Lo Que Dejaste En Mi

Lo que empieza a doler

CAPITULO 15

Durante los días siguientes, Adrián y Elena siguieron acercándose, aunque ninguno volvió a mencionar aquella conversación de aquella noche. No hacía falta. Algo había quedado claro entre los dos y, aunque todavía no sabían qué nombre darle, ambos estaban empezando a actuar como si existiera algo que cuidar.

Adrián había aprendido a reconocer los pequeños cambios en Elena. Sabía cuándo estaba de buen humor por la forma en que caminaba hacia él, cuándo algo le molestaba porque respondía más rápido de lo normal y cuándo estaba preocupada porque comenzaba a jugar distraídamente con las mangas de su ropa. Elena, por su parte, había aprendido cosas de él que nadie parecía notar. Sabía cuándo estaba fingiendo estar tranquilo, cuándo una sonrisa era verdadera y cuándo simplemente intentaba ocultar que algo le había afectado.

Quizá por eso, cuando Elena llegó aquella mañana y apenas lo saludó, Adrián supo que algo estaba mal.

—Hola —dijo él.

—Hola.

Nada más.

Elena siguió caminando.

Adrián se quedó mirándola por un momento antes de seguirla.

—¿Qué pasó?

—Nada.

—Otra vez esa respuesta.

—Porque no pasó nada.

—Elena.

Ella se detuvo y suspiró.

—Estoy cansada, ¿sí? No quiero hablar.

Adrián asintió.

—Está bien.

No insistió.

Y eso fue precisamente lo que Elena no esperaba.

Durante las siguientes horas, él respetó su espacio. No le preguntó otra vez, no intentó hacerla reír ni buscó obligarla a hablar. Simplemente permaneció cerca.

Al terminar una de las clases, Elena se acercó finalmente.

—¿Estás molesto?

Adrián la miró sorprendido.

—No.

—Pensé que sí.

—Me dijiste que no querías hablar.

—Sí.

—Entonces te escuché.

Elena bajó la mirada.

—No estoy acostumbrada a que alguien haga eso.

—¿A escucharte?

—A respetar cuando necesito espacio.

Adrián sonrió ligeramente.

—Puedes tener todo el espacio que necesites.

Ella levantó la mirada.

—Pero no quiero alejarte.

La sonrisa de Adrián desapareció.

—Entonces no tienes que hacerlo.

Elena respiró profundamente.

—A veces me asusta cuánto me importas.

Adrián tardó unos segundos en responder.

—A mí también me asusta cuánto me importas tú.

Aquella vez ninguno hizo una broma.

No era necesario.

Más tarde, mientras caminaban juntos, Elena finalmente le contó lo que había ocurrido. No era algo grave. Simplemente había tenido un día difícil y no había sabido cómo manejarlo. Adrián la escuchó sin interrumpirla y, cuando terminó, no intentó solucionarlo.

—Gracias —dijo ella.

—¿Por qué?

—Por escucharme.

—Siempre voy a escucharte.

Elena lo miró.

—No prometas cosas que no sabes si podrás cumplir.

Adrián se quedó callado.

Ella tenía razón.

Las promesas podían convertirse en cadenas cuando se hacían demasiado pronto.

—Entonces no te lo prometo —dijo finalmente—. Pero mientras esté aquí, voy a hacerlo.

Elena sonrió.

—Eso me gusta más.

Continuaron caminando.

Por un momento todo volvió a sentirse sencillo.

Hasta que Elena vio algo al otro lado del pasillo.

Una chica estaba hablando con Adrián.

No era la primera vez que la veía. Era una compañera de clase. Nada extraño.

Pero esta vez la conversación parecía diferente.

La chica sonreía mientras hablaba y Adrián también.

Elena sintió aquella pequeña presión en el pecho que ya conocía.

No quería sentirla.

Intentó ignorarla.

Siguió caminando.

Adrián la vio alejarse.

—Elena.

Ella no se detuvo.

—¿Qué?

—Espera.

Elena se giró.

—¿Qué pasa?

—¿Por qué te fuiste?

—No me fui.

—Sí te fuiste.

Ella cruzó los brazos.

—Estabas hablando.

—Sí.

—Entonces habla.

Adrián la observó durante unos segundos.

—Estás celosa.

Elena soltó una pequeña risa.

—No.

—Elena.

—Está bien.

Se quedó en silencio.

—Sí.

Adrián no sonrió esta vez.

—¿Quieres saber quién era?

—No tienes que explicarme nada.

—Quiero hacerlo.

Ella levantó la mirada.

—Era una compañera. Me estaba preguntando por una tarea.

Elena asintió.

—Está bien.

—¿Eso es todo?

—Sí.

Adrián la miró con atención.

—No te creo.

Elena suspiró.

—Me molestó.

—Lo sé.

—Y sé que no tengo derecho a molestarte por eso.

—No necesitas tener derecho a sentir algo.

Ella guardó silencio.

—Pero tampoco quiero que mis celos se conviertan en un problema —dijo.

—Entonces hablamos cuando pase.

Elena lo miró.

—¿Siempre vas a hacer eso?

—¿Qué?

—Intentar entenderme.

Adrián sonrió.

—No siempre voy a entenderte.

—Eso es más realista.

—Pero siempre puedo preguntarte.

Elena bajó la mirada y sonrió.

—Eso también me gusta.

Esa noche, Elena estuvo pensando en lo que había ocurrido.

Había algo que comenzaba a preocuparla.

No eran los celos.

Era la facilidad con la que Adrián conseguía calmarla.

Una palabra suya podía cambiarle el ánimo. Una mirada podía hacerla olvidar por unos segundos lo que estaba pensando. Un mensaje suyo podía convertirse en la parte favorita de su día.

Y eso era precisamente lo que le daba miedo.

No quería necesitarlo.

No quería que su tranquilidad dependiera de alguien más.

Pero tampoco quería fingir que no le importaba.

Tomó el teléfono y abrió su conversación.

Escribió:

¿Estás despierto?

Lo borró.

Volvió a escribir:

Gracias por hoy.

También lo borró.

Finalmente escribió:

¿Puedo preguntarte algo?

Esta vez sí lo envió.

Adrián respondió poco después.




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