero solo cuando siento que alguien vale la pena escucharme.
Volvió a quedarse en silencio, mirándome como si buscara leer lo que no decía. Y, por primera vez en mucho tiempo, sentí que alguien estaba dispuesto a esperar mis palabras… incluso cuando yo no estaba lista para darlas.
Volví a girar la cucharita en la taza, como si en ese movimiento circular pudiera escapar de su mirada. Pero él no apartaba los ojos de mí.
—Entonces… dime algo de ti —insistió, con esa voz calmada que parecía no aceptar un “no” como respuesta.
—¿Algo de mí? —repetí, como si la pregunta fuera demasiado extraña.
—Sí. Lo que sea. No me interesa si es profundo o completamente inútil. Solo… algo.
Lo miré, dudando. Era absurdo, ¿qué podía decirle a un desconocido que no esperara escuchar?
—Me gusta leer antes de dormir —respondí al fin, bajando la voz—. No importa qué tan cansada esté… siempre tengo que leer aunque sea una página.
Él sonrió, satisfecho.
—Eso no suena inútil. Suena a que no soportas el silencio de la noche.
Abrí la boca para replicar, pero no salió nada. Me incomodaba que tuviera razón.
—¿Y tú? —pregunté, intentando recuperar terreno—. ¿Qué es eso “inútil” que haces cada día?
Él fingió pensarlo un momento y luego respondió:
—Caminar sin rumbo. Cuando siento que el mundo me pesa, salgo y dejo que mis pies decidan el camino.
Lo dijo con tanta naturalidad que me sorprendió.
—Eso sí es inútil —comenté con un amago de risa.
—Tal vez. Pero en esas caminatas a veces encuentro personas que hacen que todo lo demás deje de serlo.
Sus ojos se clavaron en los míos. Me apresuré a mirar hacia otro lado, sintiendo cómo el aire se espesaba.