El resto del día pasó más rápido de lo que Adrián esperaba.
Cada vez que veía su teléfono, esperaba encontrar un mensaje de Elena.
A veces lo había.
A veces no.
Y, aunque intentaba convencerse de que no estaba pendiente de ello, sabía perfectamente que sí.
Al terminar las clases, guardó sus cosas y salió del salón,el pasillo estaba casi vacío.
Caminó hacia la salida.
Entonces escuchó pasos detrás de él.
—Adrián.
Se giró.
Elena.
—¿Otra coincidencia? —preguntó él.
—Esta vez no.
—¿Entonces?
Ella se acercó un poco.
—Te estaba buscando.
Adrián sonrió.
—¿Para qué?
Elena sacó algo de su mochila.
Era una pequeña hoja doblada.
—Esto.
Se la entregó.
Adrián la abrió,había un dibujo sencillo.
Un cielo oscuro,una luna.
Y debajo, una frase escrita a mano.
“Hay personas que llegan por casualidad y terminan quedándose.”
Adrián levantó la mirada.
—¿Lo hiciste tú?
—Sí.
—¿Por qué?
Elena se encogió de hombros.
—No sé. Me acordé de lo que hablamos.
Adrián volvió a mirar la hoja,no sabía qué decir.
La guardó cuidadosamente dentro de su cuaderno.
—Gracias.
—De nada.
Elena comenzó a caminar hacia la salida.
Después se detuvo.
—Por cierto...
—¿Sí?
—Mañana no vengas temprano.
Adrián frunció el ceño.
—¿Por qué?
Ella sonrió.
—Porque yo voy a llegar tarde.
—¿Y eso qué tiene que ver conmigo?
—Que quiero que esperes.
Adrián se quedó mirándola.
Elena continuó caminando sin darle ninguna explicación.
Él bajó la mirada hacia el cuaderno.
La hoja seguía ahí.
Hay personas que llegan por casualidad y terminan quedándose.
Por primera vez, Adrián se preguntó si Elena sabía algo que él todavía no.
Y esa pregunta lo acompañó durante todo el camino a casa.