CAPITULO 6
Los días continuaron.
Y mientras más tiempo pasaban juntos, más difícil era fingir que aquello no significaba nada.
Adrián ya sabía cuándo Elena estaba de buen humor.
Sabía cuándo estaba molesta.
Sabía cuándo algo le preocupaba aunque ella dijera que no pasaba nada.
Y, sin darse cuenta, había comenzado a memorizar pequeños detalles sobre ella.
Lo que le gustaba.
Lo que odiaba.
La manera en que sonreía cuando intentaba ocultar que algo le hacía gracia.
Quizá ese era el problema.
La estaba conociendo demasiado.
Aquella mañana, Adrián llegó temprano.
Se sentó en su lugar y comenzó a revisar su teléfono.
Esperaba un mensaje.
No sabía por qué.
Simplemente lo esperaba.
Entonces alguien se acercó.
—Adrián.
Levantó la mirada.
Era una compañera de clase.
—¿Sí?
—¿Me ayudas con esto?
Le mostró unas hojas.
Adrián las tomó.
—Claro.
Comenzaron a hablar sobre la tarea.
Nada importante.
Nada extraño.
Pero unos metros más adelante, Elena acababa de entrar al salón.
Y los vio.
Se quedó quieta durante unos segundos.
No dijo nada.
Solo los observó.
Después caminó hasta su asiento.
—Buenos días —dijo.
Adrián levantó la cabeza.
—Buenos días.
Elena dejó sus cosas.
—¿Interrumpo?
Adrián frunció el ceño.
—¿Qué?
—Nada.
Se sentó.
La compañera que estaba hablando con Adrián se despidió poco después.
—Gracias por ayudarme.
—De nada.
Cuando se fue, Adrián miró a Elena.
—¿Qué te pasa?
—Nada.
—Te conozco.
Ella lo miró.
—¿Desde cuándo?
Adrián sonrió.
—Lo suficiente.
Elena apartó la mirada.
—No pasa nada.
—Entonces mírame y dilo.
Ella volvió a mirarlo.
—No pasa nada.
Adrián sostuvo su mirada.
—Mentira.
Elena suspiró.
—Solo...
Se quedó callada.
—¿Solo qué?
—No me gustó.
—¿Qué cosa?
Ella dudó.
Finalmente respondió:
—Verte con ella.
Adrián se quedó en silencio.
Después apareció una pequeña sonrisa en su rostro.
—¿Estás celosa?
Elena inmediatamente negó.
—No.
—Elena.
—No estoy celosa.
—Entonces, ¿qué es?
Ella cruzó los brazos.
—No sé.
Adrián soltó una pequeña risa.
—Eso suena bastante a celos.
—Cállate.
Durante el descanso, caminaron juntos.
Elena estaba más callada de lo habitual.
Adrián la observó unos segundos.
—¿Sigues molesta?
—No.
—¿Segura?
—Sí.
—¿Entonces por qué estás tan callada?
Elena se detuvo.
—Porque estoy pensando.
—¿En qué?
Ella lo miró.
—En que quizá me estoy acostumbrando demasiado a ti.
Adrián perdió la sonrisa.
—¿Y eso es malo?
—No lo sé.
—¿Te arrepientes?
—Tampoco.
Hubo un silencio.
—Entonces, ¿qué te preocupa?
Elena bajó la mirada.
—Que empiece a importarme demasiado.
Adrián sintió un pequeño nudo en el pecho.
—Ya te importo.
Ella levantó la mirada.
—Sí.
Esta vez no lo negó.
Se quedaron frente a frente.
Por unos segundos, ninguno dijo nada.
Elena fue la primera en romper el silencio.
—Pero no quiero perder el control.
—¿Por qué?
—Porque cuando algo me importa demasiado, empiezo a tener miedo de perderlo.
Adrián la observó.
—No tienes que perderme.
Elena sonrió ligeramente.
—No puedes prometer eso.
—No.
Adrián hizo una pausa.
—Pero puedo prometerte que mientras quiera estar aquí, voy a estar.
Ella lo miró durante unos segundos.
—Eso me gusta.
—¿Qué cosa?
—Que seas así.
—¿Así cómo?
Elena sonrió.
—Difícil de ignorar.
Adrián soltó una risa.
—Tú tampoco eres fácil de ignorar.
Aquella tarde, cuando se despidieron, Elena caminó unos pasos antes de detenerse.
—Adrián.
Él se giró.
—¿Sí?
Ella lo miró.
—La próxima vez que esa chica te pida ayuda...
Adrián esperó.
—¿Sí?
Elena sonrió.
—Ayúdala.
Él levantó una ceja.
—¿Entonces?
—Pero después vienes conmigo.
Adrián sonrió.
—¿Eso es una orden?
—No.
Elena comenzó a caminar.
—Es una preferencia.
Adrián la siguió con la mirada.
Y por primera vez comprendió algo.
Elena no necesitaba decir que estaba celosa.
No necesitaba admitir que quería tenerlo cerca.
Sus acciones comenzaban a decirlo por ella.
Y quizá lo más peligroso era que Adrián empezaba a sentir exactamente lo mismo.
No quería compartir su atención.
No quería acostumbrarse a verla lejos.
No quería que alguien más ocupara el lugar que ella estaba empezando a tener en su vida.
Todavía no eran nada.
Pero cada día se comportaban más como si lo fueran.
Y ninguno parecía dispuesto a detenerse.