Los días sin Elena habían terminado siendo más largos de lo que Adrián esperaba. Al principio creyó que sería sencillo acostumbrarse: unas cuantas conversaciones por teléfono, algunos mensajes durante el día y la certeza de que ella regresaría pronto. Pero conforme pasaban las horas, empezó a notar cuánto de su rutina se había construido alrededor de su presencia. Ya no había una mirada que buscar al entrar al salón, ni una voz que apareciera a su lado para quejarse de alguna tarea, ni una excusa para quedarse después de clases. Era extraño cómo una persona podía ocupar tanto espacio sin estar realmente ahí.
El jueves por la mañana, Adrián llegó temprano otra vez. No esperaba encontrarla. De hecho, había decidido dejar de mirar hacia la entrada cada pocos minutos porque aquello comenzaba a parecerle ridículo. Estaba sacando unos cuadernos de su mochila cuando escuchó una voz detrás de él.
—¿Así que ya no esperas a nadie?
Se quedó inmóvil.
Reconocería aquella voz entre cien.
Adrián se giró lentamente.
Elena estaba ahí.
Tenía la mochila sobre un hombro y una sonrisa que intentaba esconder lo mucho que también había esperado ese momento.
Adrián tardó un segundo en reaccionar.
—Volviste.
—Eso parece.
—Pensé que regresarías mañana.
—Yo también.
Él sonrió.
—¿Entonces?
—Las cosas cambiaron.
—¿Para bien?
Elena se acercó un poco.
—Para muy bien.
Durante unos segundos simplemente se miraron. Después Adrián soltó una pequeña risa.
—No sabes cuánto tiempo llevo esperando escuchar eso.
—¿Que volví?
—Eso también.
Elena arqueó una ceja.
—¿Qué más?
Adrián negó con la cabeza.
—Nada.
—Adrián.
—Te extrañé.
La sonrisa de Elena desapareció por un instante, sustituida por algo mucho más sincero.
—Yo también te extrañé.
No necesitaron decir más.
Caminaron juntos hacia el salón, hablando como si hubieran pasado horas y no varios días. Elena le contó algunas cosas del viaje, él le habló de lo que había ocurrido mientras ella no estaba y ambos se interrumpían constantemente porque cada uno quería contarle al otro algo diferente.
Sin embargo, había una conversación pendiente.
Los dos lo sabían.
Y ninguno la mencionó durante toda la mañana.
Fue hasta después de clases cuando Elena se detuvo frente a él.
—¿Tienes tiempo?
Adrián la miró.
—Para ti, sí.
—No digas cosas así.
—¿Por qué?
—Porque luego me haces sonreír cuando intento hablar seriamente.
—No sabía que era mi culpa.
—Lo es.
Ella caminó unos pasos y él la siguió.
Se sentaron en un lugar tranquilo, lejos del ruido de los demás. Elena dejó la mochila a un lado y se quedó mirando sus manos.
—Te dije que quería hablar contigo cuando regresara.
—Lo recuerdo.
—Y ahora no sé cómo empezar.
—Puedes empezar por lo que quieras.
Ella levantó la mirada.
—¿Qué somos?
Adrián no respondió inmediatamente.
Habían hablado de aquello antes, pero ahora la pregunta sonaba diferente.
—No lo sé —admitió.
Elena suspiró.
—Yo tampoco.
—Pero sí sé lo que siento.
Ella lo observó atentamente.
—¿Qué sientes?
Adrián sostuvo su mirada.
—Que no quiero que esto sea solamente algo que existe cuando estamos juntos y desaparece cuando estamos lejos.
Elena bajó la mirada otra vez.
—Yo tampoco.
—Entonces...
—Es complicado.
—Sí.
—Y me asusta.
Adrián se quedó callado.
—No porque no quiera estar cerca de ti —continuó ella—. Es precisamente porque quiero estar cerca de ti demasiado.
Él sintió un pequeño nudo en el pecho.
—A mí también me asusta.
—¿Por qué?
—Porque antes podía convencerme de que no era tan importante.
—¿Y ahora?
—Ahora sé que sí.
Elena permaneció en silencio.
Después preguntó:
—¿Y qué hacemos con eso?
Adrián sonrió ligeramente.
—No tengo una respuesta perfecta.
—Qué decepción.
—Pero tengo una propuesta.
—Te escucho.
—Dejamos de intentar encontrar una definición para todo y empezamos por ser honestos.
Elena frunció el ceño.
—¿Honestos cómo?
—Si algo nos molesta, lo decimos. Si sentimos celos, lo hablamos. Si necesitamos espacio, lo pedimos. Si queremos estar juntos, también lo decimos.
Elena lo observó durante varios segundos.
—¿Y si uno de los dos se enamora más?
La pregunta cayó entre ellos.
Adrián sintió que no podía responder con una broma.
—Entonces lo hablaremos.
—¿Y si uno termina lastimándose?
—Probablemente va a pasar.
Elena levantó la mirada, sorprendida.
—Qué optimista.
Adrián sonrió.
—No dije que quisiera lastimarte. Dije que no podemos controlar todo.
Ella guardó silencio.
—Eso es justamente lo que me da miedo —murmuró.
—¿Qué?
—No poder controlarlo.
Adrián entendió.
Desde el principio, Elena había intentado mantener cierta distancia. Había querido saber qué estaba pasando, poner límites, entender sus emociones antes de dejarse llevar por ellas. Pero ahora parecía estar descubriendo que algunas cosas no podían organizarse como si fueran una lista.
Y quizá eso era lo que más miedo le daba.
—No tienes que controlarlo todo —dijo Adrián.
Elena lo miró.
—¿Y si pierdo el control?
—Entonces lo hablamos.
—Siempre dices eso.
—Porque funciona.
Ella sonrió.
—Eres desesperante.
—También me extrañaste siendo así.
Elena negó con la cabeza, pero no pudo evitar sonreír.
Después de unos segundos, se levantó.
—Ven.
—¿A dónde?
—A caminar.
—¿Eso era todo?
—No.
Adrián se levantó.
—Entonces, ¿qué falta?
Elena empezó a caminar.
—Todavía no te he dicho lo que pensé mientras estaba lejos.