Lo Que Dejaste En Mi

Lo que elegimos

CAPITULO 19

Al día siguiente, Adrián llegó más temprano de lo habitual. No porque tuviera algo pendiente ni porque esperara que ocurriera algo especial, sino porque después de la conversación con Elena había pasado buena parte de la noche pensando en lo mismo: habían hablado de lo que sentían, de los celos, del miedo a perderse y de lo mucho que habían llegado a importarles el uno al otro, pero todavía faltaba algo. Una decisión. No necesariamente una promesa enorme ni una definición perfecta, sino algo que les permitiera dejar de caminar alrededor de lo que ambos sabían.

Cuando Elena apareció, Adrián la reconoció antes de que ella lo viera. Caminaba distraída, con el teléfono en una mano y la mochila sobre un hombro. Al levantar la mirada y encontrarlo esperándola, sonrió. Fue una sonrisa pequeña, casi tímida, pero suficiente para hacer que Adrián olvidara por un instante todo lo que había pensado decirle.

—Llegaste temprano —dijo Elena cuando estuvo frente a él.

—Tú también.

—Eso no responde.

—Entonces sí. Llegué temprano.

Elena soltó una pequeña risa.

—Qué conversación tan profunda.

—Estoy nervioso.

Ella dejó de sonreír por un segundo.

—¿Por qué?

Adrián la miró directamente.

—Porque ayer dijiste que querías hablar de nosotros.

Elena bajó la mirada, como si escuchar aquella palabra todavía le provocara algo extraño.

—Sí.

—Y supongo que hoy es el día.

—Supongo que sí.

Caminaron juntos hacia el edificio. Durante unos minutos hablaron de cualquier cosa menos de aquello. De una tarea, de una profesora que había dejado demasiado trabajo y hasta de una discusión que habían tenido unos compañeros. Pero los dos sabían que solo estaban retrasando la conversación.

Al terminar las clases, Elena fue quien finalmente se detuvo.

—Ven.

—¿A dónde?

—A un lugar donde podamos hablar sin que alguien aparezca cada cinco segundos.

Adrián sonrió.

—Eso sonó sospechosamente serio.

—Porque lo es.

Se alejaron un poco del resto de los estudiantes y se sentaron en un lugar tranquilo. Elena permaneció unos segundos en silencio, mirando hacia el frente. Adrián no la presionó. Había aprendido que, cuando ella necesitaba ordenar lo que sentía, insistir solo conseguía que levantara una barrera.

Finalmente, Elena respiró profundamente.

—He estado pensando mucho.

—Eso nunca termina bien.

Ella lo miró de lado.

—¿Quieres que hable o quieres hacer chistes?

—Habla.

Elena volvió a mirar al frente.

—No quiero seguir preguntándome qué somos.

Adrián sintió que el corazón le golpeaba un poco más fuerte.

—Yo tampoco.

—Pero tampoco quiero que pongamos una palabra solamente porque sentimos que debemos hacerlo.

—Entonces no la pongamos por obligación.

Ella asintió.

—Quiero que sea porque los dos queremos lo mismo.

Adrián guardó silencio unos segundos.

—¿Y tú qué quieres?

Elena tardó en responder.

—Quiero estar contigo.

Las palabras fueron sencillas. Sin grandes discursos. Sin dramatismo. Y precisamente por eso tuvieron más peso.

Adrián sonrió lentamente.

—Yo también quiero estar contigo.

Elena lo miró y, por primera vez desde que habían comenzado aquella conversación, pareció relajarse.

—Entonces creo que ya sabemos la respuesta.

—¿Eso significa que...?

—Sí.

—¿Sí qué?

Elena negó con la cabeza, divertida.

—No hagas que lo diga todo yo.

Adrián soltó una risa.

—Está bien.

Hubo un silencio diferente después de aquello. No incómodo. Era el tipo de silencio que aparece cuando dos personas dejan de luchar contra algo que ya no necesitan esconder.

Elena movió ligeramente la mano sobre el asiento, hasta dejarla cerca de la de él. Adrián la miró, luego volvió a mirarla a ella.

—¿Estás segura?

—No estoy segura de muchas cosas.

—Eso no ayuda.

—Pero de ti sí.

Adrián entrelazó sus dedos con los de ella.

Elena bajó la mirada hacia sus manos y sonrió.

No necesitaban anunciar nada. No necesitaban que alguien más entendiera lo que acababa de cambiar. Para ellos era suficiente.

Sin embargo, había algo que ninguno de los dos estaba diciendo.

La relación que acababan de elegir también significaba que ahora tenían algo real que perder.

Y eso cambiaba las reglas.

Durante los días siguientes, estar juntos se volvió extraño al principio. No porque no quisieran hacerlo, sino porque ambos estaban aprendiendo cómo hacerlo. Había momentos en los que Elena se sorprendía buscando a Adrián entre la gente sin darse cuenta. Otros en los que Adrián revisaba el teléfono esperando encontrar un mensaje suyo y terminaba sonriendo cuando aparecía.

No habían cambiado completamente. Seguían molestándose, discutiendo por cosas pequeñas y haciendo comentarios que solo ellos entendían. Pero ahora existía una certeza silenciosa entre ambos.

Cuando estaban juntos, no tenían que preguntarse si aquello significaba algo.

Lo significaba.

Una tarde, mientras caminaban, Elena se quedó callada de repente.

—¿Qué pasa? —preguntó Adrián.

—Nada.

—Te conozco. Cuando dices "nada" de esa manera, siempre pasa algo.

Ella suspiró.

—Estaba pensando.

—Otra vez.

—Cállate.

Adrián sonrió.

—¿En qué?

Elena lo miró durante unos segundos.

—En que esto me asusta.

La sonrisa de Adrián desapareció.

—¿Por qué?

—Porque ahora eres oficialmente parte de mi vida.

—¿Oficialmente?

—No empieces.

Él rió suavemente.

—Sigue.

Elena bajó la mirada.

—Antes podía decirme que si algún día te ibas, bueno... no éramos nada. Podía fingir que no me afectaría tanto.

—¿Y ahora?

—Ahora sé que sí me afectaría.

Adrián se quedó callado.




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