Lo Que Dicen De El.

Muffins y distracciones.

Durante la semana siguiente, Ethan y Lily continuaron reuniéndose en la cafetería para trabajar en el proyecto.

O al menos esa era la teoría.

Porque la mayor parte del tiempo Ethan encontraba nuevas formas de evitar estudiar.

—¿Puedes concentrarte cinco minutos seguidos?

—Sí.

—Mentira.

—Qué poca fe me tienes.

Lily suspiró.

—Hace diez minutos que estás viendo videos de perros.

—Eran perros muy talentosos.

—Ethan.

—Está bien, está bien.

No estaba bien.

Cinco minutos después volvió a distraerse.

Aquel jueves, Ethan llegó a la cafetería y encontró todas las mesas ocupadas.

Observó el lugar durante unos segundos.

Estudiantes hablando.

Música.

Gente entrando y saliendo.

Ruido.

Mucho ruido.

—Odio este lugar —murmuró.

—¿No eras tú quien insistía en venir aquí?

—Era joven e ingenuo.

Lily lo miró.

—Nos llevamos conociendo dos semanas.

—He cambiado.

Ella soltó una pequeña risa.

Y entonces Ethan tuvo una idea.

Probablemente una mala idea.

—Podríamos estudiar en mi casa mañana.

Lily levantó la vista.

—¿Tu casa?

—Sí.

—¿Y por qué?

—Porque aquí hay demasiado ruido.

—Tú eres el ruido.

—Detalles.

Lily intentó mantenerse seria.

No pudo.

—Está bien.

Y para sorpresa de Ethan, aquella respuesta lo puso extrañamente nervioso.

Al día siguiente pasó más tiempo del necesario ordenando la sala.

No era alguien especialmente obsesionado con la limpieza.

Pero tampoco quería que Lily encontrara la montaña de ropa que llevaba varios días viviendo sobre una silla.

Terminó acomodando cojines que jamás había acomodado en su vida.

Y cuando se descubrió mirándose en el espejo del pasillo, se quedó inmóvil.

—¿Qué demonios estoy haciendo?

Nunca se preparaba para recibir a una chica.

Nunca.

El timbre sonó.

Ethan sintió una tensión absurda en el pecho.

Respiró profundo.

Abrió la puerta.

Y allí estaba Lily.

Con varios libros abrazados contra el pecho.

Una bolsa de papel en una mano.

Y una sonrisa que, por alguna razón, siempre lograba desarmarlo un poco.

—Hola.

—Hola.

Ella levantó la bolsa.

—Traje algo para comer.

—¿Soborno académico?

—Muffins.

—Mucho mejor.

Lily sonrió.

—Espero que te gusten.

—Ya me caes mejor.

—Pensé que ya te caía bien.

—Ahora más.

Ella negó con la cabeza divertida mientras entraba.

La tarde pasó más rápido de lo normal.

Entre apuntes, café y muffins, el proyecto avanzó más que en todas las reuniones anteriores.

Bueno.

Gracias a Lily.

Porque Ethan seguía siendo Ethan.

—¿Leíste el artículo?

—Más o menos.

—¿Qué significa más o menos?

—Leí el título.

—ETHAN.

—Era un buen título.

Lily cerró los ojos.

—Algún día voy a perder la paciencia contigo.

—No lo harás.

—¿Tan seguro estás?

—Sí.

—¿Por qué?

Ethan sonrió.

—Porque en el fondo te agrado.

Lily le lanzó una servilleta.

Y él se echó a reír.

Más tarde, cuando el sol comenzaba a ocultarse, Lily estaba concentrada leyendo unas notas.

Ethan fingía revisar apuntes.

Fingía.

Porque en realidad la estaba observando.

La forma en que mordía distraídamente la punta del lápiz.

Cómo se acomodaba el cabello detrás de la oreja.

La pequeña arruga que aparecía entre sus cejas cuando algo no le cerraba.

Era extraño.

Muy extraño.

Porque normalmente Ethan se aburría rápido de la gente.

Pero con Lily...

Siempre parecía encontrar algo nuevo que mirar.

—¿Qué?

La voz de Lily lo sacó de sus pensamientos.

—¿Qué qué?

—Me estás mirando.

—No.

—Sí.

—No.

—Sí.

Ethan sonrió.

—Tal vez un poco.

Lily rodó los ojos.

Pero no pudo evitar sonreír.

Y por primera vez en mucho tiempo...

Ethan descubrió que le gustaba mucho más hacerla reír que impresionar a cualquier otra chica.




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