Lo Que Dejaste En Mi

Lo que empieza a cambiar

CAPITULO 7

Había algo extraño en la forma en que Adrián y Elena se estaban acercando.

No había ocurrido nada que pudiera considerarse realmente importante.

No eran pareja.

No habían hablado de sentimientos.

Ni siquiera habían dicho exactamente qué eran el uno para el otro.

Y, aun así, cada día parecía más difícil imaginar una rutina en la que el otro no estuviera presente.

Adrián se había acostumbrado a buscarla.

Elena se había acostumbrado a encontrarlo.

Y ninguno de los dos parecía querer romper aquella costumbre.

Aquella mañana, Adrián llegó unos minutos antes de lo habitual.

Dejó sus cosas sobre el escritorio y se sentó.

Miró hacia la puerta.

Después volvió a mirar su teléfono.

Nada.

Guardó el teléfono.

Volvió a mirar hacia la puerta.

—¿Esperando a alguien?

Adrián levantó la cabeza.

Uno de sus compañeros estaba frente a él.

—No.

—Llevas rato viendo la puerta.

—Estoy pensando.

—Claro.

Su compañero sonrió y regresó a su lugar.

Adrián negó con la cabeza.

Pero antes de que pudiera volver a concentrarse, alguien apareció en la entrada.

Elena.

Sus ojos se encontraron inmediatamente.

Ella sonrió.

Adrián también.

Y fue suficiente.

Elena caminó hasta él.

—Buenos días.

—Buenos días.

—¿Me estabas esperando?

Adrián intentó mantener una expresión seria.

—Tal vez.

—Eso significa que sí.

—No necesariamente.

Ella dejó sus cosas.

—Mentiroso.

Adrián sonrió.

—Llegaste tarde.

—¿Me estabas contando los minutos?

—No.

—¿Seguro?

—Bueno...

Hizo una pausa.

—Quizá un poco.

Elena soltó una risa.

—Qué tierno.

Adrián la miró.

—No vuelvas a decir eso.

—¿Por qué?

—Porque no soy tierno.

—Entonces, ¿qué eres?

Adrián pensó unos segundos.

—No sé.

Elena se inclinó ligeramente hacia él.

—Yo sí sé.

—¿Ah, sí?

—Sí.

—¿Qué soy?

Ella sonrió.

—Un problema.

Y se alejó antes de que pudiera responder.

Adrián se quedó mirándola.

Sonrió.

—Tú eres el problema —murmuró.

Durante el descanso caminaron juntos como de costumbre.

Pero aquella vez Elena estaba extrañamente callada.

Adrián lo notó.

—¿Qué tienes?

—Nada.

—Otra vez con eso.

—¿Con qué?

—Con decir que no pasa nada cuando sí pasa.

Elena lo miró.

—Estoy pensando.

—Eso nunca termina bien.

Ella sonrió.

—Estoy pensando en nosotros.

Adrián dejó de caminar.

—¿Nosotros?

Elena también se detuvo.

—Sí.

—¿Qué pasa con nosotros?

Ella tardó unos segundos en responder.

—No sé exactamente qué somos.

Adrián bajó la mirada.

—Yo tampoco.

—Pero...

Elena respiró profundamente.

—No quiero que esto cambie.

Adrián volvió a mirarla.

—¿Por qué tendría que cambiar?

—Porque todo cambia.

—No necesariamente.

—Sí.

—Entonces no dejemos que cambie.

Elena lo observó.

—¿Así de fácil?

—No dije que fuera fácil.

—Entonces, ¿qué estás diciendo?

Adrián dio un pequeño paso hacia ella.

—Que quiero seguir estando contigo.

Elena guardó silencio.

Por un instante, parecía que iba a decir algo.

Pero finalmente sonrió.

—Eso me basta.

Más tarde, cuando terminaron las clases, Elena recibió un mensaje.

Lo leyó rápidamente.

Adrián estaba a su lado.

—¿Todo bien?

—Sí.

—¿Quién era?

Elena bloqueó el teléfono.

—Nadie.

Adrián la miró.

—¿Nadie?

—Sí.

—Entonces, ¿por qué escondiste el teléfono?

Ella levantó una ceja.

—¿Estás celoso?

—No.

—Otra mentira.

Adrián soltó una risa.

—Tú tampoco me dices todo.

—Porque no tienes derecho a saberlo todo.

Adrián se quedó callado.

Ella tenía razón.

Todavía no eran nada.

Y quizá ese era precisamente el problema.

Porque aunque ninguno tenía derecho a reclamarle nada al otro...

ambos comenzaban a sentir que sí lo tenían.

Esa noche, Elena estaba sentada sobre su cama.

Tenía el teléfono en la mano.

Abrió la conversación con Adrián.

Escribió:

¿Qué haces?

Lo borró.

Volvió a escribir:

¿Estás despierto?

También lo borró.

Suspiró.

¿Por qué le costaba tanto simplemente hablarle?

Finalmente escribió:

Elena: ¿Llegaste bien?

La respuesta apareció casi inmediatamente.

Adrián: Sí.

Después:

Adrián: ¿Tú?

Elena: También.

Pasaron unos segundos.

Adrián: ¿Querías decirme algo?

Elena se quedó mirando la pantalla.

Él parecía conocerla cada vez mejor.

Elena: No.

Adrián: Seguro.

Elena: Sí.

Adrián: Entonces, ¿por qué me escribiste?

Elena sonrió.

Elena: Porque quería hablar contigo.

Adrián tardó un momento.

Adrián: ¿Y de qué?

Elena escribió:

Elena: De cualquier cosa.

Adrián: Entonces quédate.

Elena frunció ligeramente el ceño.

Elena: ¿Qué?

Adrián: Hablemos.

Y eso hicieron.

Durante más de una hora.

Hablaron de cosas absurdas.

De recuerdos.

De sueños.

De cosas que querían hacer algún día.

De cosas que nunca le habían contado a nadie.

Y cuanto más hablaban, más difícil parecía despedirse.




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