Lo Que Dejaste En Mi

Cuando cambia la mirada

CAPITULO 11

Al día siguiente, Adrián llegó antes de lo habitual.

No porque tuviera algo importante que hacer.

Solo quería verla.

Se sentó en el lugar donde normalmente se encontraban y dejó el teléfono sobre la mesa.

Pasaron cinco minutos.

Después diez.

Después quince.

Nada.

Miró hacia la entrada.

Esperó.

Y justo cuando estaba empezando a pensar que quizá Elena no iría, la vio aparecer.

Pero había algo diferente.

Venía acompañada.

Un chico caminaba junto a ella mientras hablaban.

Adrián no sabía quién era.

Y, por alguna razón, eso le molestó.

Intentó ignorarlo.

No tenía derecho a molestarse.

Elena y él no eran pareja.

No habían prometido nada.

No tenían ningún acuerdo.

Pero aun así…

No le gustó verla sonriendo con alguien más.

Cuando Elena llegó hasta donde estaba Adrián, el chico se despidió.

—Nos vemos después, Elena.

—Sí, después.

Adrián observó cómo se alejaba.

—¿Quién era?

Elena lo miró.

—¿Quién?

—El chico.

—Ah. Un compañero.

—Ya.

Ella entrecerró los ojos.

—¿Qué pasa?

—Nada.

—Adrián.

—Te dije que nada.

Elena se sentó frente a él.

—No sabes mentir.

—Tú tampoco.

Ella soltó una pequeña risa.

—¿Estás celoso?

Adrián la miró.

—No.

—Sí estás celoso.

—No tengo razones para estarlo.

—Eso no significa que no lo estés.

Adrián guardó silencio.

Elena sonrió ligeramente.

—Lo sabía.

—¿Y te hace gracia?

—Un poco.

—No debería.

—¿Por qué?

—Porque tú también te pones celosa.

La sonrisa de Elena desapareció lentamente.

—Eso es diferente.

—¿Por qué?

—Porque…

Se quedó callada.

Adrián esperó.

—Porque no me gusta cuando alguien más intenta ocupar el lugar que yo siento que tengo contigo.

Él levantó ligeramente las cejas.

—¿Qué lugar tienes conmigo?

Elena lo miró fijamente.

—No lo sé.

Y aquella respuesta fue mucho más sincera de lo que ambos esperaban.

Durante un rato permanecieron en silencio.

Elena miraba sus manos.

Adrián observaba el suelo.

Finalmente, ella habló.

—Creo que estamos haciendo esto demasiado complicado.

—¿Esto?

—Nosotros.

Adrián respiró profundamente.

—Pensé que querías seguir estando cerca.

—Quiero.

—Entonces, ¿qué pasa?

Elena tardó unos segundos.

—Que me estoy acostumbrando demasiado a ti.

Él sonrió apenas.

—Eso ya me lo habías dicho.

—Pero ahora es diferente.

—¿Cómo?

Ella levantó la mirada.

—Ahora me importa.

Adrián dejó de sonreír.

—¿Qué cosa?

—Todo.

Su voz salió más baja.

—Si vienes, si no vienes. Si me escribes. Si no me escribes. Si estás hablando con alguien más…

Hizo una pausa.

—Y no me gusta sentir que alguien tiene tanto poder sobre cómo me siento.

Adrián la observó.

—Yo tampoco quiero tener ese poder sobre ti.

—Lo sé.

—Entonces no te alejes.

Elena negó suavemente con la cabeza.

—No estoy diciendo que quiera alejarme.

—Entonces, ¿qué quieres?

Ella no respondió.

Porque esa era precisamente la pregunta que llevaba días intentando evitar.

Ese mismo día, Elena estuvo más distante.

No completamente.

Seguía hablando con él.

Seguía sonriendo.

Seguía buscándolo con la mirada.

Pero había una pequeña barrera.

Algo que antes no estaba.

Adrián la notó.

Y cuanto más intentaba ignorarlo, más evidente se volvía.

Al terminar las clases, caminó junto a ella.

—¿Estás molesta conmigo?

—No.

—¿Segura?

—Sí.

—Entonces, ¿por qué estás diferente?

Elena se detuvo.

—Porque estoy pensando.

—¿En qué?

—En nosotros.

Adrián suspiró.

—Últimamente pensamos demasiado en eso.

—Lo sé.

—Y nunca llegamos a ninguna respuesta.

Elena sonrió con tristeza.

—Quizá porque todavía no existe una respuesta.

Adrián la miró.

—¿Y si simplemente dejamos de buscarla?

Ella sostuvo su mirada.

—¿Y hacemos qué?

—Seguir.

—¿Sin saber a dónde vamos?

—Sí.

Elena permaneció en silencio.

Después asintió.

—Eso me da un poco de miedo.

—A mí también.

—Pero…

—¿Pero?

—No quiero dejar de hacerlo.

Adrián sonrió.

—Entonces estamos de acuerdo.

Esa noche, ninguno escribió primero.

Elena tomó el teléfono varias veces.

Abrió su conversación.

Escribió:

¿Estás despierto?

Lo borró.

Escribió:

Buenas noches.

Lo borró otra vez.

Finalmente dejó el teléfono a un lado.

No iba a buscarlo.

Por una vez, quería comprobar si él también la buscaría.

Pasaron veinte minutos.

Treinta.

Cuarenta.

Entonces el teléfono vibró.

Elena lo tomó inmediatamente.

Adrián:
No sé si debería escribirte.

Ella sonrió.

Elena:
Entonces, ¿por qué lo hiciste?

La respuesta tardó unos segundos.

Adrián:
Porque quería saber cómo estabas.

Elena miró la pantalla.

Esta vez no borró lo que pensaba.

Elena:
Estoy bien.

Después añadió:

Solo estoy intentando entender todo esto.

Adrián:
Yo también.

Elena:
¿Y si lo arruinamos?

Adrián tardó más en responder.

Adrián:
Entonces tendremos que intentar no hacerlo.

Elena sonrió.

Elena:
Eso no es una respuesta.




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