CAPITULO 9
Durante los siguientes días, algo cambió.
No fue una conversación específica.
No hubo una confesión.
Ni siquiera ocurrió algo que pudiera señalarse como el momento exacto en que todo empezó a ser diferente.
Simplemente… estaban más cerca.
Mucho más cerca.
Adrián ya sabía que Elena aparecería cerca de él durante los descansos. Elena sabía que, cuando terminaban las clases, probablemente encontraría algún mensaje suyo.
Y ninguno de los dos parecía querer cambiarlo.
—Llegaste tarde —dijo Elena una mañana.
Adrián levantó la mirada.
—¿Me estabas esperando?
—No.
—Entonces, ¿cómo sabes que llegué tarde?
Elena lo miró durante un par de segundos.
—Porque normalmente llegas antes.
Adrián sonrió.
—Eso suena bastante a que me estabas esperando.
—No te emociones.
—Ya me emocioné.
Ella negó con la cabeza, intentando esconder una sonrisa.
—Eres insoportable.
—Y aun así viniste.
Elena guardó silencio.
Ese tipo de comentarios empezaban a ser peligrosos.
Porque antes podía responder fácilmente.
Podía bromear.
Podía cambiar de tema.
Pero ahora cada pequeña frase parecía tener algo detrás.
Algo que ninguno de los dos quería nombrar.
Más tarde, estaban sentados juntos.
No hablaban de nada importante.
Al menos, eso intentaban.
Elena miraba su teléfono mientras Adrián observaba distraídamente a las personas que pasaban.
Hasta que ella habló.
—¿Puedo preguntarte algo?
—Sí.
—¿Por qué te gusta estar conmigo?
Adrián giró la cabeza.
—¿Así de repente?
—Sí.
—Déjame pensar.
Elena esperó.
—Porque contigo no tengo que fingir.
Ella dejó de mirar el teléfono.
—¿Fingir qué?
—Que todo me da igual.
Elena bajó lentamente el teléfono.
—¿Y conmigo no?
—No.
Hubo un silencio.
Uno de esos silencios que ya no resultaban incómodos.
—Eso es raro —murmuró ella.
—¿Por qué?
—Porque yo tampoco siento que tenga que fingir contigo.
Adrián la miró.
Por primera vez, ninguno hizo una broma para escapar de la conversación.
—¿Te da miedo? —preguntó él.
Elena frunció ligeramente el ceño.
—¿Qué cosa?
—Esto.
Ella tardó en responder.
—Un poco.
Adrián asintió.
—A mí también.
—¿Por qué?
Él pensó unos segundos.
—Porque cada vez me importas más.
Elena apartó la mirada.
Aquellas palabras parecían haberle quitado todas las respuestas.
—No deberías decir cosas así.
—¿Por qué?
—Porque haces que sea difícil ignorarlo.
Adrián sonrió apenas.
—¿Y quieres ignorarlo?
Elena negó con la cabeza.
—No.
La respuesta salió demasiado rápido.
Los dos se quedaron callados.
Ella pareció darse cuenta de lo que acababa de admitir.
—Bueno… —dijo finalmente—. Supongo que ya no tiene sentido mentir.
—Nunca tuvo sentido.
—A veces sí.
—¿Cuándo?
Elena lo miró directamente.
—Cuando quieres protegerte.
Adrián dejó de sonreír.
La entendió.
Ella no estaba hablando solamente de él.
Esa noche, Elena estaba acostada mirando el techo.
Tenía el teléfono a su lado.
No quería escribirle.
Eso era lo que se repetía.
No quería acostumbrarse a hablar con él todas las noches.
No quería esperar sus mensajes.
No quería sentir esa pequeña decepción cuando tardaba en responder.
No quería que alguien pudiera alterar su estado de ánimo tan fácilmente.
Y, sobre todo, no quería admitir que ya estaba esperando que apareciera su nombre en la pantalla.
El teléfono vibró.
Elena lo tomó inmediatamente.
Adrián:
¿Sigues despierta?
Ella sonrió.
Después borró la sonrisa de su rostro como si alguien pudiera verla.
Elena:
Sí.
La respuesta llegó casi enseguida.
Adrián:
No sé por qué tenía ganas de hablar contigo.
Elena escribió:
Yo tampoco sé por qué estaba esperando que escribieras.
Pero no lo envió.
Lo borró.
Escribió otra cosa.
Elena:
¿De qué quieres hablar?
Adrián:
De cualquier cosa.
Elena:
Entonces dime algo que no sepa de ti.
Adrián tardó un poco.
Adrián:
Cuando alguien me importa, pienso demasiado.
Elena se quedó mirando la pantalla.
Elena:
¿Y estás pensando demasiado últimamente?
Pasaron varios segundos.
Adrián:
Sí.
Ella sintió que el corazón le daba un pequeño salto.
Elena:
¿En qué?
La respuesta apareció.
Adrián:
En ti.
Elena dejó el teléfono sobre la cama.
—Dios…
Se cubrió el rostro con las manos.
No porque estuviera molesta.
Sino porque sabía perfectamente que ella también estaba haciendo lo mismo.
Pensando demasiado.
En él.
Al día siguiente, Elena estaba más callada de lo normal.
Adrián lo notó.
—¿Qué pasa?
—Nada.
—No te creo.
—¿Desde cuándo me conoces tanto?
—Desde que empezaste a dejarme conocerte.
Elena levantó la mirada.
—Eso sonó demasiado profundo.
—Lo sé.
Ella sonrió.
—Anoche dijiste que pensabas demasiado en mí.
—Sí.
—¿Lo decías en serio?
Adrián no respondió inmediatamente.
Solo la miró.
—Sí.
Elena respiró lentamente.
—Yo también pienso demasiado en ti.
Adrián sonrió.
—Entonces estamos igual.
—Eso es precisamente lo que me preocupa.