Lo Que Dejaste En Mi

Una parte de mi

CAPITULO 8

Después de aquella conversación, algo había cambiado.

No entre ellos.

Dentro de ellos.

Adrián ya no intentaba preguntarse qué significaba Elena para él.

Había dejado de buscar una respuesta.

Porque cada vez que intentaba definirlo, aparecía una sensación distinta que no sabía explicar.

Lo único que tenía claro era que quería verla.

Quería hablar con ella.

Quería saber cómo estaba.

Y, aunque jamás lo admitiría tan fácilmente, quería ser importante para ella.

Ese viernes, Elena no apareció durante la primera clase.

Adrián intentó concentrarse.

No pudo.

Miró el reloj.

Después la puerta.

Después el teléfono.

Nada.

Quizá simplemente llegará más tarde.

Intentó convencerse de eso.

Pero los minutos pasaron.

Y Elena no apareció.

Cuando llegó el descanso, Adrián salió al patio.

La buscó entre los estudiantes.

Nada.

Caminó por uno de los pasillos.

Nada.

Finalmente sacó el teléfono.

Escribió:

Adrián: ¿Dónde estás?

La respuesta tardó varios minutos.

Elena: En casa.

Adrián frunció el ceño.

Adrián: ¿Estás bien?

Esta vez la respuesta tardó más.

Elena: Sí.

Adrián observó aquella palabra.

No le convencía.

Adrián: No te creo.

Pasaron unos segundos.

Elena: ¿Por qué?

Adrián: Porque cuando estás bien no respondes así.

No recibió respuesta inmediatamente.

Entonces llegó un mensaje.

Elena: No quería preocupar a nadie.

Adrián sintió que algo se apretaba dentro de él.

Adrián: A mí puedes preocuparme.

Elena no respondió.

Adrián guardó el teléfono.

Por primera vez, comprendió hasta qué punto le importaba.

No era simplemente que quisiera verla.

Le preocupaba que algo le ocurriera.

Esa tarde, Elena finalmente apareció.

Adrián estaba sentado cuando la vio entrar.

Se levantó inmediatamente.

—¿Qué pasó?

Ella lo miró.

—Nada.

—Otra vez esa palabra.

Elena sonrió débilmente.

—No quiero hablar de eso.

Adrián se quedó frente a ella.

—Está bien.

Ella pareció sorprenderse.

—¿No vas a insistir?

—No.

—¿Por qué?

—Porque si quieres hablar, me lo vas a contar.

Elena lo observó durante unos segundos.

Después bajó la mirada.

—Gracias.

Adrián sonrió.

—No tienes que agradecerme.

Caminaron juntos.

Durante un rato ninguno dijo nada.

Hasta que Elena habló.

—A veces no me gusta que la gente se preocupe por mí.

—¿Por qué?

—Porque siento que entonces tengo que explicar lo que me pasa.

—Conmigo no tienes que explicar nada.

Elena lo miró.

—¿Nunca?

—Nunca.

Ella sonrió.

—Eso es peligroso.

—¿Por qué?

—Porque podría acostumbrarme.

Adrián sostuvo su mirada.

—Ya lo hiciste.

Elena no respondió.

Pero su sonrisa dijo suficiente.

Más tarde se sentaron en una banca.

Elena estaba mirando hacia el frente.

—Adrián.

—¿Sí?

—¿Alguna vez has sentido que alguien se vuelve importante demasiado rápido?

Él pensó unos segundos.

—Sí.

—¿Y qué hiciste?

—Nada.

—¿Nada?

—No puedes controlar que alguien te importe.

Elena bajó la mirada.

—Eso es precisamente lo que me preocupa.

Adrián la observó.

—¿Te preocupa que yo te importe?

Ella tardó en responder.

—Sí.

Él sonrió ligeramente.

—A mí me preocupa lo mismo.

Elena levantó la mirada.

—¿Yo te importo?

Adrián no respondió inmediatamente.

No porque no supiera la respuesta.

Sino porque decirla en voz alta la hacía demasiado real.

—Sí.

Una sola palabra.

Pero Elena se quedó completamente quieta.

—¿Mucho?

Adrián respiró profundamente.

—Más de lo que esperaba.

Ella sonrió.

—A mí me pasa igual.

Durante unos segundos, simplemente se miraron.

Había tantas cosas que ninguno se atrevía a decir.

Pero tampoco parecía necesario.

Elena apoyó las manos sobre sus piernas.

—Creo que estamos complicando esto.

—Probablemente.

—Y ni siquiera somos nada.

Adrián sonrió.

—Ese es el problema.

—¿Cuál?

—Que no somos nada y aun así me pongo celoso.

Elena soltó una pequeña risa.

—Yo también.

—¿Entonces qué hacemos?

Ella lo miró.

—No tengo idea.

Adrián sonrió.

—Perfecto.

—¿Perfecto?

—Sí.

—¿Por qué?

—Porque significa que estamos igual de perdidos.

Elena se rio.

—Eres extraño.

—Y tú sigues aquí.

—Sí.

—Entonces no puede ser tan malo.

Ella dejó de reír.

Lo miró durante unos segundos.

—No.

Su voz salió más baja.

—No es malo.

Cuando llegó la hora de irse, Elena se levantó.

—Nos vemos mañana.

—Mañana.

Ella dio unos pasos.

Luego se detuvo.

—Adrián.

—¿Sí?

Elena regresó.

—Gracias por hoy.

—Siempre.

Ella sonrió.

—No digas "siempre".

Adrián frunció el ceño.

—¿Por qué?

—Porque todavía no sabes cuánto tiempo vas a quedarte.

Él la observó.

—Entonces te diré algo diferente.

—¿Qué?

—Mientras pueda elegir...

Hizo una pausa.

—Voy a elegir quedarme.

Elena se quedó mirándolo.

Y por primera vez no encontró una respuesta ingeniosa.

Solo sonrió.

—Eso me gusta más.

Después se marchó.

Adrián la observó hasta que desapareció.




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