Lo Que Dejaste En Mi

Demasiado cerca

CAPITULO 5

A partir de aquel día, algo cambió.

No fue una conversación,no fue una confesión.

Ni siquiera fue un momento que pudieran señalar y decir: ahí comenzó todo.

Simplemente empezaron a estar más cerca,demasiado cerca.

Adrián comenzó a buscarla sin darse cuenta.

Antes de entrar a clases, miraba hacia el pasillo,durante el descanso, buscaba entre las personas hasta encontrarla.

Y cuando la veía, algo dentro de él se tranquilizaba.

Lo extraño era que Elena hacía exactamente lo mismo.

Una mañana, ella apareció junto a su escritorio.

—¿Me estabas buscando?

Adrián levantó la mirada.

—No.

Elena arqueó una ceja.

—Mentiroso.

—¿Y tú qué sabes?

—Porque llevas como cinco minutos mirando hacia la puerta.

Adrián sonrió.

—Tal vez estaba esperando a alguien.

—¿A quién?

Él la miró directamente.

—A ti.

Elena se quedó callada.

Por primera vez, fue ella quien no supo qué responder.

—Ah...

Adrián sonrió.

—¿Qué pasó? ¿Ahora tú eres la que no sabe qué decir?

—Cállate.

Él soltó una risa.

Y Elena también.

Pero ninguno de los dos mencionó lo evidente,los dos habían estado esperando encontrarse.

Con el paso de los días, las conversaciones se volvieron más personales.

Ya no hablaban solamente de clases.

Elena comenzó a preguntarle cosas que nadie más parecía preguntarle.

Qué pensaba,qué le molestaba,qué cosas le daban miedo.

Adrián hacía lo mismo con ella,ypoco a poco empezaron a conocer partes del otro que no mostraban fácilmente.

Una tarde estaban sentados en el patio.

Elena jugaba distraídamente con la pulsera que llevaba en la muñeca.

—¿Sabes qué creo?

—¿Qué?

—Que te estás acostumbrando demasiado a mí.

Adrián sonrió.

—Tú empezaste.

—¿Yo?

—Sí.

—¿Cómo?

—Buscándome todos los días.

Elena lo miró.

—Tú también me buscas.

—Pero tú empezaste.

Ella sonrió.

—Entonces estamos igual.

Adrián se quedó mirándola.

—Supongo.

Hubo un silencio.

No incómodo.

Solo diferente.

Elena bajó la mirada.

—¿Te molesta?

—¿Qué?

—Todo esto.

Adrián negó lentamente.

—No.

—¿Seguro?

—Sí.

Ella respiró tranquila.

—A mí tampoco.

Esa noche, Adrián estaba acostado mirando el techo.

Tenía el teléfono en la mano.

No había ningún mensaje nuevo.

Y eso le parecía absurdo.

Hacía unas semanas apenas conocía a Elena.

Ahora podía pasar varios minutos mirando la pantalla esperando que apareciera su nombre.

El teléfono vibró.

Elena: ¿Estás despierto?

Adrián sonrió.

Adrián: Sí.

Elena: ¿Puedo preguntarte algo?

Adrián: Claro.

Pasaron unos segundos.

Elena: ¿Qué piensas cuando estás conmigo?

Adrián leyó el mensaje varias veces.

Finalmente escribió:

Adrián: Que no quiero que te vayas.

La respuesta tardó.

Mucho más de lo habitual.

Elena: Eso es peligroso.

Adrián frunció el ceño.

Adrián: ¿Por qué?

Elena respondió:

Elena: Porque yo pienso lo mismo.

Adrián dejó el teléfono sobre su pecho.

Sonrió.

Pero debajo de aquella sonrisa apareció una sensación distinta.

Algo más intenso.

Algo que todavía no sabía nombrar.

Al día siguiente se encontraron nuevamente.

Elena se acercó a él.

—Hola.

—Hola.

—¿Dormiste?

—Más o menos.

Ella sonrió.

—Yo tampoco.

Adrián la miró.

—¿Por lo de anoche?

Elena asintió.

—Sí.

—¿Te arrepientes?

Ella negó.

—No.

Se quedaron en silencio.

Elena dio un pequeño paso hacia él.

—Creo que deberíamos tener cuidado.

—¿Con qué?

Ella levantó la mirada.

—Con nosotros.

Adrián no respondió inmediatamente.

Porque, en el fondo, sabía exactamente a qué se refería.

Ya no era solamente curiosidad.

Ya no era solamente atracción.

Se estaban convirtiendo en una parte importante de la vida del otro.

Y eso podía ser hermoso.

O podía terminar siendo peligroso.

Elena sonrió ligeramente.

—Pero por ahora...

—¿Qué?

—Quiero seguir estando cerca de ti.

Adrián sonrió.

—Yo también.

Y ninguno de los dos se alejó.

Porque quizá todavía no entendían lo que estaban construyendo.

Pero ambos sabían una cosa:

ya no querían detenerlo.




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