CAPITULO 14
Los días siguientes fueron extraños. No porque algo hubiera salido mal, sino porque ahora ambos sabían exactamente lo que sentían y, aun así, ninguno sabía qué hacer con ello. Antes podían esconderse detrás de bromas, miradas largas o excusas para buscarse. Ahora cada pequeño gesto parecía tener un significado diferente. Cuando Adrián la esperaba, Elena sabía por qué. Cuando Elena le escribía sin motivo, Adrián también lo sabía. Ya no podían fingir que aquello era casualidad.
Aquella mañana, Elena llegó un poco más tarde de lo habitual. Adrián estaba apoyado contra una pared, mirando su teléfono, aunque llevaba varios minutos sin leer realmente nada. Cuando la vio aparecer, guardó el celular.
—Pensé que no vendrías.
Elena frunció el ceño mientras se acercaba.
—¿Y por qué no iba a venir?
—No sé. Ayer estabas rara.
Ella se quedó frente a él y suspiró.
—No estaba rara.
—Estabas distante.
—Quizá estaba pensando.
—Eso dijiste ayer.
—Porque sigo pensando.
Adrián sonrió.
—¿Sobre mí?
Elena lo miró con una expresión que intentaba ser seria, pero terminó sonriendo.
—No todo gira alrededor de ti.
—Ya lo sé.
—¿Entonces?
—Pero me gusta pensar que sí.
Ella negó con la cabeza.
—Eres insoportable.
—Y aun así aquí estás.
Elena no respondió. Simplemente siguió caminando y él comenzó a caminar a su lado.
Durante un rato hablaron de cosas normales, de las clases, de una tarea que ninguno había terminado y de una profesora que parecía tener la capacidad de dejar trabajos justo cuando menos ganas tenían de hacerlos. Todo parecía normal, pero había algo diferente en la manera en que se miraban.
En un momento, Elena dejó de hablar.
—¿Qué?
Adrián la miró.
—Nada.
—Me estabas mirando.
—Sí.
—¿Por qué?
Adrián tardó un segundo en responder.
—Porque me gusta hacerlo.
Elena apartó la mirada.
—No deberías decir esas cosas tan fácilmente.
—¿Por qué?
—Porque después me quedo pensando en ellas.
Adrián sonrió.
—Entonces seguiré diciéndolas.
Ella volvió a mirarlo.
—¿Ves? Eso es exactamente lo que digo.
—¿Qué?
—Que no sabes cuándo parar.
—Contigo no.
La sonrisa de Elena desapareció lentamente. No porque le molestara, sino porque aquella frase había conseguido tocar un lugar que todavía intentaba mantener protegido.
—Adrián...
—¿Sí?
—No hagas que sea más difícil.
—¿Qué cosa?
Ella bajó la voz.
—Esto.
Adrián dejó de caminar.
—¿Quieres que pare?
Elena también se detuvo. Lo miró durante unos segundos antes de negar lentamente con la cabeza.
—No.
Aquella respuesta fue suficiente.
Siguieron caminando.
Más tarde, durante el descanso, Elena estaba sentada con unas amigas cuando uno de sus compañeros se acercó para preguntarle algo sobre una tarea. Adrián estaba a unos metros de distancia y pudo ver la escena. No le dio importancia al principio, pero cuando el chico consiguió hacerla reír, sintió aquella misma incomodidad que ya conocía demasiado bien.
Esta vez, sin embargo, no se fue.
No quiso repetir lo de antes.
Se quedó donde estaba y esperó.
Cuando Elena terminó de hablar con el chico, se acercó a Adrián.
—¿Qué pasa?
—Nada.
—Otra vez con eso.
—¿Con qué?
—Con decir que no pasa nada cuando claramente pasa algo.
Adrián soltó una pequeña risa.
—Estaba celoso.
Elena levantó las cejas.
—¿Otra vez?
—No puedo evitarlo.
—Sí puedes.
—Estoy aprendiendo.
Ella sonrió.
—Eso está mejor.
Adrián la miró.
—¿Tú también estabas celosa ayer?
Elena hizo una pausa.
—Quizá.
—Eso significa que sí.
—No te emociones.
—Demasiado tarde.
Ella soltó una risa y negó con la cabeza.
—No quiero que nos volvamos así.
—¿Así cómo?
—Como esas personas que empiezan a pensar que porque sienten algo tienen derecho sobre el otro.
Adrián asintió.
—Yo tampoco.
—Entonces si algo nos molesta, lo hablamos.
—Trato hecho.
Elena extendió la mano.
—Trato hecho.
Adrián la miró por un instante antes de estrecharla.
—¿Eso es todo?
—¿Qué más quieres?
—No sé.
Elena sonrió.
—Ambicioso.
—Contigo sí.
Ella soltó su mano, pero antes de alejarse dijo:
—Vamos. Tenemos clase.
Adrián caminó detrás de ella.
Y aunque ninguno lo dijo, los dos estaban empezando a descubrir que aquella pequeña promesa significaba mucho más de lo que parecía.
Esa tarde, Elena no escribió.
Adrián intentó no pensar demasiado en ello.
No funcionó.
Miró el teléfono varias veces, abrió la conversación y la cerró. Escribió un mensaje y lo borró. Volvió a escribir otro y volvió a borrarlo.
Finalmente, decidió no hacerlo.
Si ella quería hablar, hablaría.
Pasó una hora.
Luego otra.
Hasta que el teléfono vibró.
Elena:
¿Sigues despierto?
Adrián sonrió inmediatamente.
Adrián:
Sí.
Elena:
¿Qué haces?
Adrián:
Pensando.
Elena:
¿En qué?
Adrián dudó antes de responder.
Adrián:
En ti.
La respuesta tardó unos segundos.
Elena:
Siempre haces eso.
Adrián:
¿Y tú?
Elena tardó un poco más.
Elena:
También.
Adrián se quedó mirando la pantalla.
Había algo en aquella palabra que le gustaba demasiado.
Adrián:
¿Por qué me escribiste?