Ethan Hall tenía una habilidad especial para meterse en problemas y salir de ellos sonriendo.
Era algo que llevaba haciendo desde que tenía memoria.
En la universidad era imposible no conocerlo.
Los fanáticos coreaban su nombre cada vez que salía al campo. Los profesores suspiraban porque, aunque no fuera precisamente el alumno más dedicado, lograba aprobar los exámenes. Y las chicas...
Bueno.
Las chicas parecían incapaces de ignorarlo.
—¿Estás escuchándome? —preguntó Mason.
Ethan levantó la vista de su teléfono.
—¿Hm?
—Exactamente. No me estabas escuchando.
—Claro que sí.
—¿Qué dije?
—Algo muy profundo e importante.
Mason le lanzó una botella de agua.
—Idiota.
Las risas estallaron en el vestuario.
Ethan atrapó la botella antes de que le golpeara la cabeza y sonrió satisfecho.
Era una tarde normal.
Entrenamiento.
Amigos.
Bromas.
La vida seguía exactamente igual que siempre.
Y a Ethan le gustaba así.
Simple.
Sin complicaciones.
Especialmente cuando se trataba de relaciones.
No creía en el amor.
No porque estuviera resentido ni nada parecido.
Simplemente nunca le había interesado.
Una cita.
Un beso.
Una noche divertida.
Y luego cada uno seguía con su vida.
Perfecto.
Sin dramas.
Sin promesas.
Sin corazones rotos.
—¿Vienes a la fiesta el viernes? —preguntó uno de sus compañeros.
—Probablemente.
—¿Y con quién vas?
—Ni idea.
—Qué sorpresa.
Ethan sonrió.
La conversación continuó mientras él terminaba de guardar sus cosas.
Después del entrenamiento tenía una clase obligatoria que había olvidado por completo.
Y honestamente...
No tenía ninguna gana de asistir.
La biblioteca estaba silenciosa.
Demasiado silenciosa.
Ethan odiaba ese lugar.
Parecía diseñado específicamente para hacerlo sufrir.
Se dejó caer en una silla mientras esperaba que comenzara la clase.
A su alrededor los estudiantes repasaban apuntes.
Él revisaba mensajes.
—Algún día vas a reprobar por hacer eso.
Ethan levantó la vista.
Una chica de cabello castaño estaba sentada dos filas más adelante.
Lo había dicho sin malicia.
Como una simple observación.
—Lo dudo.
Ella arqueó una ceja.
—Confianza no te falta.
—Nunca.
La chica soltó una pequeña risa.
Y volvió a concentrarse en sus apuntes.
Ethan observó cómo escribía durante un segundo antes de volver a mirar el teléfono.
No volvió a pensar en ella.
Al menos no durante los siguientes cuarenta minutos.
Hasta que el profesor anunció:
—El trabajo final será en parejas.
Un coro de quejas recorrió el aula.
El profesor ignoró a todos.
—Las parejas ya están asignadas.
Ethan suspiró.
Mala señal.
Muy mala señal.
Cuando el docente comenzó a leer los nombres, Ethan prestó atención a medias.
Hasta que escuchó el suyo.
—Ethan Hall y Lily Bennett.
La chica de adelante levantó la cabeza.
Y por primera vez Ethan descubrió su nombre.
Lily.
Le quedaba bien.
La clase terminó veinte minutos después.
Los estudiantes comenzaron a abandonar el aula.
Lily guardó sus cosas y se acercó.
—Supongo que tendremos que trabajar juntos.
—Supongo.
Ella le tendió la mano.
—Soy Lily.
Y, por alguna razón absurda, Ethan tardó demasiado en responder.
Algo completamente inusual en él.
Porque Ethan siempre sabía qué decir.
Siempre.
—Ethan.
Lily sonrió.
Y algo en aquella sonrisa hizo que olvidara por completo la respuesta ingeniosa que pensaba decir.
—Lo sé.
Por primera vez en mucho tiempo...
Ethan Hall se quedó sin palabras.
Y no tenía idea de que aquella chica tranquila de la biblioteca estaba a punto de cambiarle la vida.